Política en fiestas: otra opinión

En Euskadi, unos festejos normales, como los de cualquier otra parte, sin política, son todavía hoy algo así como un sueño imposible

PEDRO JOSÉ CHACÓNPROFESOR DE HISTORIA DEL PENSAMIENTO POLÍTICO DE LA UPV/EHU

El juez que califica de «mera expresión de opiniones» lo del 'tiro al fatxa' en las fiestas de Etxarri-Aranatz -municipio gobernado por Bildu y donde en 1979 fue asesinado quien fuera su alcalde hasta 1975, Jesús Ulayar Liciaga- supondrá tal vez que en esa localidad navarra hay personas que sostienen otra opinión, pero sabemos que no las hay, o al menos que no la expresan en público, sino que, ante una situación así, se quedan perplejas, anonadadas, exangües. Que nos hayamos acostumbrado a que en nuestras fiestas de verano se impongan siempre las mismas pancartas, manifestaciones, homenajes, recibimientos y hasta performances de una misma y única ideología política es la mayor de las rémoras de la democracia vasca, que nos condiciona como sociedad plenamente civilizada.

Cabe reivindicar la necesidad cívica de despolitizar nuestras fiestas. Y eso se podría argumentar de modo eficaz desde la perspectiva de la participación política, que es un ámbito de la sociología política que cada vez está tomando más auge y al que nuestras instituciones -en particular las Juntas Generales- le están dando mucho énfasis: la primera norma foral en este sentido surge en Gipuzkoa en 2010, y en Álava desde febrero de este año también tienen la suya.

Las fiestas, por sí solas, son el paradigma de la participación. En efecto, sin participación no hay fiestas; copan el ámbito de lo público durante varias jornadas seguidas; reclaman, exigen más bien, un mensaje unívoco y común para que la confraternización funcione -no valen varios reclamos distintos y mucho menos si son contradictorios entre sí o aparecen enfrentados-; requieren de la aquiescencia de todo el mundo, de su aceptación expresa, a cara descubierta, a riesgo de quedar excluidos de las fiestas y, por tanto, de la comunidad; y como resultado de todo ello, la fiesta concibe una contrafiesta, esto es, genera un 'aguafiestas' que, de aparecer, vendría a estropear la feliz unión alcanzada o al menos simulada.

Pero en Euskadi unas fiestas normales, como las de cualquier otra parte, sin política, son todavía hoy algo así como un sueño imposible. Lo específico de nuestras fiestas es que la participación se politice en extremo, desde una única ideología y además de modo proactivo -es la lucha por la independencia-, generando una contrafiesta o 'aguafiestas' que no es otro que España: espantajo caricaturizado que todo lo estropearía si apareciera. Y esto es lo que no tiene un pase y denota nuestro atraso en democracia y pluralismo, porque hay muchas personas que se sienten ofendidas por esta perversa dicotomía pero que optan por hacer de tripas corazón por el bien de la fiesta.

Nótese, además, que las fiestas son propias y típicas de los municipios y resulta que la política municipal constituye la savia misma de la política: es solo ahí donde electores y elegidos entran en contacto directo, sin plasma de por medio, y es por ahí que los partidos engrosan su militancia y cuadros. Entonces, si en Euskadi tenemos unos resultados en elecciones generales que dejan a los partidos nacionalistas y no nacionalistas casi igualados muchas veces -lo cual quiere decir que el pluralismo político vasco existe-, ¿por qué luego en municipales el desequilibrio es tan descomunal?

Con 251 municipios en total, en Euskadi se eligen unos 2.600 concejales. Pues bien, en las últimas municipales, entre PNV y Bildu sumaron 1.912 concejales, mientras que PSE y PP obtuvieron 283. El PP solo tiene en toda Euskadi 79 ediles. En todas las municipales desde 1979 la diferencia oscila entre los 1.000 y los 1.600 concejales -que se dice pronto- a favor de los partidos nacionalistas con respecto a PSE más PP: no considero aquí a Ezker Batua o a Podemos, por su indefinición en el tema nacional.

Esta enorme desproporción sostenida en el tiempo en elecciones municipales, desconocida en otro tipo de elecciones, solo tiene una explicación: el terror que infundió ETA y que eliminó o condicionó en extremo, solo para los partidos no nacionalistas, el contacto a nivel municipal entre representantes y representados y la entrada de nuevos militantes. Tres épocas intensas de asesinatos provocaron la desbandada en los cuadros no nacionalistas supervivientes. Una primera con el asesinato de los presidentes de la Diputación de Bizkaia y Gipuzkoa, los alcaldes de Oiartzun y Galdakao y varios concejales, todos de derecha o centro-derecha. En una segunda fase, entre 1979 y 1980, ETA aniquiló prácticamente a toda la representación de UCD en Euskadi. Y en una tercera fase, a partir de 1995, se cortó en seco cualquier ligero repunte de sustitución de la generación anteriormente eliminada, con los asesinatos de Ordóñez, Blanco, Caso, Iruretagoyena, Zamarreño, Pedrosa e Indiano del PP y Elespe, Priede y Carrasco del PSE.

Si la política municipal es la savia estructural de los partidos políticos, si hay una brutal desproporción en número de concejales que infunde vida a unos partidos y estrangula el futuro de otros, y si las fiestas son el momento culminante de participación local, se deduce muy bien que la politización de las fiestas sea consustancial a determinadas opciones políticas en Euskadi. No, señor juez, el 'tiro al fatxa' de Etxarri-Aranatz no es una «mera expresión de opiniones» -¡ojalá lo fuera!- sino la última y atroz muestra de un modelo vasco de participación política que cercena el pluralismo y anquilosa nuestra democracia por su misma base: los municipios.

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