La renuncia ética de Sánchez

JOSÉ LUIS GÓMEZ LLANOS Sociólogo

Como era de temer la dura sentencia de la primera fase del caso Gürtel ha dado, en unos pocos días, un vuelco a la política española. La excepcionalidad de la crisis desencadenada requería de líderes políticos preparados para hacer frente a ella, de una gran madurez y sentido ético, ya que los imprevisibles movimientos de opinión podían conducirle por erráticos recorridos, pese a que esa misma opinión pública española había llegado a un punto de no retorno y quería una sanción del PP por haber favorecido, albergado y protegido a notorios corruptos en su seno durante décadas.

Tras el fallo demoledor de la Justicia contra la corrupción del partido en el Gobierno su salida inmediata de la Moncloa era inevitable, pero no a cualquier precio. Si ese cambio no se producía espontáneamente y con voluntad de sanear su próxima situación en la oposición a iniciativa de la propia formación condenada lo que hubiera sido la actitud democrática más digna, al PSOE no le correspondía abrir la veda para ver quien sacaba más réditos políticos del caos que se avecinaba.

Ante estos acontecimientos nos hacía falta líderes con sentido de Estado, partidos que acuerden la regeneración de las instituciones, que renuncien a instrumentalizar a la policía y a la justicia. Que pongan de acuerdo en un dialogo difícil pero constructivo para hacer frente al caos catalán...

¿Qué alternativa se presentaba al Gobierno Rajoy? En cualquier país democráticamente asentado de nuestro entorno (Francia, Alemania o Inglaterra) es impensable imaginarse que Mariano Rajoy y su partido obrasen tanto tiempo en el poder tras el reguero de casos de corrupción que perseguía a destacados miembros de su partido y de gobiernos anteriores. En esos países el futuro de su presidente hubiera estado en entredicho desde el primer caso descubierto, y su líder hubiera caído al momento permitiendo de ese modo la renovación del liderazgo de su formación lo antes posible, pero desde la oposición.

Probablemente nada de eso ha sido posible porque en España la corrupción es de carácter l generalizado (¿sistémico?), favorecida y reproducida por sus cúpulas y elites en circuito cerrado. El modo de designación de los cargos públicos por las cúpulas de los partidos políticos y su falta de trasparencia, asienta la filosofía de la 'patrimonializacion' del cargo que no es otra cosa que la antecámara de la corrupción pura y dura. La quiebra del concepto de interés público como valor para la conducta de la clase política y la crisis que conlleva la desconfianza ciudadana en sus representantes y la degradación de nuestro modelo social de convivencia, mientras se amparaba la corrupción, ponía la estabilidad de todo un país en juego y la credibilidad de las instituciones, mientras nuestros políticos ensuciaban una vez más la política con las dos manos, mirando de reojo las urnas y sus intereses partidistas.

Lo normal en un país democráticamente maduro, lo que a toda vista a un no somos, es que los partidos renunciaran a instrumentalizar políticamente la corrupción en medio de una crisis de esta envergadura. Ser jefe del Gobierno a toda costa puede que sea un tropiezo ético que instale pronto a Pedro Sánchez a la periferia de la política española definitivamente. El líder socialista no podía auparse al poder, a costa de una crisis moral de semejante magnitud, dando un acelerón mortal con ese atrevimiento, a la descomposición irreversible de la socialdemocracia española. Y si no, al tiempo.

La primera demostración de la crisis permanente en la que se instalará el nuevo gobierno no se visualizara tanto cuando el proyecto presupuestario de 2018, asumido por Sánchez como 'precio' para el 'sí' del PNV deba de afrontar el debate de cinco vetos presentados por grupos en el Senado de partidos que apoyaron la censura y que reclaman la devolución de las cuentas por falta de medidas sociales o por defender la recentralización del Estado, sino cuando se contemple que no podrá llevar a cabo ninguno de sus proyectos. Aunque entendemos la importancia de recuperar la dignidad para España perdida pisoteada por los populares, llegados al actual punto de degradación de las instituciones, esa búsqueda de la dignidad solo podía garantizarse con cambios de muy distinta naturaleza.

El sistema español de censura al Gobierno requiere de una propuesta de presidente de Gobierno y un programa alternativo, lo que hace perverso que el programa que se ha exhibido sea el Presupuesto de 2018 adoptado por los censurados y que será ahora implementado integralmente, por unos diputados cuya mayoría rechazaron su contenido durante el reciente debate presupuestario. ¿Para qué habrá servido esta pantomima? ¿No será esta la mayor indignidad impuesta al conjunto de los españoles?

¿Qué ética ha presidido estos días todos estos movimientos a la cabeza del Estado? La ética implica también una relación a los demás, en la medida en que la preocupación por uno mismo es compatible con ocupar, en la sociedad, en todo tipo de comunidad, o en las relaciones interpersonales, el lugar adecuado que corresponde a cada uno. ¿Cuál es el alcance del desgaste ético de Pedro Sánchez por ocupar el lugar donde se ha querido situar toda costa? ¿Era ineluctable tener que cambiar en la Moncloa corrupción por inestabilidad política e institucionalidad? En todo caso ese crucial dilema no se podía zanjar con mayor frivolidad y una renuncia ética de ese calado.

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