Políticos y escritores

Mi genoma y yo

Si la ideología, como el arte y la literatura, ya no se llevan, ¿no tendrá su parte de culpa la anorexia cultural de la ciudadanía?

ÁLVARO BERMEJO

La concesión del premio Cervantes al no hace tanto guerrillero y exvicepresidente sandinista, Sergio Ramírez. Y en paralelo, la polémica desatada en torno al célebre enfrentamiento entre Unamuno y Millán Astray en Salamanca, al poco de que concluyera la Guerra Civil. Dos vectores que ponen de actualidad un viejo debate sustentado por una paradoja: desde el siglo XIX en adelante -de Zola a Ortega, o a Sartre- no pocos hombres de letras se vieron devaluados como escritores a causa de su compromiso político y, simultáneamente, despreciados como políticos a causa de su independencia intelectual. ¿Se puede establecer una relación de necesidad entre la escritura y la política?

La respuesta implica asomarse a un desierto, al menos en lo que afecta a nuestro país. Salvo casos excepcionales, como Savater o Muñoz Molina, son raros los escritores que suben al estrado decididos a influenciar, si no en los acontecimientos, sí al menos en la opinión de los ciudadanos. Más raros aún serían los políticos que, puestos a escribir, trascienden el egotismo de sus memorias. Se diría que muchos de los más representativos están al borde del analfabetismo funcional.

¿Sabía usted que John F. Kennedy recibió el premio Pulitzer por su obra 'Perfiles de coraje'? Hoy, en Francia, los textos literarios de Miterrand forman parte del temario de bachillerato. Se inscriben en una tradición de políticos grafómanos cuyo último exponente sería Emmanuel Macron. Repasemos el listado de nuestros ministros de Cultura. Tenemos que remontarnos a Semprún para encontrar un caso semejante.

Volteemos la moneda. La cara de Unamuno, como la de tantos otros, sufrió la cruz del exilio por sus opiniones políticas. Todo parece indicar que el exilio de los escritores actuales es interior. ¿Pérdida de influencia o acomodación? ¿Rebeldía estoica o miedo a contravenir las directrices de los grandes grupos mediáticos?

Así como la escritura, la política es más un arte que una ciencia. Un discurso que se inscribe en el imaginario social sobre la base de una ideología. Pero si la ideología, como el arte y la literatura, ya no se llevan, ¿no tendrá su parte de culpa la anorexia cultural de la ciudadanía, rendida a la dialéctica primaria del me gusta o no me gusta?

«Siempre hay algo sospechoso en el intelectual que está del lado del ganador», escribió un presidente y dramaturgo como Vaclav Havel. Más inquietante resulta un país donde todo se dirime repartiendo latigazos a diestro y siniestro, detrás de una bandera.

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