El relato falaz de ETA

JUAN LUIS DE LEÓN AZCÁRATE

Años después de haber sido derrotada por el Estado de Derecho, ETA nos comunica en sendas misivas su reconocimiento, parcial, por el daño causado y su disolución. Pero todo ello enmarcado en un relato autojustificatorio ridículamente tergiversador de la historia y carente de una mínima dignidad ética. Unos comunicados en los que parece que debemos dar las gracias a ETA, en primer lugar, por haber existido y luchado por nuestra liberación, y, en segundo lugar, por haber dejado la lucha armada para facilitar vías democráticas de solución del «conflicto». No vale la pena analizar mucho más su contenido. Pero sí me sorprenden las reacciones de sorpresa porque ETA no haya hecho alusión a las víctimas en su último comunicado ni haya perdido perdón. Me sorprenden por su ingenuidad.

¿Acaso hubiera sido creíble que, después de sesenta años de sistemática violación de los derechos humanos, una organización terrorista formada por personas adoctrinadas y sumamente ideologizadas, vencida por el Estado de Derecho (detalle crucial que no reconoce), se arrepienta y pida perdón? En su testamento Franco pidió «perdón a todos» los españoles. ¿Por qué siempre los proyectos totalitarios acaban pidiendo perdón, en el mejor de los casos, cuando ya están finiquitados por defunción o por derrota? ¿Franco no tuvo tiempo en cuarenta años de pedir ese perdón e intentar reparar el daño causado? ¿ETA no tuvo sesenta años para recapacitar sobre sus acciones, dejar las armas y pedir perdón a la sociedad antes de su derrota? Un reconocimiento del daño causado y una petición de perdón sinceros debieran estar acompañados del compromiso de colaborar con la Justicia en la resolución de los asesinatos no esclarecidos y de reparar el daño causado (lo que se conoce como justicia restaurativa). No debe sorprendernos que ETA no esté dispuesta. ¿Cómo colaborar con un Estado al que sigue considerando opresor y causa del «conflicto»?

Más me preocupan todas aquellas personas que de un modo u otro han hecho posible que ETA perdurara en el tiempo. No me refiero a cómplices puntuales, a los chivatos que espiaban a las potenciales víctimas para luego pasar la información a sus asesinos… Me refiero a todos aquellos que, sin colaborar en ninguna acción que pueda considerarse criminal, han jaleado, han aplaudido o se han felicitado de la existencia de ETA y la han visto como un movimiento de liberación. Trabajadores, padres y madres de familia, funcionarios, políticos, periodistas, empresarios, intelectuales, incluso sacerdotes, religiosos, cristianos laicos… que han pensado que ETA fue necesaria, e incluso buena pese a sus métodos, o que simplemente sonreían cada vez que se daba la noticia de un asesinato de ETA.

No fueron ni son pocos. Miles de vascos (y otros españoles) de toda condición, sin ser cómplices materiales de ningún delito, auparon con su aliento la existencia de ETA. Son estas personas las que me preocupan más. No se trata de que ahora pidan perdón públicamente y menos por algo que no hicieron. Pero sería bueno para la auténtica reconciliación que recapacitaran sobre todos estos años en los que la autodenominada pomposamente «organización socialista revolucionaria vasca de liberación nacional» sólo ha sembrado dolor, muerte, miedo y destrucción. ¿Qué ha construido ETA? ¿A quién ha liberado?

Es realmente difícil, salvo dignas excepciones individuales, que los terroristas de ETA hagan una autocrítica de este calado, reconozcan el daño causado y colaboren con la justicia. Sería lo ideal que lo hicieran todos, pero no parece realista. Sí lo es, en cambio, que todas esas -muchas- personas que vieron con buenos ojos su existencia sin ser cómplices se pregunten si no estuvieron equivocadas. La tarea de deconstruir el discurso ideológico de ETA que aún pesa en el imaginario de miles de vascos llevará tiempo y serían necesarios planes educativos que vayan en esa línea, pero es algo fundamental si queremos que comience a fraguar una reconciliación sincera basada en la verdad y en la justicia.

Es cierto que las víctimas no deben ser quienes dicten las estrategias políticas de reconciliación en este nuevo escenario post-ETA, pero su grado de sanación, bienestar y de paz debe ser el termómetro que mida si esas estrategias políticas son las adecuadas o no.

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