¿Puede un artículo salvar un Estado?

Plantear ahora unas elecciones autonómicas es directamente de locos. Es difícil imaginar una situación peor, más convulsa, indefinida e inapropiada para convocarlas

PEDRO JOSÉ CHACÓN DELGADO

Si nos remitimos a la lógica fría e implacable del articulado constitucional, indudablemente que sí. El artículo 155 le concede al Estado y en su nombre al Gobierno y a sus instituciones, en este caso al Senado, la fuerza necesaria y suficiente como para imponerse en todo el territorio nacional. Y no podría llamarse a sí mismo Estado si no fuera capaz de hacer frente a cualquier facción -en términos de Madison- que ose cuestionar la unión indivisible en que se funda su soberanía. Y esta lógica estatal -metafísica, inapelable y abstracta- no atiende ni tiene por qué atender a nada más que a su propia necesidad soberana, tal como dejó establecido Jean Bodin en el siglo XVI.

Pero si descendemos de las alturas teóricas al suelo real y prosaico, nos encontramos con una evidencia bien distinta y es que quien piense que con recurrir al 155 ya lo tenemos todo solucionado, o en vías de, es que vive en otro planeta. Ni siquiera Mariano Rajoy las tiene todas consigo, lo cual no deja de ser un consuelo -débil pero consuelo- frente a lo que podría haber pasado de estar otro más aguerrido o desenvuelto en su lugar. Pero que todo dependa ahora mismo de lo que Carles Puigdemont -y esa mitad del Parlament arriscada y desatada que lo respalda- decidan este jueves, da idea de lo frágil que resulta cualquier pronóstico que aventuremos.

Quien especula ahora con que Puigdemont pueda convocar elecciones antes del viernes no tiene en cuenta lo esencial: que el president ya solo se mueve con su propia lógica política, que en todo caso le llevaría a convocar unas elecciones constituyentes, sin cabida legal alguna. Así que nadie espere milagros: Puigdemont, de acudir al Senado, lo haría o bien con esas constituyentes catalanas o bien con la DUI debajo del brazo. ¿Y enfrente qué tendrá? Pues una mayoría absoluta del PP en la Cámara alta que, además de ser antinacionalista, no ha interiorizado siquiera la estructura autonómica del Estado, ya que el PP está configurado como un partido férreamente presidencialista y por tanto no prevé cauce interno alguno para iniciativas políticas que no procedan de su cúspide. Así que el escalofrío está servido.

El Estado español de las autonomías configuró un escenario donde el nacionalismo lo ha tenido fácil para ir musculándose, desde 1978 para acá, en busca de su objetivo natural de la independencia. Pero todo podía haber sido perfecto si ese nacionalismo se hubiera quedado siempre en manos de sus elementos más moderados. No pudo ser y hoy se recuerda una y otra vez el nefasto procedimiento para la renovación del Estatut en 2006 como el origen del desastre actual. Pero esa es una lectura interesada, ya que se olvida que por medio Artur Mas sacó con el apoyo del PP los presupuestos de su gobierno surgido de las elecciones de 2010, y que fue sobre todo la crisis económica la que le llevó a adelantar las elecciones a 2012, donde quiso tapar los recortes de su gobierno con las senyeras de la autodeterminación.

No esperamos nada bueno de la próxima reunión del Parlament y del mandato que extraiga de ahí Puigdemont. Y mucho menos de su hipotética visita al Senado, con DUI o elecciones constituyentes en el bolsillo. Sería como una reedición del paseíllo de los ‘Jordis’ ante la Audiencia Nacional. Ahora con la pieza mayor dispuesta al sacrificio y a la que solo le faltaría un cartel en el pecho que dijera: encarceladme a mí también, que es lo único que falta para que Cataluña se vaya al carajo. Que vaya Puigdemont al Senado ofrece los visos de una insensatez política que aterra.

Todas las derivadas del 155 tienen muy mala pinta, empezando por la remoción del president y su Gobierno o la del jefe de los Mossos: ¿cómo y hasta qué grado en la escala de mando? O la intervención en la TV3, que por muchas ganas que se le tengan desde el Gobierno, no deja de ser otra cadena más de todas las que se ven en Cataluña y que si ahora tiene más audiencia es porque decidió dedicar toda su programación a las vicisitudes del ‘procés’, que era lo que interesaba a la gente, cuando las demás, excepto ‘la Sexta’, se dedicaron a otras cosas. Sería perfectamente inútil, además de incendiario, intervenir esa cadena cuando hoy se tiene acceso instantáneo a la información por múltiples medios. Y lo mismo con el tema educativo: hay quien pide que el 155 se extienda también a controlar la educación, como si en unas semanas se pudiera revertir lo que viene siendo una inmersión, sostenida y continuada, en el imaginario independentista transmitido por la escuela y con la bendición del Estado autonómico. Demasiadas tareas inabordables en una semana, cuando el nacionalismo las viene cultivando con primor durante décadas.

Y por último lo de las elecciones. Que se celebren cuanto antes dicen los exaltados del 155 y otras instancias que pasan por sensatas. ¿Elecciones ahora? Plantear ahora unos comicios autonómicos es directamente de locos. Entendemos que se haya dicho como forma de dar cariz de provisionalidad al 155, pero es difícil imaginar una situación peor, más convulsa, indefinida e inapropiada para convocarlos. Con todo el independentismo en contra, boicoteando y cobrándose por lo que les pasó con el referéndum del 1-O; o lo que sería peor aún, celebrando a la vez sus propias elecciones constituyentes: el colmo. Y con sus líderes encarcelados. Lo de Cataluña se está poniendo como si hubiéramos empezado ya la travesía río arriba de la novela más famosa de Joseph Conrad. Lo digo como lo siento.

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