El president 131 del 155

Esta situación augura un trastorno para el Gobierno catalán,con un ejecutivo en Barcelona y otro en Alemania. Habrá que ver la evolución de ERC, que ya no disimula su malestar

JESÚS PRIETO MENDAZAAntropólogo y escritor

Seguro que ustedes, en su infancia, han jugado a dar vueltas sobre sí mismos hasta marearse. Recordarán entonces que, al parar, la habitación giraba a su alrededor. Al crecer, conocíamos que en realidad la estancia no giraba, sino que era una ilusión de nuestro cerebro para reinterpretar los datos que, desde el órgano del equilibrio, le llegaban. Bien, algo parecido está ocurriendo en Cataluña.

Quim Torra ha sido elegido, gracias al 155, como el 131 president de la Generalitat. Ya Puigdemont se jactó por medio mundo de ser el presidente catalán número 130. Y es que, como en nuestro vertiginoso juego infantil, las vueltas que está dando el procés han llevado a la mitad de la sociedad catalana a percibir la ilusión como real. La alusión misma a Berenguer de Cruïlles (1359) como primer president es ya una muestra de cómo la manipulación histórica, cuestionada precisamente por los historiadores, llega a categorizar a quien era un representante del clero y la nobleza del Antiguo Régimen (algo así como un diputado general) como presidente de un estado independiente al uso en la edad moderna. No voy a mencionar los artículos y declaraciones xenófobas del nuevo president, tampoco su deformada utilización de la Guerra de Sucesión y la derrota de los Austrias como eje vertebrador de su trabajo en la presidencia del Born Centre Cultural. Como ha dicho el presidente del Gobierno español, se ha de juzgar al señor Torrent por sus hechos futuros no por sus hechos pasados. Aplaudo, personalmente, esta moderación esgrimida por Mariano Rajoy, si bien no estoy seguro de si la misma es anunciadora de un nuevo tiempo de distensión o tan sólo resulte una mera estrategia hasta la aprobación de los Presupuestos del Estado. Aun así, es necesario reflexionar sobre las consecuencias que tendrían para cualquier político esos mismos comentarios si sustituimos la palabra español («sucio español» sería más correcto) por judío, palestino, negro, gitano, vasco, catalán, lapón, flamenco, bretón o corso. Yo se lo voy a decir: sería forzado a presentar su dimisión. Y yo, por convencimiento antirracista, estaría completamente de acuerdo. Recordemos que Javier Maroto Aranzábal perdió la Alcaldía de Vitoria por declaraciones significativamente menos graves.

Y en estas estamos cuando la sociedad catalana y la española esperaban ansiosas un poco de sosiego, resulta que no, pues comienza la 'era Torra' con más nubarrones que claros. Hay demasiados indicadores que apuntan en esta dirección: Por un lado, las declaraciones del elegido president, que reconocen de forma implícita ser un mero figurante del poder real, Carles Puigdemont. El hecho de viajar a Berlín para, después de despachar con el expresident huido, convocar una aparición conjunta ya es sintomático. Esta situación augura un trastorno bipolar del Gobierno catalán: un ejecutivo en Barcelona y otro en Alemania. Incluso habrá que ver la evolución de ERC, que ya no disimula su malestar por la situación. Por otro lado, de su discurso se deduce que el president va a serlo sólo de la mitad de Cataluña. De nada sirve que en el propio Parlament dijera que desea una república para todos y todas. Esa afirmación resulta retórica cuando, a continuación, enumera la larga lista de iniciativas que anuncian que la dirección a seguir va a ser la misma que la iniciada por su predecesor, así más tensionamiento en el orden político, social y económico. En tercer lugar, es necesario mencionar que esta interminable situación de inestabilidad, la misma que han denunciado los empresarios catalanes pidiendo sentido común, no parece finalizar con este nombramiento. El futuro, y las intervenciones de la oposición así parecen demostrarlo, se antoja más que incierto, lleno de tensiones, de enfrentamientos, de soflamas y de anormalidad en términos sociales. No es una cuestión menor el papel que juega la CUP. No parece fácil de digerir para los inversores que el president haya elegido a los anticapitalistas y a los antisistema como guardianes de su buen hacer político y en este sentido sobre la economía catalana se ciernen más incertidumbres. Finalmente nos encontramos con las señales simbólicas, esas que sin resultar explícitas poseen una importante carga ideológica para las masas a las que se dirigen. Entre ellas encontramos, entre lazos amarillos, las referencias a la «crisis humanitaria» que sufre Cataluña y a los «presos políticos». La misma negativa a informar al rey Felipe IV o los gritos de 'visca Catalunya lliure' al finalizar su intervención, son una muestra del previsible talante. Resumiendo: grandilocuentes menciones a los sentimientos calientes, es decir, a las emociones; pero, desde lo racional, muy pocas propuestas prácticas, ni para salir de la crisis ni para recoser el tejido social. Por desgracia la transversalidad no parece estar de moda por estos lares y a mí, que siempre he defendido la riqueza de la diversidad en toda sociedad, me preocupa profundamente. La exaltación de un 'nosotros' está bien siempre que se quede tan sólo en la ilusión, compartida con unas cañas, por ganar al Real Madrid; pero cuando se sobrepasa esa frontera se entra fácilmente en el 'guerracivilismo'. He escuchado y leído cientos de análisis referidos a la inestabilidad que, de nuevo, en la era del nuevo president 133, parece asentarse peligrosamente en territorio catalán, pero quien mejor la ha resumido estos días ha sido el genial maestro Manuel Alcántara: «el enredo está servido, pero no nos sirve de nada». Pues eso.

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