La reacción frente a la barbarie

Por una vez y casi en plenitud, los partidos han reaccionado unánimemente, cerrando filas y rehuyendo el enfrentamiento partidista que se había convertido en el pan nuestro de cada día

MANUEL MONTERO

Pudo ser peor, lo sabemos ahora, pero los atentados de Barcelona y Cambrils representan en toda su intensidad la barbarie, así como los efectos del odio, dirigido contra nuestra sociedad y los valores que tenemos, que los hay. No tiene ningún sentido esa reacción que suele darse a veces, y que aunque minoritaria no ha faltado ahora, según la cual la responsabilidad de todos los males, incluyendo el terrorismo yihadista, nos corresponde, por ser una especie de reacción más o menos comprensible (¿?) contra la civilización occidental. Como en todos los casos de terrorismo, la responsabilidad es de quien usa las armas y de quienes participan en la preparación o en el atentado. En esto sobra cualquier otra consideración. La dinámica que ha acompañado a los atentados presenta algunas características que conviene tener presente. Forman parte de nuestros comportamientos, que se manifiestan con particular intensidad en momentos críticos como los que hemos vivido.

En primer lugar, está la contundente respuesta ciudadana: el apoyo inmediato a los afectados (a veces heroico), la general indignación social, la colaboración con la policía, la perceptible solidaridad con las víctimas, las colas a donar sangre por si hacía falta. No es novedad. Aunque después quedó en segundo plano por el guirigay político, también en el 11-M la movilización de los ciudadanos fue masiva e inmediata. Contra lo que podría deducirse a partir de nuestra escenificación de la vida pública, políticos mediante, en las reacciones sociales ante las circunstancias graves surge una comunidad que se comporta como tal, en la que se impone la reacción colectiva frente al acoso terrorista.

La respuesta al atentado ha demostrado también la eficacia policial, en este caso de los Mossos d'Esquadra, con una rápida localización y persecución de los terroristas. No se detectó la formación de una célula yihadista, una tarea que se antoja difícil, pero la actitud correcta es la que se ha adoptado y mantenido hasta ahora: no lanzar diatribas sobre eventuales errores sino analizar en qué cabe mejorar. En realidad, la eficiencia de la policía tampoco resulta novedosa, viene demostrándose desde hace tiempo. Nuestras fuerzas del orden tienen el excepcional mérito de haber acabado con todo un movimiento terrorista, ETA, que se creyó invulnerable.

La principal novedad que ha acompañado a las reacciones ante el atentado resulta saludable y viene del campo político. Por una vez, y casi en plenitud, los partidos han reaccionado unánimemente, cerrando filas y rehuyendo el enfrentamiento partidista que se había convertido en el pan nuestro de cada día. Esta vez, afortunadamente, no ha sucedido así. Es de esperar que se mantenga la unidad, la actitud que espera y agradece la ciudadanía, sin que rebroten las disensiones como las que siguieron al 11-M, y que tanto daño hicieron. Hay razones para confiar que en este punto haya enmienda de nuestra clase política, pues ni siquiera ha impedido la imagen de unidad la tensión preexistente derivada del independentismo catalán, que se siente en el momento de la ruptura.

La excepción a la regla: CUP. Su incomprensible reacción confirma que estamos ante un movimiento estrictamente antisistema, en el pleno sentido del término, que no comparte los criterios democráticos generales. Conviene tenerlo en cuenta, en unos momentos que tiene un protagonismo fundamental en nuestra evolución política. Está jugando un papel inusual en Europa para movimientos similares, pues el arco de partidos procura que la evolución política no dependa de quienes quieren que desaparezca la normalidad.

También ha resultado chocante la rápida afirmación soberanista de que los sucesos trágicos de Barcelona y Cambrils no interferirán en el procés. Mero voluntarismo. Verosímilmente no solo el proceso sino toda nuestra vida política se verá afectada, por tanto interferida. Es un hecho crucial, cuyas repercusiones se percibirán durante mucho tiempo. Hay un cambio. En el procés y en otros aspectos de nuestra vida social, daba la impresión de que nos movíamos en un espacio etéreo, hecho de expresiones voluntaristas y de evaluaciones retóricas. Este lamentable atentado nos pone los pies en el suelo. La amenaza terrorista no es una especulación propagandística ni estamos inmunizados. Tampoco es una cuestión de otros países. Resulta imprescindible que nuestra vida política deje de navegar por estratosferas ideológicas y que descienda a los problemas reales.

La defección democrática de la CUP constituye un acontecimiento que no pueden obviar los promotores del procés. Sus concepciones políticas están alejadísimas de las percepciones comunes y de los planteamientos democráticos. Apoyarse en quienes no creen en la democracia que funciona en Europa lleva a caminos más que inciertos, al margen de otras consideraciones.

Se ha oído alguna voz que tacha de utilización espuria la mención crítica al procés tras producirse los atentados yihadistas. Quizás aspiran a la parcelación de la vida pública. Imaginan que pueden tener tratamientos radicalmente separados cuestiones cruciales que se producen en el mismo momento y en el mismo ámbito. Como si fuesen circunstancias paralelas sin puntos de contacto. Como si pudiesen colaborar posturas no democráticas y las democráticas; o la búsqueda de la unidad antiterrorista y la ruptura política.

Hay precedentes: en el País Vasco se quiso segmentar los distintos ámbitos sociopolíticos, como si no tuviesen nada que ver, y se demostró que lo que no puede ser, no puede ser.

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