Protestar contra el terror

Pese a una postura predominante de silencio, nunca hubo más personas que se movilizaran por los presos de ETA que por sus víctimas

RAÚL LÓPEZ ROMO

En democracia, salir a la calle a manifestarse no es algo excepcional, sino una forma más de intervención de la ciudadanía en los asuntos comunes, al igual que votar o afiliarse a alguna organización. No hay un perfil de manifestación: los motivos son extremadamente variados, así como la cantidad de gente que acude a ellas. Ahora bien, sí que se observan algunos patrones: suelen escogerse enclaves urbanos próximos a los centros de decisiones, tales como instituciones o calles céntricas donde visibilizar las propias demandas. Pero ni siquiera aquí hay unanimidad.

Contra lo que a veces se piensa, manifestarse no es un acto intrínsecamente cívico. Hay veces en que las concentraciones de masas persiguen fines claramente antidemocráticos. Ocurre, por ejemplo, cuando ciertos grupos pretenden aislar o reducir la presencia de otros colectivos o personas en el espacio público. En su extremo, esta actitud desemboca en el asesinato del adversario político. En estadios intermedios nos encontramos con diferentes formas de persecución ideológica o de señalamiento agresivo del otro. Todo ello siembra el miedo entre los oponentes y lleva, en suma, a que estos se recluyan en el espacio privado al sentir que están amenazados por sus ideas.

No hay que irse muy lejos para encontrar un caso. El nacionalismo vasco radical ha desarrollado un denso calendario de movilizaciones en las que jaleaba y jalea a los victimarios de ETA, para escarnio de sus víctimas. La apología de la violencia ha permeado esos rituales: manifestaciones, concentraciones, huelgas, 'ongi etorris', fiestas... Hace años, el sociólogo Jesús Casquete publicó un estudio en el que demostraba que Euskadi era el lugar con mayor densidad de manifestaciones de Europa. Hay quien piensa que esto refleja el músculo contestatario de nuestra sociedad. En realidad, nos hallamos ante una 'sobremovilización', es decir, ante el intento de control de un espacio público que es o debería ser de todos.

El movimiento pacifista vasco no surgió hasta mediados de los ochenta. No estoy olvidando iniciativas anteriores. Simplemente, para que un movimiento social pueda ser considerado como tal es necesario que cumpla dos requisitos. Uno, su autonomía respecto de partidos y otras fuerzas de la sociedad civil. Dos, que plantee un compromiso sostenido en el tiempo. En suma, así fue con Gesto por la Paz o Denon Artean-Paz y Reconciliación. Luego vendrían el Foro de Ermua o Basta Ya, en otra época y con otras características (en el segundo caso, alzando su voz contra el «nacionalismo obligatorio», etc.).

La mayoría de los vascos no salió a la calle ni a favor ni en contra del terrorismo. La postura predominante fue el silencio, sobre todo en las décadas de 1970 y 1980. Ahora bien, como demuestra un reciente estudio del Euskobarómetro para el Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo, no hubo más personas que se movilizaran por los presos de ETA que por sus víctimas. La izquierda abertzale convocaba acciones colectivas todas las semanas en diversos puntos de Euskadi y Navarra, pero, salvo excepciones, a ellas acudían siempre los mismos, sus acólitos, que, si nos atenemos a los resultados electorales, no pasaron del 20% del censo mientras ETA asesinaba. Las manifestaciones más nutridas han sido para rechazar atentados de ETA, tanto en el País Vasco como en el conjunto de España.

En su libro 'Protestar en España', el politólogo e historiador Rafael Cruz publicó una interesante tabla con datos del Ministerio del Interior sobre participación en manifestaciones entre 1994 y 2013. Pues bien, los años con más manifestantes coinciden con acontecimientos señalados en relación con el terrorismo. En 1997, fecha del secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco, se manifestaron cerca de nueve millones y medio de personas, casi el doble que el año anterior. En 2000, en plena ofensiva terrorista tras la ruptura de su tregua, ETA mató a Fernando Buesa, a Ernest Lluch y así hasta 23 personas ese año. Un total de 6.600.000 españoles tomaron parte en alguna manifestación, el triple que en 1999. Y en 2004, el año del 11-M, la cifra ascendió a más de doce millones de personas, la más alta de todo el periodo.

El terrorismo es un problema grave que, afectando sobre todo a sus víctimas directas, pone en riesgo la convivencia de todos, y así es percibido por una parte amplia de la sociedad. Los movimientos sociales, cualquiera que sea su orientación, conocen picos o ciclos de protesta, así como 'factores precipitantes' que sacuden conciencias, contribuyendo a engrosar sus filas. En el País Vasco, las movilizaciones en repulsa por el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco, del que se han cumplido 20 años, son, aún a fecha de hoy, las mayores de la historia contemporánea. Con razón se ha dicho que aquello fue un hito de la reacción ciudadana contra el terror.

Luis Castells, historiador de la UPV, sostiene con razón que los vascos dejamos mayoritariamente las «ventanas cerradas» ante las víctimas de ETA. Afirmar lo contrario es hacer un flaco favor a la realidad, del mismo que es injusto ignorar a la gente que se manifestó en todas partes, a veces en un contexto muy desfavorable, levantando la bandera de la dignidad.

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