Simone Viel, icono viviente de la Shoah

Lo que más temía la primera mujer presidenta del Parlamento Europeo era el relativismo, esa manera de banalizar el horror nazi con los judíos, el olvido

JOSÉ LUIS GÓMEZ LLANOSSOCIÓLOGO

Tras un destino que parecía predispuesto para una vida eterna, Simone Veil, un icono viviente de la Shoah, ha muerto. Fue una activista incansable de la reunificación de Alemania, de la causa feminista, ministra francesa, promotora de leyes como la del aborto, o la de los minusválidos. Desde el amanecer de su existencia, fue inmersa en la tragedia que se abatía sobre su familia, lo que le llevó a asistir al asesinato de su madre camino de los impíos hornos crematorios de Auschwitz mientras salvaba la suya por obra del azar de la Historia. Ella habría preferido hoy que habláramos de cómo se trata a la Shoah en nuestro país, mejor que hablar más sobre ella misma, que reflexionemos sobre como España se sitúa ante la Shoah, país desde donde todo empezó, con la expulsión de 1492, y los destierros y pogromos masivos de un siglo antes.

En un libro, titulado 'Le père de ma mère', escrito por la periodista Beatrice Guthart en 2008 que recoge el largo recorrido en el mundo de los secretos íntimos de la posguerra y un sobrecogedor testimonio sobre la manera en que la Shoah había afectado también a los hijos y a los nietos de las víctimas, dejándoles amputados de unos familiares desaparecidos para los que les era llevar un duelo imposible de vivirlo con normalidad, en el prólogo Simone Veil escribía: «En un momento de la historia en el que los testigos directos de la Shoah desaparecen, testimoniar es esencial, para que la memoria gane la partida al olvido».

¿Las jóvenes generaciones comprenden, siquiera saben, lo que fueron los campos de la muerte nazis? Primo Levi dijo: «Quizás lo que ha ocurrido no puede comprenderse, y no debe comprenderse, en la medida en que comprender, significa casi justificar (...) Pero si comprender es imposible, conocer es necesario, para mantenernos en alerta».

En general, hablar sobre la Shoah en España no siempre se percibe como una necesidad histórica. Los españoles no se sienten necesariamente implicados en el genocidio de los judíos, y si saben vagamente que los judíos y los exiliados españoles pasaron por los campos de internamiento franceses en el sur de Francia, hacen caso omiso de la distinción entre los centros de concentración y de exterminio. Y ello pese a que la historia de los Judíos sefardí es una parte integral de la historia de España y de la limpieza de sangre impuesta por el Santo Oficio, que para inminentes historiadores fueron las premisas ideológicas que cinco siglos después desembocarían en la catástrofe exterminadora y es parte central de la trágica historia del antisemitismo mundial.

España, empobrecida por la guerra civil, no quería ofender ni los estadounidenses ni la opinión pública mundial, ni a Hitler. Por lo tanto, el gobierno del general Franco ha tratado de preservar a la una y la otra con un cínico oportunismo. Al final del conflicto, varias campañas de comunicación han popularizado la idea de un amigo Franco de los judíos, incluyendo la propia comunidad judía, con criterios muy discutibles. No se puede negar la contribución de España al rescate de los judíos españoles o extranjeros. Sin embargo, retrasó deliberadamente la entrega de los «repatriados» bajo los criterios del Reich, abandonado muchos sefardíes que podrían haber sido salvados.

Hoy, en España, de acuerdo con las estimaciones más optimistas, 40.000 judíos viven en un país de unos 45 millones. Una cifra insignificante que da a la cuestión judía un aspecto particular. Por ello, hay que crear una cadena continua de transmisión del conocimiento de la Shoah en la sociedad española que pasa por la universidad, la escuela, la sociedad civil. Por ahora, esta cadena es discontinua: el estudio de la Shoah no es obligatoria en la escuela, y sólo unos pocos maestros deciden estudiar ese trágico episodio histórico con sus alumnos.

Desde 2007, cada año celebramos en enero en el aniversario de la liberación de Auschwitz, una ceremonia oficial en conmemoración de la Shoah pero a toda vista sigue siendo insuficiente. El conflicto palestino-israelí y la simpatía unilateral de la inmensa mayoría de los españoles y de los medios para elevar la causa palestina a rango de víctima exclusiva en esa convulsiva región del mundo condicionan las actitudes de rechazo violento hacia la educación sobre la Shoah y todo lo relacionado con los judíos.

También queda pendiente en nuestro país una ley que haga que sea delito penal la negación de la Shoah, para parar en seco a colectivos que se han propuesto difamar con sus mentiras el honor y la dignidad de los millones de víctimas. Lo que más temía Simone Veil, era el relativismo, esa manera de banalizar el horror nazi con los judíos, el olvido, pese a que millones de libros escritos dejan pensar que la batalla de la verdad la han ganado los 'Justos', pese al odio y el antisemitismo siempre al acecho.

Como para conjurar su temor al olvido, el 20 de noviembre de 2008, Simone Viel, primera mujer presidenta del Parlamento Europeo, entraba a la Academia Francesa con la espada que forma parte del atuendo protocolar de sus miembros donde gravó su número de deportada a Auschwitz, el mismo 78.651, que sus verdugos habían tatuado para de por vida en su brazo. La ignominia exterminadora en el brazo martirizado de una gran dama entró ese día en el templo de las letras francesas, gravado en el otro filo de la misma espada, con el leitmotiv europeo por excelencia «nunca más esto», depositado para las siguientes generaciones. Era de lo mejor que tenía Francia.

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