Raíces y cenizas

ÁLVARO BERMEJO

No hubo queimada en el monasterio cisterciense donde Fernando Sánchez Dragó nos había convocado para hablar de hongos y otras sustancias alucinógenas. La queimada, la alucinación, estaba en el paisaje. La vieja Galicia verde y mágica había mutado en un escenario calcinado por la devastación de los incendios del año anterior. Una semana después casi se podía oír el crepitar de las llamas que, desde nuestra partida y en tres días, habían arrasado más de diez mil hectáreas.

Recordé nuestra visita al castañar de Hifas da Terra. Caminábamos por una tierra inusualmente seca de la que, gracias a los prodigios de la biotecnología, brotaban cepas de reishi y shitake. Nos hablaron de la sabiduría de los castaños. Durante los incendios de 2015, los mismos árboles segregaban una sustancia natural que los protegía del fuego. Se quemaron muchos, pero fueron muchos más los que entonces se salvaron.

¿Qué habrá sido de ellos después de la última catástrofe? Los árboles, los bosques, simbolizan las verdaderas raíces de cualquier cultura. A lo largo de milenios nuestros antepasados compartieron con ellos una simbiosis intensiva. Hoy preferimos subrayar nuestros valores identitarios a la manera de los nuevos ricos. Alzamos “Cidades de la Cultura” tan faraónicas como fantasmagóricas, promovemos congresos ecuménicos estilo Master Chef, invertimos millones en expandir nuestra imagen de marca. Para el mantenimiento de esos lugares sagrados, nuestros bosques, a nadie le alcanza el presupuesto.

En lo que va de siglo en España han ardido dos millones de hectáreas. Tanto da que apelemos al cambio climático, a los efectos de la sequía, o a los incendiarios que practican esta forma demente de terrorismo medioambiental. Nuestros bosques son el alma de ecosistemas centenarios. Pero nuestras políticas siempre responden a estrategias cortoplacistas donde la incuria se alía con la ceguera nacional.

Del Valle del Indo al Yucatán de los Mayas, ¿cuántas civilizaciones han desaparecido a causa de la degradación de la biosfera? La nuestra casi parece complacerse en el holocausto, a la manera de Nerón. Presenciamos lira mediática en ristre la conversión de nuestros bosques en polvorines, la desertización del nuestro paisaje, la consunción de nuestros ríos, como si se tratara de un espectáculo más.

Hemos olvidado que el Árbol del Conocimiento es hermano del de la Vida, símbolo del Axis Mundi, el eje del mundo. Sólo un mundo a la deriva puede consentirse la locura de reducir sus raíces a cenizas.

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