El rocambolesco Arrizubieta

Giputxirene

Aquel párroco fue una de las muchas aberraciones ideológicas que dio la política en el siglo XX

JUAN AGUIRRE

La feligresía cordobesa le tenía por nacionalista vasco, y era verdad; por antifranquista, y acertaban; por cura obrerista, y tampoco se equivocaban. Lo que no sabían era que aquel párroco algo atocinado, de pelo untuoso y voz atronadora, tenía un pasado nazi perfectamente acreditado. Entre las muchas aberraciones ideológicas y engendros mutantes como dio la política del siglo XX, el padre Martín de Arrizubieta Larrínaga es ejemplar como para guardar en formol.

Martín recibió la amplia formación que la Iglesia dispensaba a los seminaristas más espabilados. Tenía facilidad para las lenguas y para la escritura, de lo que dio pruebas desde joven en los principales órganos de comunicación del PNV en línea con su ala más radical. Ordenado sacerdote, fue destinado a Artziniega donde la guerra le sorprendió. Los carlistas le nombraron capellán, pero en cuanto pudo pasó a Francia, se alistó en la Legión Extranjera y tomó el carné del Partido Comunista. Al curita le iba la marcha. Prisionero de los alemanes en 1940, en su defensa alegó que había desertado del bando franquista no por razones políticas sino por un lío de faldas.

Por mediación de otro cura vasco encontró trabajo en el Instituto Iberoamericano de Berlín. Y no era un empleo cualquiera: la dirección de 'Enlace', revista destinada a los españoles residentes en Alemania para fomentar la creación de un nacionalsocialismo hispánico que rompiera con el falangismo, el franquismo y con la influencia clerical aborrecida por los nazis. Arrizubieta se entregó a la más baja cocina ideológica mezclando el nacionalismo obrero, la reforma social corporativa y el racismo aranista, extremo importante puesto que, según 'Enlace', solo los pueblos étnicamente puros y amantes de la tradición tendrían lugar propio en la Europa unificada bajo el liderazgo de Hitler a quien reconocía venerar.

Al final de la Guerra Mundial pidió ayuda al Gobierno Vasco en el exilio para marchar a América. Ni le contestaron. Pero la Iglesia española, pese a sus muchos y grandísimos pecados, le acogió en su seno. El resto de su vida ejerció en Córdoba pastoreando y sembrando la ciudad de relatos sobre su paso por los campos de concentración alemanes, su lucha en la resistencia y otras cuantas aventuras inventadas. Es verdad que militó en la clandestinidad antifranquista, pero también que las autoridades lo tenían entre sus colaboradores: reunión en la que participaba, chivatazo que caía. En su lápida se lee: «Tus feligreces (sic) de Santa Marina de Aguas Santas no te olvidan». El error acompaña al alma eterna de Martín de Arrizubieta como signo de una vida marcada por la confusión.

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