Los rescatados y los hundidos

FRANCISCO JAVIER MERINO

El fin de semana coincidente con la festividad de Reyes un fuerte temporal de nieve provocó serios problemas de tráfico, ocasionando que un número considerable de conductores quedaran atrapados en la autovía AP-6, entre las localidades de Villacastín y El Espinar, en Segovia. La polémica estalló en los días siguientes en los medios de comunicación y en el ámbito político, exigiéndose desde los partidos de oposición responsabilidades al Gobierno por las incomodidades sufridas por los ciudadanos afectados por el temporal. Ese mismo fin de semana una nave cargada de inmigrantes africanos naufragaba en el Mediterráneo; cuatro días después, un nuevo naufragio incrementaba el número de muertes. Según la Organización Internacional de Migraciones, 200 inmigrantes han perdido la vida en el Mediterráneo en los primeros diez días del año. Los medios de comunicación apenas han recogido estas noticias; los partidos de oposición, salvo error u omisión, no han hecho alusión a la tragedia, sin duda por la poderosa razón de que en este caso no estaba el Gobierno español directamente implicado. En términos generales el drama de los refugiados solo ha merecido la crítica y la protesta de Unidos Podemos, organización que asimismo ha exigido recientemente la dimisión del ministro del Interior por la reclusión considerada ilegal de centenares de inmigrantes en la cárcel de Archidona, donde un ciudadano argelino que iba a ser repatriado a su país se suicidó, según la versión oficial, el pasado 29 de diciembre.

El contraste entre los fenómenos descritos puede considerarse extraordinariamente revelador, y debería servir para analizar las prioridades de la sociedad a estas alturas del milenio. La vergonzosa irresponsabilidad del Gobierno español y de la mayoría de los europeos en torno a la cuestión migratoria merece pasar a la historia universal de la infamia y los comportamientos abyectos: el flagrante incumplimiento del ya ridículo compromiso acordado en 2015 habría de bastar por sí solo para descalificar la inmoralidad de un Gobierno incapaz no ya de asumirlo, sino también de dotar del menor rastro de humanidad a su acción política en materia migratoria. Pero la necesaria crítica al Gobierno no es suficiente; es importante que desde la sociedad se valoren las necesidades reales y la dotación de recursos consecuente: es duro pasar una noche en el coche en medio de una nevada, pero mucho más lo es jugarse la vida en el mar y en muchas ocasiones perderla para buscar un destino en el que las penurias no cesan al pisar la costa. Los inmigrantes no constituyen un problema para nuestra sociedad; al contrario, son un recurso económico, social y cultural de primer orden; el problema lo tienen quienes llegan a un entorno desconocido y a menudo hostil, huyendo de una existencia miserable para encontrarse con todo tipo de trabas materiales y de las otras en forma de desprecio y xenofobia.

No se trata solo, aunque también, de la solidaridad con los que sufren en áreas más pobres del planeta. Se trata igualmente de aquilatar las prioridades que la sociedad y, en consecuencia, los poderes públicos, deben incorporar entre sus obligaciones. Parecía que la crisis comenzada en 2008 podía introducir cambios sustanciales en la mentalidad social hegemónica; no se aprecia, sin embargo, que las pretensiones de austeridad y fin de las burbujas de todo tipo hayan resistido el paso del tiempo. Probablemente la reacción al episodio de la nieve tiene que ver con la conversión de ciudadanos en clientes; la privatización de las autopistas convierte a estas en vías de pago, y ya se sabe que cuando se paga se adquiere derecho a la exigencia. Pero por encima de los supuestos privilegios adquiridos a golpe de billetera los poderes públicos y los representantes de la población deben situar los derechos de ciudadanía, que son de carácter universal y que deben incluir obligatoriamente en una sociedad democrática la libertad de movimientos de las personas y la protección de aquellos cuya vida e integridad física corre serio peligro.

Ante las últimas tragedias, el Centro Astalli, sede italiana del Servicio de los Jesuitas para los Refugiados, lo ha expresado con suma claridad: «Tememos una hecatombe. Asistimos atónitos al enésimo ultraje a la vida, un ultraje doble: por las condiciones inhumanas en las que hombres y mujeres son condenados a la muerte y por la creciente indiferencia por parte de las instituciones nacionales y, por desgracia, también de la sociedad civil».

Dentro de algún tiempo se contemplará con horror y estupor cómo una sociedad fue capaz de ver convertido el Mediterráneo en un cementerio sin inmutarse ante la repetición de las tragedias.

El juicio para una ciudadanía más preocupada de la comodidad de sus viajes, de ocio en su mayor parte, no podrá ser muy benévolo. Al menos cabría desear que una mayor sensibilidad contribuya a que las cifras de la vergüenza no se vean incrementadas en el futuro.

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