Sesentayochos

Hace medio siglo Francia se convertía en el epicentro mundial de la revolución social, el mismo año en el que ETA cometía su primer atentado

Sesentayochos
ANTONIO ELORZA

Aveces resulta fácil fijar la fecha en que da comienzo un episodio o un proceso histórico, aunque no falten imprecisiones, como fue el caso del levantamiento militar del 18 de julio, que empezó el 17, o de la Revolución de Octubre, que tuvo lugar en noviembre según los calendarios. En otras ocasiones, son los distintos enfoques, o la búsqueda de novedad, los que pueden suscitar alguna duda. Una bien reciente es la que concierne al inicio del terrrorismo seriado de ETA, habitualmente fechado en el 2 de agosto de 1968, por el atentado mortal contra el inspector Manzanas. Ahora Fernández Soldevila, en su estupendo y microscópico análisis del asesinato del guardia civil Pardines por Txabi Etxebarrieta junto a la Nacional 1, insiste en que esta muerte es el primer atentado de ETA, el 7 de junio. Cabría decir que aun técnicamente calificable de atentado, no fue premeditado, ni decidido por la organización como lo será el del policía en Irun. Así que el primer atentado político de ETA debería seguir anclado en el 2 de agosto, sin olvidar en absoluto el atentado etarra del 7 de junio.

Algo similar sucede con el Mayo francés, cuyo arranque se sitúa en la agitación universitaria del 22 de marzo en Nanterre, pero que entra en la historia cuando esa Universidad periférica es cerrada y sus estudiantes acuden al patio de la Sorbona y se inicia el 3 de mayo de 1968 la contestación, el asalto al sistema de poder vigente, que durará hasta el mes siguiente. El momento decisivo será la ocupación de la Sorbona en la noche del 13. De ese día arranca la formación de la Comuna universitaria y el enlace efectivo con el movimiento sindical de masas. En definitiva, convergencia entre la utopía y una posible revolución social.

Como tantas veces se ha escrito, la rebelión universitaria francesa no fue un hecho aislado. En ese mismo annus mirabilis, un partido comunista intentó poner en marcha el sueño de un comunismo democrático en Praga; intelectuales polacos se movilizaron en marzo por la libertad de expresión; prosiguió en Estados Unidos el movimiento antiguerra de Vietnam y por los derechos civiles marcado por el asesinato de Martin Luther King; creció la contestación universitaria en Alemania e Italia: la radicalización de los estudiantes mexicanos emergió y fue aplastada en la matanza de Tlatelolco; incluso culminó en China la Revolución Cultural, el maoismo revolucionario, tan influyente como mito en Europa, en Latinoamérica y en el Sudeste asiático. 1968 es también el año de la gran ofensiva del Tet, que supuso la victoria estratégica del Vietcong en la guerra con Estados Unidos.

La coincidencia en el tiempo del abanico de movilizaciones indica elementos comunes en su gestación. También cabe preguntarse por las causas de desarrollos luego tan dispares. Para lo primero, cuenta la coincidencia de generaciones nacidas después de 1945 que afrontan las distintas situaciones de poder desde entonces consolidadas, capitalistas o comunistas, y el consiguiente sesgo conservador de la generación precedente. Siguiendo a Edgar Morin, fue una bioclase, la new generation convocada por Bob Dylan-Joan Baez y cantada en dulce por Scott McKenzie, un sujeto transversal cuya disconformidad en ideas y usos sociales -la música, el vestido, la sexualidad- fue gestándose, y cobrando identidad y adhesión de masas en los 60, con Estados Unidos (y la guerra de Vietnam) como motores. Consecuencia: el cambio de status de la juventud, en la vida cotidiana, en la moral sexual, fueron logros del 68..

Las frustraciones siguieron a la reacción conservadora, de Nixon, de De Gaulle, de Brezhnev. La coyuntura de la economía mundial cambió en los setenta, a partir de la subida en los precios del petróleo, y al fin del crecimiento acompañaron el paro y el neoliberalismo. «No es más que el principio, continuemos el combate», fue el eslogan del Mayo francés, pero para fundamentar tal optimismo hacía falta que su pequeño Lenin, Cohn-Bendit, pudiera rechazar la integración de los universitarios en una estructura capitalista cercana al pleno empleo. Medio siglo más tarde, los indignados no tienen esa posibilidad. 1968 señaló el fin de un siglo largo de movilizaciones revolucionarias iniciadas en 1848. A la utopía sucedieron la acomodación, de un lado, un sueño de destrucción de otro.

Así al agudizarse la violencia, proliferó el terrorismo, con frecuencia guiado ideológicamente por el patrón maoista de radicalización, en Alemania, Italia, incluso en Perú, con rasgos específicos en cada episodio, amen de la extendida fascinación ante los ejemplos de Vietnam, Argelia y la figura del Che.

La presencia de la dictadura marcó al 68 español. A pesar de la sensible influencia exterior, tocaba un tiempo de oposición (perseguida) y no de ensueños. 1968 es el año del 18 de mayo protagonizado por Raimon en la Complutense y del encarcelamiento de los líderes de Comisiones Obreras. Cierran el círculo los estados de excepción en Euskadi y frente a las movilizaciones universitarias. Fraga de portavoz apocalíptico.

En Euskadi no faltaron efemérides positivas, tales como la unificación del euskera, consagrada en octubre por el Congreso de Euskaltzaindia en Aranzatzu. Vertiente opuesta: en 1968 estalló la presión que venía creciendo en la nueva juventud nacionalista, la gaztedi berria, invocada por Michel Labeguérie o Lourdes Iriondo, consciente de los cambios en curso, con un bienestar apreciable y la vivencia diferida de la derrota de los gudaris en la guerra del 37. Volvía la hora de Sabino Arana, envuelto en guerras de liberación nacional: el cocktail de Krutwig. Primeros atentados terroristas, réplica de prisiones y torturas. Azar y símbolo: 'Harri eta herri' de Gabriel Aresti recibe en 1968 el Premio Nacional de Literatura en euskera.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos