El príncipe de los bribones

Francisco Mayoral es un tipo con biografía de novela, de película o de esperpento. Usted juzgará

JUAN AGUIRRE

Que en un país que es potencia mundial en producción de pícaros, jetas y buscavidas se le haya reconocido como a uno de los mayores impostores españoles de todos los tiempos, obliga a quitarse el sombrero al mencionar a Francisco Mayoral. Un tipo con biografía de novela, de película o de esperpento. Usted juzgará.

Durante la guerra napoleónica fue hecho prisionero y enviado a Francia en espantosas condiciones de hacinamiento, higiene y alimentación. Durante el viaje observó Francisco que los frailes eran mucho mejor tratados que los soldados, recibían ropa digna e incluso limosnas. Fingiéndose enfermo consiguió que lo depositaran en Bayona donde, como nadie le conocía, pudo mudarse: se convirtió en fray Francisco Hernández.

Unas monjas lo acogieron en su comunidad cual santo varón, prodigándole tantas y tan grandes atenciones que «solo me faltó dormir con ellas», confesaría más tarde. El fulminante éxito le animó a escalar en la jerarquía de la Iglesia echándole cara y audacia ilimitadas. Para eso, en Corrèze, estando al servicio de una damita, insinuó que era alguien muy importante que intentaba pasar de incógnito. Con la semilla de la curiosidad sembrada, dejó caer ante sus ojos un falso documento en el que se le identificaba como a Luis María de Borbón, sobrino del rey Carlos IV, cardenal y arzobispo de Sevilla y de Toledo. Ahí es nada. La ‘mademoiselle’ juró guardarle el secreto: a los días toda la ciudad lo sabía y la gente se agolpaba para aclamarle.

Sorprende que un hombre de escasa cultura, que no sabía palabra de latín y que en su vida había visto de cerca a un cardenal, pasase por personalidad de altísima alcurnia sin apenas levantar sospechas. Lleno de confianza, cedió a la tentación de vestirse de púrpura y de esa guisa recorrió Francia repartiendo bendiciones, dejando pufos y otorgando dignidades, títulos y rentas vitalicias a costa de la Hacienda española. También sermoneando sobre la virtud de ‘su familia’, los Borbón, a punto de ser restaurada en el trono de Francia. Le ayudó mucho que los compatriotas con quienes se cruzaba le reconocieran nada más verlo: «¡Su Eminencia es inconfundible!». Pronto dispuso de criados, le cubrieron de dádivas, le dedicaban banquetes de homenaje. Cuando le pedían que oficiara una misa, caía indispuesto. Todo ello le reportó diversión y muy buena vida.

Llamado a rendir cuentas ante la justicia española declaró que todas sus fechorías estuvieron motivadas por un inmenso patriotismo. Argumento muy eficaz entonces como ahora. El tribunal reconoció los méritos de «nuestro apreciado Mayoral». Y pudo seguir con sus bribonerías.

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