Reivindicando el silencio

ABRAHAM DE AMÉZAGA

Hay muchas formas de agredir, y una de ellas es con ruido. No es necesario salir a la calle para sentir una invasión de este y de sus consecuencias. En el trabajo, con teléfonos que suenan a cada rato, colegas que charlan entre ellos, el sonido de la expendedora de café, los teclados de los ordenadores -menos mal que ya no se usan las máquinas de escribir-... En el hogar, donde es la vecina que puso bien alta esa canción que tanto le gusta, y además en bucle; una madre que habla a voces a su hija porque no se acaba la merienda, y que ya está bien; aparte del televisor del señor del cuarto izquierda, es decir, el que está justo encima de nosotros, y que por culpa de la sordera, en aumento, lo tiene a todo volumen…

Eso sí, en cuanto ponemos los pies en la calle, el festival de ruido, la ausencia brutal y despiadada de silencio, nos va golpeando a cada rato: el de coches, motos, autobuses, cláxones, voces, el ladrido de un perro, un operario taladrando el asfalto, otro golpeando una pieza en un taller, un repartidor ante un bar del que se oye la música, una puerta que se cierra de golpe... Día a día estamos constantemente expuestos a todo esto y mucho más, habiéndolo asimilado con total impunidad.

Con tanto ruido, con tanta basura auditiva, ante la que nos sentimos vulnerables, se nos ha olvidado el sonido del silencio. Sí, no resulta una contradicción, el silencio tiene esa paz que provoca el no ruido, la calma, la tranquilidad… No hay nada como escucharlo, mientras respiramos serenamente, algo que se consigue más fácilmente cuando nos envuelve. Una de las facetas más terapéuticas del silencio es que nos obsequia con la serenidad, en cuanto nos paramos en un espacio en el que él es rey, y surge dentro de nosotros una especie de dicha. Ya lo dijo Shakespeare, «el silencio es el intérprete más elocuente de la alegría». Si algo bueno tienen quienes padecen sordera es que son inmunes a la contaminación acústica a la que los que oímos nos enfrentamos a diario. Dan ganas de caminar provistos de tapones o cascos -sí, mejor los de operario, aunque sean menos estéticos, por eso de que aíslan más-, protegidos de esa agresión externa, y recobrando las bondades del silencio, o escuchando música relajada que amanse de algún modo esa bestia tensa que portamos dentro.

Calificado de problema de salud pública, el ruido está en las metrópolis, aunque cada vez ha ido extendiendo sus garras hasta los pueblos. La recordada Esther Tusquets, que publicó un catálogo irreverente de buenas maneras en forma de libro, al que dio como título el de 'Pequeños delitos abominables' (2010), se fijó como es lógico en el ruido, incluyéndolo «entre los desastres ciudadanos más molestos. Empezando por los gritos. Los españoles hablan con frecuencia a gritos (…) porque les parece que el mayor volumen de voz les da la razón y refuerza sus argumentos». ¿Sabían que España es el país más ruidoso del mundo, tras el modélico Japón?

No solo no somos pocos quienes reivindicamos el silencio como sustituto del ruido, sino también en aquellas conversaciones donde hablar no aporte nada, sino todo un desgaste, una pérdida de tiempo y energía. Como reza un proverbio árabe, «si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, en ese caso cállate». El ruido altera, estremece, es de lo más desagradable, perturbador, cansa, nos empuja a ir más deprisa, es la antítesis de una vida de calidad. Nada como despertarse temprano y salir a la calle recién despuntado el alba, donde además de poca gente, habrá también mucho menos ruido, a no ser que nos topemos con un camión descargando su mercancía, que en ocasiones, más que cajas de productos de alimentación, parecerían estuches de pesados rifles y ametralladoras. ¿Por qué nos empeñamos en destruir el silencio? ¿Será que tememos encontrarnos con nosotros mismos, porque no nos reconoceríamos, o quizá sí, y esto podría desencantarnos? No puedo estar más de acuerdo con la opinión de Tom Ford, el creador de moda, de que «el tiempo y el silencio son las cosas más lujosas hoy en día». Resulta una paradoja que algo gratuito, como son el tiempo y el silencio, sean dos de los bienes más preciados y escasos en este mundo moderno. Pongamos freno.

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