Quiebra histórica

La Mirada

El temerario viaje a la ilegalidad del secesionismo y la cruda aplicación del 155 desfiguran el Estado de las Autonomías alumbrado en 1978

Lourdes Pérez
LOURDES PÉREZ

El Estado español que alumbró la llegada de la Transición, sometido al mayor desafío territorial de su historia democrática y a la presión de quienes pretenden reventar «el candado del 78», procedió ayer a un rearme constitucional inédito e impredecible en sus efectos para intentar restituir la legalidad en Cataluña y embridar al independentismo liderado por Carles Puigdemont. Tres semanas después de la convulsión del 1-0, el secesionismo baila el chotis de la ruptura en una baldosa cada vez más estrecha sin que se haya proclamado independencia alguna, mientras el Gobierno de Rajoy, cultivando los egos presidenciales de Pedro Sánchez y de Albert Rivera, ha optado por dotar de contenido al ignoto artículo 155 sin andarse ya con medias tintas. El presidente que, según relata su leyenda, nunca decide nada si puede evitarlo, el que jamás ha asumido atribuciones que no le correspondan, anunció ayer que suplirá los poderes de Puigdemont y que disolverá el Parlament para forzar las elecciones. Esa utilización tan radical en Rajoy de la primera persona del singular anticipó con nitidez lo que iba a venir después: una intervención sin ambages del autogobierno catalán instalado hoy en la ilegalidad constitucional y en el limbo de sus propias leyes de Referéndum y Transitoriedad, incumplidas dado que la república soberana sigue sin ser declarada. Antes al contrario, el salto al vacío de la independencia unilateral ha convertido a Cataluña en la primera comunidad que puede pasar a depender de las riendas de Madrid.

Puigdemont y el resto de los dirigentes independentistas cargaron ayer los adjetivos -«un golpe de Estado»- contra la cruda activación del 155, pero sin que la respuesta desembocara de momento en ninguna decisión irreversible. El president tiene seis días por delante hasta que el Senado vote y apruebe las medidas de cirugía mayor contra la deriva rupturista tomadas por el Consejo de Ministros. Seis días en los que puede disolver el Parlament y convocar elecciones, la salida anhelada por el lehendakari -en contacto ayer con los dos presidentes en liza- y el PNV que deplora el 155, pero que ha tendido un cordón sanitario para evitar el contagio del descontrol, salvaguardar la ‘paz vasca’ y preservar la estabilidad con el PSE. El empecinamiento del independentismo catalán, sin una mayoría en las urnas incontestable, ha desatado un profundo movimiento de fondo que emerge ya como una quiebra difícilmente reparable en el devenir histórico de la España de las autonomías. Ocurrirá lo que Puigdemont quiera que ocurra antes de que la coerción del 155 se haga carne en el Senado. Pero no parece que el Estado de la asimetría vasca, la desafección catalana y el igualitarismo del resto vaya a volver a su ser sin más. Con el riesgo de que un Frankenstein asome en el erial en que puede transformarse Cataluña.

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