'Jam session'

Mi genoma y yo

Tres o cuatro músicos carentes de partitura se lanzan a la búsqueda de un ritmo que les arrastra, tanto a ellos como a nosotros, y que jamás volverá a reproducirse

Álvaro Bermejo
ÁLVARO BERMEJO

No llegué a tiempo para asistir al estreno de Stefan Winter en el Jazzaldia. Montar 'Poems of a Cell' en la playa de la Zurriola implicaba una apuesta tan arriesgada como imaginativa. Una composición sinfónica concebida en un espacio de recogimiento místico, como una celda monacal, pero planteada como la búsqueda de uno mismo a través del amor y el éxtasis, y todo ello escenificado a mar abierto. Pero, ¿qué es la esencia del jazz sino riesgo, desafío, atrevimiento?

Wayne Shorter en el Kursaal, Herbie Hancock en la Trinidad y, con ellos, leyendas vivas como Abdullah Ibrahim o Charles Lloyd. A veces, disfrutando de sus improvisaciones en cualquier jam session, me pregunto si el jazz no incluirá un secreto modo de empleo para abordar los grandes retos de nuestro tiempo. En una jam session, tres, cuatro, siete músicos carentes de partitura se lanzan a la búsqueda de un ritmo o una melodía que les arrastra, tanto a ellos como a nosotros, y que jamás volverá a reproducirse tal como lo escuchamos en ese momento.

¿Cómo lo consiguen? Sin duda dominan sus instrumentos y comparten tanto un alfabeto melódico como una cultura común, la del jazz. A partir de ese punto, todo es magia, la magia de la vida, o quizá más una voluntad de lanzarse a la aventura. Lo hacen sobre dos condicionantes a los que rara vez prestamos atención: la escucha mutua y la conexión total. Improvisar sin romper la armonía exige tanta creatividad como humildad, tanto respeto al otro como imaginación. Atreverse a dar un paso más allá sin más guía que el impulso común de hacerlo mejor.

El panorama no difiere mucho del que presenta el mundo actual. Las viejas partituras ya no valen, todos los liderazgos están en cuestión. No cabe otra que dejar el escenario a quienes dominan su oficio y sus herramientas propias.

¿Un gobierno de tecnócratas? Por supuesto que no. Además de solvencia en los standards, los temas clásicos, aquí es imprescindible dominar todos los registros y, llegado el momento, atreverse al swing, al funky o al smooth. Sin que la música deje de fluir, sin consentirse disonancias, todo personalismo se subsume en la belleza de la melodía.

Y ahora, la pregunta del millón: ¿Observa usted entre los próceres de esta ciudad, entre los de este país o entre los de su empresa, virtudes comparables a la de una jam session digna de nuestro Jazzaldia? No es que les falte imaginación: ellos siempre responden que una big band necesita un director. Pero la música siempre es una cuestión de corazón.

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