Seísmos humanitarios

Si nuestro mundo es una jungla parece evidente que ninguno de sus paisajes queda exento de predadores

ÁLVARO BERMEJO

Tras el escándalo revelado por The Times la onda de choque no deja de expandirse. Durante el terremoto que devastó Haití en 2011 agentes de la ONG británica Oxfam celebraron orgías con prostitutas pagadas con los fondos de la organización y abusaron de menores. No era la primera vez que sucedía. En el año 2000 se denunciaron prácticas similares entre los Cascos Azules desplazados a Nepal. Hoy Médicos sin Fronteras se adelanta a la condena denunciando veinticuatro casos más. Si lo Haití fue un seísmo en vivo y en directo, este remite a una evidencia oculta amparada por una alarmante ley del silencio y todos los acentos de la impunidad. Siete años entre un seísmo y otro. ¿No es demasiado tiempo para abrir los ojos?

Escribo desde mi condición de afiliado a Intermón-Oxfam. Conozco su trabajo y el de tantas otras de las más de seiscientas organizaciones humanitarias que realizan tareas impagables por todo el planeta. Se trata de un sector joven, con apenas treinta años de existencia. Sería abusivo condenarlas colectivamente a cuenta de conductas individuales aberrantes. Cuesta disculpar, sin embargo, que Oxfam pusiera en marcha una investigación interna en 2012, que ésta fuera enterrada ese mismo año, y que buena parte de los investigados fueran transferidos a otras oenegés, sin advertir a estas de los procesos en curso.

Todo eso tiene mucho que ver con la condición de Estados Paralelos que detentan muchas de ellas, operando en una lógica de extraterritorialidad. En Haití, Oxfam marcaba su propio territorio, un feudo regido por una lógica diferente a la del resto del país. Y lo que es más significativo operaba, no con 'gourdes' haitianos, sino con dólares americanos. En una isla donde el 70% de la población sobrevive en condiciones de miseria extrema pagar en dólares depara un cheque en blanco. Sumemos otra evidencia. El presupuesto de Oxfam en Haití superaba al del Gobierno haitiano, hasta el punto de llegar a reemplazar al Estado en muchas de sus funciones.

Hoy, su carencia de controles, su permisividad frente a los primeros abusos detectados, amenaza con privarles de buena parte de las subvenciones públicas y lo que es más grave, también con la credibilidad de la ciudadanía. Si nuestro mundo es una jungla parece evidente que ninguno de sus paisajes -ni siquiera el del altruismo humanitario- queda exento de predadores. Ahora bien, el seísmo que hoy convulsiona los cimientos de todas las oenegés se hubiera podido evitar poniendo luz donde ya solo hay llamas.

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