La remontada del criticado Rajoy

De no haber sido por el presidente del Gobierno, la contundencia del Estado podría ser considerablemente mayor contra el secesionismo catalán

IGNACIO SUÁREZ-ZULOAGA

Hasta hace unos días una mayoría de la opinión publicada acusaba al presidente Rajoy de inmovilismo; de ser un moderno ‘Don Tancredo’ -torero cómico que popularizó el ‘hacer la estatua’ ante la embestida del toro- que deja que los asuntos más graves se resuelvan solos. En poco más de una semana la percepción ha cambiado radicalmente. La orden de un juez para detener a altos cargos catalanes responsables de organizar la logística del referéndum o la intervención de las cuentas de la Generalitat por parte de Rajoy han motivado que tanto los nacionalistas periféricos como los antisistema le acusen de haber impuesto una especie de estado de excepción. Lo cierto es que el aguante y la contención -además de ser su forma de liderar- ponen de manifiesto su escaso margen de maniobra ante una insubordinación sin precedentes en Occidente.

De no haber sido el Partido Popular quien sostuviese al Gobierno y de no estar Mariano Rajoy al frente del mismo, la contundencia del Estado podría ser considerablemente mayor. Porque esa formación política todavía soporta el enfado de una amplia capa de población a causa de los recortes que debió de hacer para salir de la crisis, porque el PP está sujeto a abrumadoras sospechas de financiación ilegal, y por los indicios de que Mariano Rajoy pudo recibir unos pequeños sobresueldos que no habría declarado a Hacienda. Además, a esas acusaciones hay que añadir las continuas descalificaciones de ‘poco democrático’ que un sector de la izquierda y los nacionalistas periféricos dirigen al Partido Popular, al que asocian al franquismo sociológico. Por ello el partido y el líder están ‘bajo sospecha’.

Situación aprovechada por los separatistas, que han mantenido una continua ofensiva: movilizando a cientos de miles de seguidores, y llenando de banderas independentistas Catalunya. Por el contrario, la posición del Gobierno ha sido plantarse sobre el ‘muro’ del respeto a la legalidad vigente. Apareciendo como una institución que niega derechos, inmovilista, antipática; y sin manifestantes ni banderas en las fachadas a su favor. Los opuestos estilos de comportamiento del Gobierno del Estado y de la Generalitat me recuerdan la final de la Copa Davis celebrada en Sevilla entre España y EE UU en el año 2004. Los jugadores norteamericanos tomaron desde el principio la iniciativa, desatando un vendaval de saques y golpes ganadores con el fin de abreviar el partido a base de ‘sacar de la pista’ a los españoles. A los hermanos Bryan -los mejores doblistas del mundo- les salió bien la estrategia, ganando su punto ante Juan Carlos Ferrero y Tommy Robredo. El líder Andy Roddick -entonces número dos del mundo- tenía también un ranking muy superior a Carlos Moyá y Rafael Nadal; e, igualmente, desde un comienzo hizo valer su condición de principal ‘cañonero’ del tenis mundial. Pero ambos jugadores le jugaron con golpes liftados y colocados, propiciando largos intercambios de desgaste; así fueron alargando sus partidos, hasta provocar cada vez más errores no forzados del favorito. De este modo el jovencísimo Nadal (solo 18 años) consiguió un triunfo inesperado, posibilitando que España ganase la primera Copa Davis en décadas. Ese estilo de tenis de desgaste es el que los jugadores españoles han perfeccionado; no son tan potentes y espectaculares como otros, pero resisten y ganan más frecuentemente.

A diferencia de José María Aznar -personaje gesticulante, prepotente y atrevido- Mariano Rajoy es un tipo sobrio, discreto y prudente; que parece tratar de pasar de puntillas por la historia de España. Es un presidente más pendiente de ‘no equivocarse’ que de ‘acertar’. Por ello se concentra en colocar todas las pelotas dentro de la pista, alargando el partido hasta la extenuación de sus adversarios. Zapatero, Sánchez, Puigdemont y los ‘adláteres de Aznar’, que le intentaron desalojar del liderazgo del PP, pueden atestiguar su fracaso ante un maestro en el jugar a la contra. El caso Gürtel y su «resiste» al corrupto Bárcenas hubieran acabado con cualquier otro; pero no con Rajoy. El tranquilo gallego es el vivo ejemplo de la resiliencia (palabra de origen norteamericano asimilable a ‘aguante’). Actualmente, en un entorno mediático en el que casi todo se acaba sabiendo, la imagen pública de los líderes está sujeta a una continua erosión, por lo que no hay virtud de liderazgo más importante que la resiliencia: aguantar hasta que las circunstancias se vuelvan favorables y posibiliten una reelección.

Las reiteradas provocaciones de los separatistas no han modificado la posición inicial del Gobierno: defender la legalidad vigente. Su contención fue malinterpretada por los secesionistas, que fueron adoptando acciones cada vez más temerarias; hasta incluso violar el Estatuto de Autonomía. Partidos como el PSOE y Podemos dieron algunos bandazos; aunque al final en Pedro Sánchez ha premiado el sentido de Estado, en tanto que en Pablo Iglesias se han impuesto sus impulsos antisistema. En estos duros meses Rajoy ha seguido el consejo de San Ignacio: «En tiempo de desolación nunca hacer mudanza, más estar firme y constante en los propósitos y determinación en que estaba el día antecedente a la tal desolación». Firmeza que debería flexibilizar cuando los insurrectos cambien de actitud y vuelvan a cumplir la ley. Convendría que recuerde la célebre contestación que el Nobel de Economía John Keynes le dio a quien le acusó de haber modificado una postura: «Cuando las circunstancias cambian, yo cambio de opinión. ¿Y usted qué hace?». Demostraría haber recuperado la fortaleza y que el sistema democrático puede acomodar cualquier posición nacionalista que respete la ley.

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