RECREAR EL CONFLICTO EN VANO

Análisis

Los herederos de la banda simulan pretender una amnistía encubierta para los etarras presos

KEPA AULESTIA

La desaparición definitiva de ETA, puesta en escena en las dos últimas semanas para reiterar infructuosamente que responde a una decisión propia y madurada a través de un proceso compartido con 'agentes internacionales', y en ningún caso a un sentimiento de derrota, podría conceder a la izquierda abertzale una autonomía que nunca tuvo ni pretendió. Al margen de que circule un relato que situaría a sus dirigentes más conscientes de que aquello no tenía otra salida que la disolución como adalides de su paulatina desactivación. Porque al desarme de unas cuantas cajas y al anuncio del desmantelamiento de sus estructuras debería seguirle la renuncia crítica -o la crítica renunciante- a continuar reivindicando el pasado como certificación de autenticidad en el presente y de garantía de futuro. En la ética de ETA no era la causa -la opresión que soportaba el pueblo vasco- lo que justificaba el empleo de la violencia. Invertía el argumento, al emplear la violencia extrema como explicación de un conflicto de tal gravedad que obligaba a matar. Urrutikoetxea e Iparragirre se despidieron el jueves justo a tiempo de eludir el requerimiento histórico: cuál es la razón de que la banda terrorista creyera necesario asesinar hasta una fecha, y viera necesario dejar de hacerlo a partir de la misma. La pregunta quedará para siempre sin respuesta. A no ser que una izquierda abertzale liberada del peso muerto de ETA se atreva a reconocer el sinsentido del terror pasado cuando, de pronto, se fue capaz de renunciar a las armas. Porque, una de dos, o la banda terrorista debería seguir atentando hoy o nunca debió hacerlo.

La izquierda abertzale no está en condiciones de gestar una 'religión de sustitución', porque ha tenido nada menos que diez años para intentarlo. Este es un país que se mostró más dispuesto a sobrellevar el acoso discriminado sobre personas señaladas con una sentencia de muerte que la orden indiscriminada de diferenciar los residuos domésticos. El final de ETA permitiría una recreación voluntarista del conflicto a través de dos asuntos pendientes para los herederos de la banda disuelta: simulan pretender una especie de amnistía encubierta para los etarras presos, aunque sobre todo tratan de conseguir que 'las víctimas del conflicto' subsuman a las de ETA. Pero si la izquierda abertzale persiste en cegar su propia autonomía, incluso después de la desaparición de sus siglas fetiche, confirmará que nunca quiso deshacerse del relato terrorista y de su obligada legitimación. Es inimaginable una izquierda abertzale dispuesta a pedir perdón por hechos que no asume ni se ve requerida a asumir, cuando la matriz etarra ha resuelto desaparecer sin dar esa satisfacción a sus víctimas.

La izquierda abertzale no puede pasar ahora a ser una especie de CUP a la vasca, porque nunca lo fue, y ahora menos. Ni su sociología ni su ideología general cuadran en tal supuesto. Además, aunque ETA se haya disuelto habrá quienes tengan la última palabra para evitar una deriva asamblearia en el radicalismo del bienestar. La izquierda abertzale desarmada tiene que ver, si acaso, con ERC. Una formación indispuesta a operar en el poder de lo establecido. Porque en este caso la izquierda abertzale se ha habituado a hacer valer su influencia fáctica como fuente de autoridad. Ortuzar en Kanbo y Urkullu en Bertiz serían las dos caras de una moneda que siempre girará en torno al supuesto de que la izquierda abertzale sociológica es otro de los depósitos de reserva con los que cuentan los jeltzales. ETA y, sobre todo, sus colaboradores en esta operación de cierre habrán llegado a pensar que manejaban a su antojo la agenda política. Todo lo contrario. Al final se han visto tan fuera del tiempo que solo la ingenuidad de pensar en que en Kanbo ETA aseguró ante notarios internacionales el tránsito de sus herederos hacia un nuevo ciclo podría atenuar la sensación de su fracaso histórico. Solo la ingenuidad podría pretender recrear el conflicto en vano, cuando más cuesta arriba se presenta hacer realidad las aspiraciones de más autogobierno.

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