Todos quieren ser diferentes

FELIPE JUARISTI

Ahora resulta que todos quieren ser diferentes. Nadie quiere parecerse a nadie, ni por asomo. Toca ser auténtico, en todo y en cada una de las partes de las que se compone el ser humano, que son muchas. Creo que todo comenzó con la gastronomía, ese territorio casi sagrado, donde para tocar las cosas y tratarlas tiene uno que vestirse como un sacerdote.

Alguien importante dijo en voz alta aquello de que la carne, fuera ternera, pollo o cochino, que se comía no sabía como antaño. Añadió que el sabor de los tomates no era como el de nuestra infancia, que es el lugar al que volvemos cuando no sabemos adonde ir. Recalcó que entonces todo era más auténtico. Quería decir que la vida era más sencilla. También que era más dura.

No tengo nada en contra de la supuesta autenticidad, como no tengo nada en contra de algo que desconozco qué es y no sé si existe o es invención, quimera no más. Hubo un tiempo en que lo auténtico estaba desprestigiado.

Era mejor lo falso o, en su caso, la mezcla, lo espurio, lo indefinido, lo que no entraba en ninguna categoría, ni figuraba en ningún canon, lo innombrable. Fumábamos tabaco que no se sabía de dónde traían, aunque sospechásemos que procedía de un lugar no demasiado claro y transparente; nos vestíamos con ropa comprada en rastrillos o tiendas que tampoco especificaban muy bien el lugar de procedencia; bebíamos licores oscuros guardados en botellas aún más oscuras, con vidrios que una vez fueron parte de coches blindados. Comíamos lo que nos daban, sin preguntar si el pollo servido había corrido una maratón en el caserío o simplemente los cien metros obstáculos, ni si la ternera era de labbel, o el cerdo venía con denominación de origen.

No digo que aquello fuese mejor, ni peor, ni lo contrario. No queríamos ser diferentes, porque sabíamos que lo éramos. No buscábamos la autenticidad; intuíamos que no había tal cosa en la tierra conocida.

El mundo da vueltas en su eje, pero no acaba de encontrarse consigo mismo. Los satélites son cada vez más espías, nos vigilan las veinticuatro horas. Si uno cae, caen consigo nuestros secretos. Cada vez hay más distancia entre lo que pensamos y luego decimos, entre lo que decimos y luego hacemos, entre lo que somos y lo que queremos ser, si es que queremos ser algo.

Hay quienes piensan que la llave de la felicidad está en la búsqueda de la diferencia. Y como muchos quieren ser diferentes, al final muchos se parecen, hasta en lo que ignoran.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos