Por la puerta trasera de la historia

IGNACIO SUÁREZ-ZULOAGA

Los líderes políticos se han acostumbrado a decir y hacer lo que les da la gana; pues incluso sus comportamientos más incoherentes, desleales y descorteses son justificados por sus partidarios. Hace unas décadas hubiera resultado imposible ver a dirigentes como Berlusconi, Trump, Puigdemont o Torra al frente de democracias occidentales. Muy poco parece pesar en la conciencia de esos personajes el respeto a la dignidad de las instituciones que representan; tampoco parecen temer el relato que de ellos hacen los periodistas y el que harán los historiadores. También desconocen -o les resbala- el rechazo que suscitan en grandes sectores de la población, pues su atención la concentran en los grupos sociales más predispuestos a votarles. La vulgaridad y la desfachatez se han adueñado de un debate que cada vez recuerda más al de los terribles años 30 del siglo pasado.

Perplejos asistimos al 'chorreo' de descalificaciones, exageraciones y gestos vulgares que se intercambiaron los líderes en los debates; sin contenidos constructivos creíbles. En plan perdona vidas, la despedida de la política de Rajoy fue despectiva, cuando no insultante. El complejo de superioridad con que trató a los socialistas restó grandeza a la innegable gesta histórica que ha protagonizado su Gobierno: rescatar a España de la catastrófica gestión de Zapatero. El PP, a menudo, acierta en el fondo, pero le pierden las formas; su prepotencia y su descortesía. Como la anterior vez que perdieron el poder, demostraron que no saben perder. Me pregunto qué quiso sugerir Rajoy al acabar su último discurso parlamentario afirmando «yo voy a seguir siendo español». Pues claro, obviamente; ¿trataba de insinuar que los del PSOE no?

Ahora que una imagen impactante prevalece sobre las mejores estadísticas económicas, el final de Rajoy no ha podido resultar más humillante. Las imágenes que se emplearán en los documentales sobre el fin de su Gobierno serán dos: el escaño vacío del interpelado durante las intervenciones de los partidos minoritarios, y el personaje censurado saliendo del restaurante en donde se refugió durante ocho horas para ahorrarse el mal trago. Los trances más amargos representan auténticos 'momentos de la verdad', pues el elevado estrés pone de manifiesto el cuajo de un líder. Siempre me había chocado que Rajoy -un señor aparentemente contenido y formalista- designase portavoz a un sujeto como Rafael Hernando, conocido por ser uno de los parlamentarios más hiperbólicos, descorteses e hirientes. Ahora lo entiendo; la dureza y el desprecio no eran una aportación propia del mamporrero, sino un estilo compartido con su jefe. El día de la moción de censura Hernando puso en práctica su amplio repertorio de golpes bajos y gestos zafios; en lo que acertó plenamente fue al espetar a Sánchez que alcanzaba la Presidencia por la puerta de detrás. Efectivamente, por la misma puerta por la que Rajoy y el propio Hernando salen: todos parecidamente indignos. Ahora veremos si el nuevo presidente consigue recuperar rehabilitarse durante su cargo.

Pero muy mal estuvieron Sánchez y Ábalos en el Parlamento. Decidieron no replicar al chorreo de declaraciones propias que les recitó Rajoy, quedando para la historia como dos cínicos; pues censuraban hasta la saciedad la corrupción mientras se apoyaban en votos del partido más corrupto de España (la antigua Convergencia). Admitieron tácitamente la radical incoherencia entre lo que venían diciendo y lo que en ese momento estaban haciendo. El asunto resulta de capital importancia: que Sánchez hubiese obtenido el apoyo de todos los grupos políticos que aspiran a destruir al Estado indica su falta de escrúpulos, y hasta dónde estará dispuesto a llegar para permanecer en el poder. El intempestivo nombramiento del fotogénico e inexperimentado Sánchez, en un momento de gran auge económico, pero en medio de gravísimos retos en los ámbitos internacional y nacional, me recuerda el acceso de Kennedy al poder tras las apretadísimas elecciones de 1960. En el libro 'The best and the brightest', el gran periodista David Halberstam narró como el encantador y capacitadísimo equipo liderado por Kennedy gobernó con apresuramiento; anteponiendo los cálculos electorales y los gestos dramáticos a la sensatez y al análisis ortodoxo de las consecuencias de sus actos. El resultado fue entrar en la guerra de Vietnam, retrasar la normalización de la relación con China, agravar las tensiones con el bloque comunista y lentos avances en los temas prometidos a los electores: luchar contra la pobreza y la segregación. Solo el magnicidio pudo blanquear la memoria de John F. Kennedy, considerado actualmente un pésimo gobernante. Esperemos que Sánchez no se limite a ser menos arrogante que Rajoy. Ha entrado en la historia por la puerta trasera, y puede abandonarla por el mismo lugar. La forma no se puede desligar del fondo; lo refleja. Es un presidente accidental y su enorme precariedad le obliga a mucha más responsabilidad y prudencia que un ganador de elecciones. Cuando no pueda cumplir bien, deberá dimitir rápidamente. Si toma atajos y 'posturea' - como hizo Kennedy, con mucho más tiempo y apoyos que el- acabaremos (todos) fatal.

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