¡Los míos! (Con razón o sin ella)

Apostar por soberanía, caudillismo, xenofobia, secesión... es no haber entendido las lecciones de los totalitarismos del siglo XX y de los imperialismos de todos los tiempos

IGNACIO SUÁREZ-ZULOAGA GÁLDIZ

Quién no ha oído hablar de 'Los viajes de Gulliver'? Pero como como ocurre con tantas de las obras maestras de la literatura, su versión cinematográfica, los resúmenes ilustrados para niños o la pereza han impedido a muchos entenderla. Lejos de ser un texto infantil, el libro trata de cuatro astutas sátiras moralistas con las que el irlandés Jonathan Swift criticó problemas de su época (se publicó en 1726). Su título real ya resulta significativo: 'Viaje por algunas remotas naciones del mundo'. Y en su cuarta travesía el autor nos relata la forma de vida de la nación Houyhnhnm, unos caballos voladores que hablan; significativamente, en su lengua este nombre quiere decir 'de naturaleza perfecta'. Una superioridad que les legitimaba para explotar a los seres humanos de su isla -a los que llamaban Yahoos, origen del nombre del buscador de internet-. Al cabo de un tiempo en esa nación, las cualidades de Gulliver le granjearon el aprecio de algunos de sus anfitriones, lo que acabó por generar un problema político entre las distintas facciones Houyhnhnm. Por ello los caballos decidieron deliberar democráticamente sobre qué hacer con el forastero 'inferior'; en su asamblea concluyeron que la convivencia con ese yahoo razonable representaba un peligro para la continuidad de la civilización Houyhnhnm, expulsando de aquel paraíso a nuestro viajero. Tan desconsolado quedó Gulliver que, tras regresar a su hogar en Inglaterra, quedó incapacitado para convivir con seres humanos; por lo que se convirtió en una especie de ermitaño a domicilio, que evitaba tratar a su familia y se pasaba el tiempo hablando a los caballos de su establo. Se trata de una obra maestra acerca de cómo tratar con humor la intolerancia, la xenofobia y los complejos de superioridad; recomendable.

Y es que por muy superior que una nación pueda creerse -e incluso aunque pueda materialmente serlo-, esto no le impide caer en el ridículo y la ignominia. Repasemos el que posiblemente ha sido el mayor caso de éxito de un gobierno en ejercicio. En 1933, durante la depresión económica internacional causada por el crack de 1929, el partido nazi se hizo cargo de una Alemania destrozada por la derrota en la Primera Guerra Mundial; convirtiéndose en tiempo record en la nación líder en Europa. Solo tres años después de alcanzar el poder ya estaban participando en la Guerra Civil española, y en otros tres más desatando la mayor guerra de la historia. En doce años los nazis elevaron y destruyeron su país: provocando la muerte de 5,5 millones de sus conciudadanos, dejándolo en ruinas y dividido en dos estados ideológicamente enfrentados. Sorprende que la población alemana no se sublevase, y que apoyase al gobierno tiránico hasta la completa destrucción del país. Toleraron la eliminación de su democracia y de los demás partidos políticos, contemplaron impasibles las persecuciones a los judíos y el severo control a las iglesias cristianas, vieron como los bombardeos destruían completamente sus ciudades... Hubo algunos resistentes, pero fueron poquísimos e ineficaces. Y si pasó esto hace menos de un siglo en la civilizada Alemania, qué no puede pasar en otros sitios.

Traigo esto a colación porque asombra el que a pesar de toda la información disponible, tantas personas vengan persistiendo en votar determinadas candidaturas. Unos programas que contradicen no solo amplios consensos en ciencia política, sociología y economía, sino que -además- chocan directamente con tendencias internacionales prácticamente unánimes. En el siglo XXI, apostar por soberanía, caudillismo, aislacionismo, secesión, unilateralismo, xenofobia... es no haber entendido las lecciones de los totalitarismos del siglo XX y de los imperialismos de todos los tiempos. ¿O será más bien que se creen tan superiores de aquellos que actuaron así en el pasado, como para pretender hacer lo mismo sin llegar a sufrir análogas consecuencias?

Su lema es el 'nosotros contra ellos'; y a toda costa. Una obcecación alimentada por unos medios de comunicación subvencionados, que divulgan relatos tan maniqueos como las películas norteamericanas 'de indios y vaqueros' de los años 50. La contaminación ideológica en Catalunya ha llegado al extremo de creerse que la Guerra de Sucesión (1701-14) fue una contienda de liberación, no una mera guerra dinástica entre Borbones y Habsburgos; esta -y todas las demás confrontaciones que han tenido lugar allí- serían para los independentistas guerras de catalanes contra españoles (aunque ninguno de ambos conceptos fueran formulados políticamente hasta el siglo XIX). Y así, a pesar de que el mundo entero le haya dado la espalda a la subversión de sus instituciones, casi la mitad de catalanes siguen fieles a los partidos independentistas; formaciones responsables de la mayor fractura social de su historia, de la fuga de miles de empresas y de que decenas de miles de ciudadanos adinerados (muchos de ellos nacionalistas) se hayan avecinado en Madrid. De alguna manera, el independentismo representa el tribalismo parodiado por Uderzo y Goscinny en la 'aldea gala de Asterix'; unos primitivos indígenas que se toman una loción mágica que les dura lo suficiente como para derrotar a unas legiones que les traen la civilización romana. Pócima maravillosa que no les permite ser más civilizados, solo más bestias. Por mi parte, adopto desde ahora mismo la costumbre de Ortega y Gasset de repetir continuamente la célebre definición identitaria de Goethe: «Yo me confieso del linaje de esos que de lo oscuro hacia lo claro aspiran».

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