Resistencia, rebeldía, rebelión, revolución

SANTIAGO ERASO

Al parecer, nunca podremos salir de ese modelo de política que todo lo dirime entre carismáticos dirigentes; ni del sistema de representación donde las decisiones trascendentales las toman líderes indiscutidos, soslayando que la democracia es una forma de organización social que atribuye la titularidad del poder al conjunto de la ciudadanía.

Sin ir más lejos, hace unos días Pablo Iglesias e Irene Montero convocaron a las bases de Podemos para una consulta que les pudiera ratificar en su liderazgo, como si con ese gesto quisieran afirmar que su continuidad es imprescindible para el futuro de la organización. Este llamamiento, con un fuerte carácter plebiscitario, llama más la atención en una organización que desde sus orígenes siempre había propuesto otro tipo de modelos directivos. Es decir, otras formas de representación más horizontales, reclamadas desde la potencia colectiva del movimiento 15-M -germen fundacional de Podemos - diverso y plural, anónimo en esencia y contrario a personalismos cesaristas, y capaz de reconocer el poder de cualquiera que, como subraya una y otra vez Jacques Ranciere, es premisa esencial para una democracia radical. Medidas que permitirían dejar atrás los liderazgos personalistas, el autoritarismo de los aparatos burocráticos de los partidos, las inercias endogámicas, la corrupción endémica derivada del abuso de poder, las camarillas profesionales o las castas, como en sus inicios repetían una y otra vez.

Estamos acostumbrados a que nos cuenten la historia a partir de biografías heroicas, por cierto, casi siempre masculinas. Esa preeminencia del héroe que nos llega del romanticismo, en demasiadas ocasiones, ha reducido la historia a un repertorio de figuras individuales que neutraliza la potencia política de la multitud en las revueltas campesinas, los movimientos revolucionarios o las resistencias contra el neoliberalismo. Por el contrario, como nos recuerda Lucía Jalón Oyarzun en 'Épicas menores y afecto común', publicado en el libro-catálogo de la exposición 'El Gran Río. Resistencia, Rebeldía, Rebelión, Revolución', esos relatos individuales siempre se conforman tras un cuerpo múltiple y extenso, atravesado por un afecto común que desborda las figuras icónicas.

Por ejemplo Rosa Park -añade la autora de ese texto- no fue la primera persona negra que se negó a ceder su asiento para que lo pudiera ocupar cualquier blanco, según la vigente legislación racista. También Viola White había sido golpeada y detenida por la misma razón; Genoveva Johnson arrestada por contestar al conductor; también Mary Wingfield o Mary-Louise Smith y Claudette Covin, dos jóvenes de 15 y 18 años; Hilliard Brooks, un veterano de guerra -de poco le sirvió el mérito- fue abatido por disparos de la policía, cuando huía por negarse a entrar en al autobús por la puerta trasera. Ninguna de esa voces, biografías y prácticas militantes podrían entenderse jamás separadas de todas las demás. Parafraseando a Walter Benjamin, eran vidas que no solo incluían la propia experiencia sino también la ajena.

Ahora que se conmemora el 50 aniversario de los célebres levantamientos de Mayo del 68 viene bien recordar que la fuerza del anonimato del movimiento estudiantil y de la clase trabajadora fue el principal motor político de aquellas insurrecciones. Según G. Didi-Huberman, las sublevaciones se parecen a las olas del océano, olas de protesta, olas de resistencia a la tiranía y deseo de emancipación. Cada una aporta su contribución para hacer que, de repente, los diques se sumerjan o los acantilados se desmoronen. Y aunque estos no sucumban a la potencia de sus embates -añade- ya nunca volverán a ser lo mismo, siempre algo se habrá trasformado por muy imperceptible que parezca.

Del aquel 68 a nuestro 15-M, del que ahora celebramos el séptimo aniversario, el rio de protestas internacionales no ha cesado. Tras ellas hay victorias y fracasos, avances y retrocesos pero nunca son inútiles. Estos días se habla mucho sobre la relación de ambos momentos históricos y sobre sus efectos en la cultura política pero, como señala Jordi Carmona Hurtado, se piensa muy poco la potencia de sus prácticas: escucha activa, pensamiento colectivo, inclusividad, horizontalidad y otras formas de democracia participativa que, tratando de comprender a las demás, impugnaban las convenciones anquilosadas del parlamentarismo y la política tradicional. También en esto, el eco del feminismo se hizo presente. La oralidad y corporeidad ominipresente de los hombres, acostumbrados a adueñarse del espacio público, tuvo que admitir que cualquiera, lejos de jerarquías y personalismos narcisistas, pudiera tomar la palabra y participar en las deliberaciones y decisiones.

Tal vez tengamos que volver la vista al resurgir de las mareas blancas a favor de la sanidad publica y las verdes por el derecho a la educación universal, las riadas de mujeres reclamando sus derechos y rebelándose contra el machismo patriarcal imperante, las pleamares de indignación de jubilados que ven recortadas sus pensiones y luchan también por las de sus hijas y nietos, las oleadas antirracistas y anticlasistas de emigrantes y trabajadoras precarias etc. Es decir, las crecidas imparables del malestar social por la disminución de derechos sociales.

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