Presidenta «sense seny»

Con su prepotencia y parcialidad, Carme Forcadell ha renunciado a ejercer su autoridad como presidenta del Parlamento catalán

RAFAELA ROMEROPARLAMENTARIA DEL PSE-EE Y EXPRESIDENTA DE LAS JUNTAS GENERALES DE GIPUZKOA

Recordaré aquel 22 de junio de 2007 como uno de los momentos más emotivos y orgullosos de mi vida, porque sólo con el máximo honor, en igual proporción que responsabilidad, se puede recibir el ser elegida presidenta de las Juntas Generales, el parlamento de mi territorio, Gipuzkoa. Eran tiempos convulsos y compulsivos para la política vasca. Desde el primer momento -alentada por las voces de la experiencia, la generosidad y la altura de miras de la política vasca- supe que mi labor, y, sobre todo, mi función en la política en ese momento cambiaba radicalmente. También mi misión. La función y la misión se alejaban de los intereses partidistas de mis siglas, las del socialismo guipuzcoano, para transformarse en hacer de las Juntas Generales del territorio un espacio parlamentario en que las ideas, de un signo y el contrario, y las personas que lo representaban, lo hicieran con la garantía de imparcialidad, ecuanimidad, de ponderación y de igualdad. Con especial consideración a los y las funcionarias, a los profesionales que garantizan su funcionamiento democrático, al margen de los vaivenes de la política del momento. Debía ser la presidenta de todos, y para todas. Debía serlo, y además, debía parecerlo.

Los parlamentos son la sede de la palabra, del debate en igualdad, del diálogo. Ágoras para el intercambio de opinión y de posición con el adversario político, para alumbrar los consensos o para expresar los disensos, siempre en garantía de igualdad para todos. Esa garantía la consolida actuar conforme a la ley, y usar, de forma inteligente, las virtudes de la paciencia, de la ponderación, de la proporcionalidad y de la imparcialidad. Sólo así, pensé y sigo pensando, deberían ser dirigidas las cámaras parlamentarias.

Y lo entiendo así porque es un hecho incontestable que no cabe legitimidad sin legalidad. Tan cierto como que la Presidencia de un Parlamento exige un trabajo y un esfuerzo continuo en el estudio y en el conocimiento de las normas, la ecuanimidad en su aplicación y la preparación de los debates.

Sólo una proporcional mezcla de todos estos ingredientes hacen que, a la autoridad que te da la Presidencia de la Cámara pueda añadirse la 'autoritas' necesaria, aquella que te da el respeto de los y las parlamentarias, y de las personas a las que representan. Aquella que no se presta con la elección como presidenta. Aquella que se gana.

Hago esta reflexión cuando aún resuena en mi cabeza el último debate dirigido por Carmen Forcadell en el Parlamento de Catalunya sobre la Ley de Referéndum y la Ley de Transitoriedad. Una bulla que sonó ruidosa, desafinada, autoritaria y poco seria. La señora Carme Forcadell se sitúo al otro lado del muro de lo que tiene que ser una presidencia parlamentaria. Y he conocido muchas presidencias. En ninguna he visto una actuación semejante.

Carmen Forcadell desempeñó la Presidencia con descuido y con desgana, sin rigor, con un doloso desconocimiento de las normas y de su aplicación, incluso de las formas parlamentarias. Atreviéndose a despreciar la asistencia de los servicios jurídicos de la Cámara catalana, que es imprescindible y siempre necesaria. Lo anterior hizo evidente la renuncia a ejercer su autoridad y funciones como presidenta del Parlanmento, incluso delegándolas en un grupo parlamentario (el suyo), e invistiendo una presidencia virtual alternativa en la diputada Marta Rovira, de Junts pel Sí, y que es secretaria general de Esquerra Republicana de Catalunya. Rovira ordenó el Pleno, el debate y los procedimientos desde el primer momento. Una Presidencia a veces titubeante, otras prepotente, pero siempre parcial y endeble. Muy endeble. Sin autoridad. Una Presidencia alejada de cualquier tipo de autoritas.

Sinceramente opino que la aciaga y desastrosa gestión de este debate parlamentario por parte de Carme Forcadell hizo que el mismo fuera visto por un importante número de personas -dentro y fuera de Catalunya- como un debate chusco y frívolo, restando fuerza y seriedad a su objeto. Carme Forcadell, como presidenta de la Cámara, abochornó a propios y extraños, y decepcionó a todo el mundo.

Lo peor es que con su actitud ha hecho un gravísimo daño al Parlament, volcando en el mismo grandes dosis de frivolidad, temeridad e insolvencia. Esto puede llegar a trivializar un órgano que debe recuperar la mejor expresión de sí mismo, la que ya conocemos: una grata muestra de un espacio para el consenso, el diálogo, los acuerdos y la convivencia, desde la riqueza que da la diversidad ideológica y política.

Todo hubiera sido distinto si la Presidencia se hubiese ejercido sin apartarse de sus funciones y de sus misiones.

Todo sería diferente si en vez de una Presidencia sin sentido, hubiese acompañado una Presidencia con cordura.

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