¿Dónde está el problema?

LUIS HARANBURU ALTUNA

Juan José Ibarretxe solía preguntarse qué había de malo en el derecho a decidir y hacía su pregunta desde una supuesta ingenuidad que desarmaba a sus adversarios. Algunos lo calificaban de cinismo puro y duro, pero creo que se trataba de un brote de adanismo que lo instalaba fuera de la realidad. De la realidad democrática y constitucional, se entiende. Los nacionalistas consideran que todos los parámetros de la democracia decaen ante la primigenia realidad de la voluntad de ser. Ser nación y constituirse en estado soberano. Ibarretxe , como fanático nacionalista, no veía ninguna maldad en sabotear los fundamentos de la democracia constitucional que impedía su quimera soberanista. El nacionalismo catalán ha resultado ser el discípulo aventajado de Ibarretxe y su derecho a decidir. Es en Cataluña donde ha fructificado el frustrado intento de hacer prevalecer la voluntad de decidir la secesión, sobre el derecho democrático a preservar la unidad territorial y la convivencia constitucional de todos.

El lehendakari Urkullu que hasta la fecha se ha significado por la moderación y la centralidad de sus posiciones políticas, se ha preguntado el día 2 de octubre, tras ver lo acontecido en Cataluña dónde está el problema al tiempo que arbitraba una consulta legal y pactada en Cataluña. No creo que nuestro lehendakari sea ni ingenuo ni cínico, pienso, más bien, que padece el síndrome del adanismo al considerar el derecho a decidir de un ‘pueblo’ como un recurso prevalente a cualquier otro derecho humano, jurídico, político o constitucional. Se trataría de la supremacía de un supuesto derecho natural sobre el derecho político y democrático.

Las constituciones democráticas son todas ellas perfectibles, pero sin ellas no cabe establecer ningún marco de convivencia democrática. Lo que está ocurriendo en Cataluña es que el nacionalismo secesionista ha dinamitado el marco constitucional que nos habíamos dado. Lo que algunos no han dudado en calificar como golpe de estado al referirse a lo ocurrido en el Parlamento catalán, cuando aprobó la ley de Referéndum y de Desconexión, supuso ‘de facto’ la quiebra del marco de convivencia de los catalanes entre sí y de Cataluña con España. Fue el nacionalismo catalán el que instauró un estado de excepción, para desde ella -siguiendo la hoja de ruta golpista de Carl Schmitt- proclamar la soberanía. Es esta una ruta política que conduce desde las instituciones democráticas al totalitarismo, utilizándolas torticeramente. El lehendakari Urkullu se pregunta dónde está el problema y la respuesta es que el nacionalismo golpista y antidemocrático es el problema.

En política lo que vale son los hechos antes que los discursos y es una evidencia la ejemplar trayectoria democrática de Urkullu, es por ello que sorprende su pregunta sobre la existencia de algún problema en el hecho de plantearse una consulta pactada en Cataluña. El nacionalismo catalán ha roto el consenso constitucional que le permitió cuarenta años de fructífera autonomía. Ha quebrado la convivencia plural entre distintos. Ha burlado el principio de la legalidad constitucional y ha saboteado el Estado de derecho utilizando sus recursos con deslealtad y despotismo. El nacional-populismo catalán ha propiciado un golpe de estado que pone en peligro la estabilidad de España y de la Unión Europea, que explica el apoyo de Farage en Bruselas. Plantearse una consulta pactada cuando se han roto deliberadamente los puentes y cuando se ha saboteado cualquier intento de dialogo leal y sincero, suena a adanismo ingenuo o interesado. Es imposible establecer un diálogo creíble y eficaz sin la previa restauración del estado de derecho en Cataluña.

El problema reside en que el nacionalismo catalán ha instaurado ‘de facto’ una soberanía insolidaria y totalitaria desde el momento en el que ignora los derechos de la totalidad de los ciudadanos catalanes. Ha establecido una frontera entre catalanes buenos y catalanes proscritos, mintiendo y ocultado sobre la realidad social, cultural e histórica de Cataluña.

Mirándonos, ahora, en el espejo catalán sabemos lo que una eventual secesión de España, impulsada por el nacionalismo, supondría para Euskadi. Se cumpliría entonces el sueño que alimentó el terrorismo durante décadas, convirtiéndose en la peor de las pesadillas para quienes no compartimos los postulados totalitarios de un nacionalismo, que antepone su quimera a la convivencia de todos. A pesar de estar rodeado de elementos radicales y ser víctima de la presión antisistémica de una parte del nacionalismo, nuestro prudente, moderado y democrático lehendakari debería aprender en casa ajena lo que jamás debería ocurrir en la suya.

Claro que hay un problema en Cataluña y este no es otro que el del nacionalismo antidemocrático que opone su ‘violencia’ golpista a la ‘fuerza’ y a la razón del estado de derecho. No cabe hablar ni pactar con quien ha hecho de la deslealtad y la violencia institucional su bandera.

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