Salarios dignos o país 'low cost'

FELIX ARRIETA y IÑIGO CALVOProfesores de la Universidad de Deusto (Trabajo Social y Deusto Business School

El acceso a un trabajo con condiciones dignas constituye el sustrato básico de las oportunidades vitales. Por ello el empleo y los salarios vertebran la sociedad y aseguran que el ascensor social funcione, tal y como lo ha hecho en Euskadi durante las últimas décadas. La persona proveniente de familia trabajadora que después de estudiar y esforzarse consigue, por ejemplo, trabajar en una empresa industrial, entrar en la función pública, fundar su propia empresa o ser docente universitario es ejemplo de ello.

Pero la Gran Recesión de 2008 cambió las reglas del juego y asestó un duro golpe a este contrato social, ya que la carga del ajuste recayó en las rentas más bajas y en las personas jóvenes. Las oportunidades vitales comenzaron a escasear, el ascensor empezó a fallar. En su momento el mencionado ajuste se denominó «devaluación interna de precios y salarios». Una frase críptica que significa que, al no tener ya el resorte de la devaluación monetaria, el ajuste se basa en el recorte de sueldos y la depresión de los precios. Una receta económica agria y polémica, pero que en su momento se aceptó con resignación dado que la economía caía en picado y el desempleo subía como la espuma.

Una década después y con un aumento medio del PIB vasco y estatal en torno al 3% en el periodo 2015-2017 los salarios siguen estancados. Lo que parecía una cucharada de aceite de ricino necesaria en tiempos de crisis se ha convertido -sorprendentemente- en el pan nuestro de cada día de las personas asalariadas. Además, empiezan a surgir noticias inquietantes. En el año 2017 los beneficios empresariales a nivel estatal crecieron un 9,8% y las retribuciones de los directivos del Ibex 35 un 17,4%... mientras que el salario medio de la persona trabajadora se incrementó un exiguo 0,5%. Por otra parte, el INE ha publicado que los salarios no han recuperado los niveles de 2008, mientras que las rentas empresariales han subido un 58,2% en relación con ese año. Incluso la Unión Europea ha advertido recientemente que los sueldos se están incrementado menos que la productividad. Obviamente algo está fallando en este mundo después de la Gran Recesión. Mantener los salarios deprimidos en épocas de expansión económica no solo daña el ascensor social y las oportunidades vitales, sino que además supone una pésima idea económica y social.

La última crisis nos pilló desprevenidos, pero con la despensa llena. La deuda pública era baja, las familias tenían un nada desdeñable colchón económico y los amortiguadores del estado del bienestar gozaban de buena salud. En 2008 la tormenta económica apareció de repente, pero la navegamos con el barco socioeconómico en buenas condiciones. Tras un lustro luchando contra la Gran Recesión, hace tres o cuatro años conseguimos salir del túnel. La sorpresa fue que al otro lado nos esperaba una potente recuperación económica, pero acompañada de una persistente fractura social.

El sueldo medio mensual en Euskadi ronda los 1.700-1.900 euros netos al mes, y el de una persona menor de 29 años apenas alcanza los 1.000 euros. Mientras tanto, el precio del alquiler se ha inflado en forma de burbuja. En Euskadi arrendar una vivienda de 80 metros cuadrados supone de media 950 euros al mes. Si una persona joven formada y con idiomas -y tenemos muchas, dado que en esto sí que tenemos unos buenos registros- no llega a pagar un alquiler con su sueldo, la opción lógica es buscar fuera las oportunidades vitales que en Euskadi no encuentra. En otras palabras, en nuestra sociedad educamos, cuidamos y acompañamos a las personas hasta que están formadas, pero toda esta inversión social y humana se evapora al darse cuenta la persona en cuestión que con los salarios existentes es muy difícil vivir donde lo hace su familia. Soplan vientos económicos favorables, pero una parte importante de la ciudadanía sigue soportando duras condiciones sociolaborales y siente -con razón- que todavía no se ha superado la tormenta de 2008.

Las buenas noticias son que, a través de un esfuerzo conjunto entre patronal, sindicatos y gobierno, se puede conseguir que los aumentos del 3% del PIB que está experimentando la economía vasca calen en los salarios y, sobre todo, a jóvenes y personas trabajadoras con rentas bajas. Las malas noticias son que los ciclos económicos existen, y esta expansión económica no va a durar para siempre. Tarde o temprano se acabarán los 'vientos de cola' en la economía, y aparecerán nubarrones económicos en el horizonte. Por ello hay que empezar a reponer las maltrechas despensas de las economías familiares a través de subidas salariales. Asimismo, sería bueno volver a situar la inversión vasca en I+D en la media europea (una posición que perdimos en 2014), atornillar el tejido productivo vasco en el territorio a través de la compra de participaciones accionariales y esforzarnos por recuperar un peso relevante de la industria en nuestras tarta sectorial, algo que se puede lograr mimando a los 'campeones ocultos' de la economía vasca.

Volvamos al principio. Unos salarios dignos son cruciales para que Euskadi siga siendo una tierra de oportunidades vitales y, ante todo, para no convertirnos en un país low cost. Pensemos en el medio plazo, huyamos de la autocomplacencia, reparemos el barco y abonemos las oportunidades mientras luzca el sol, porque en medio de la siguiente tormenta no podremos hacerlo.

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