Qatar: fútbol y política internacional

Qatar estaría aprovechando el fútbol para fortalecer su imagen frente al ultimátum árabe y utilizar otras vías de propaganda y de estrategia con vistas a tratar de salvar su posición en el tablero de las relaciones internacionales

CARLOS LARRINAGA

No resuelta aún la crisis entre Qatar y la coalición comandada por Arabia, hace unas semanas se resolvió, finalmente, uno de los grandes culebrones del universo futbolístico de este verano: la compra de Neymar al F.C. Barcelona por el París Saint-Germain. Estamos, sin duda, ante una operación astronómica, debido a la cuantía desembolsada por el club francés para satisfacer la cláusula de rescisión de la estrella brasileña: 222 millones de euros. La cifra más alta pagada hasta la fecha. Aunque, en verdad, la cosa no acaba ahí, ya que el PSG estaría negociando hacerse asimismo con los servicios del joven de 18 años Kylian Mbappé por unos 150 millones. Si bien, la escalada de fichajes no se detendría aquí, puesto que también anhela hacerse con el portero del Atlético de Madrid Jan Oblak. Esto indicaría que el equipo de la capital del Sena desearía reforzarse para ganar, de una vez, una Champions, título que se le resiste, en especial, después del ridículo que hizo ante el Barça perdiendo 6-1 en el Camp Nou en la última edición de ese campeonato. A este deseo respondería el hecho de que el PSG esté dispuesto a gastarse entre 400 y 500 millones en la compra de jugadores.

Sin embargo, más allá de lo meramente futbolístico, es plausible hablar de otros intereses vinculados probablemente a la política internacional. Me explico. Hay que recordar que el PSG fue comprado en 2011 por Qatar Sports Investments, una empresa por acciones nacida en Doha en 2005 y especializada en inversiones deportivas y de ocio. Una compañía que, según consta en su web, actúa de manera independiente o coordinada con otras para llevar a efecto iniciativas de este tipo, tanto en Qatar como en otros lugares. Su presidente es el ex tenista qatarí Nasser Ghanim Al-Khelaifi, convertido de esta forma en el máximo responsable del PSG. Al parecer, se educó en los mismos centros educativos a los que iban los miembros de la familia real. Y considerado una de las cien personas más ricas del planeta, sus contactos con el poder en Qatar son evidentes. Por ejemplo, en la propia página de Qatar Sports Investments hay una pestaña dedicada a este país, en la que se entremezclan imágenes tradicionales con otras que revelan la modernidad del emirato. Pero Al-Khelaifi es, por añadidura, presidente de la cadena de televisión de pago Bein Sports, filial del grupo Al-Jazeera y dedicada a la retransmisión de eventos deportivos. Y este dato no es en absoluto baladí si tenemos en cuenta que una de las exigencias de Arabia y sus socios a Qatar era el cierre de este medio de comunicación, acusado de connivencia con el terrorismo por difundir, entre otras cosas, los comunicados de al-Qaeda.

En cierto sentido, se podría pensar, y así parecen creerlo algunos analistas extranjeros, que esta compra auspiciada por Qatar Sports Investments y el propio Al-Khelaifi, podría tener una intencionalidad política indudable. Primero, tratar de demostrar que el boicot decretado por Riad y sus amigos no ha supuesto un ahogo económico para el pequeño reino, sino que sus importantes empresas siguen jugando a lo grande en el panorama internacional. Segundo, que, aun con la presión ejercida, Qatar está comprometido con los grandes acontecimientos vinculados al deporte, en especial con la organización del Mundial de Fútbol de 2022. Una adjudicación sumamente polémica, no sólo por el medio en el que se jugarán los partidos, sino porque muy probablemente Doha no escatimó esfuerzos en comprar voluntades en el seno de la FIFA, un organismo que no es ajeno a la corrupción, como se ha podido comprobar en los últimos tiempos. Y tercero, con una maniobra de este tipo, Qatar vuelve al primer plano, a pesar de la ofensiva orquestada por Riad. Al fin y al cabo, el affaire Neymar trasciende mucho más entre el público en general que el intento de Arabia por acabar con la acción exterior de Qatar. La noticia de su fichaje ha sido portada en todos lados. Por lo que es factible hablar de un ejercicio de marketing indiscutible, que, según se ve, se puede prolongar con las nuevas adquisiciones del PSG.

De esto se podría deducir que Qatar estaría aprovechando el fútbol, el gran espectáculo de masas, para fortalecer su imagen frente al ultimátum árabe y utilizar otras vías de propaganda y de estrategia con vistas a tratar de salvar su posición en el tablero de las relaciones internacionales. Es lo que los politólogos denominan 'soft power', o poder blando, es decir, la capacidad de un actor político para incidir en las acciones o intereses de otros agentes valiéndose de medios menos convencionales que los propiamente diplomáticos, aunque también recurra a éstos. Qatar estaría, pues, empleando su capital y el deporte para contrarrestar la embestida liderada por Arabia. En este caso, apelando a una empresa, Qatar Sports Investments, y a su cabeza visible, Al-Khelaifi, y actuando en un escenario tan emblemático como es París y en un miembro fundamental en el concierto de naciones como es Francia, cuya proyección busca redimensionarse a través de la figura de Emmanuel Macron. Empero, habrá que ver si a golpe de chequera es posible reconducir esta crisis y la credibilidad de un estado como Qatar, desde donde se viene financiando reiteradamente al terrorismo suní sin penalización alguna.

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