Política y emociones

La naturaleza de la moción de censura no tiene tanto que vercon buscar alternativas políticas y sí con la actitud de reconstruir la política democrática tuneada por la estrategia popular

ANDER GURRUTXAGA ABAD

La política siempre ha sido un arte de impreciso manejo plagada de incertidumbres donde lo real se confunde con el instinto humano de aspirar a ser propietarios de todo lo que dice que es suyo. El PP representa en las últimas legislaturas un papel de esta naturaleza; se cree propietario del edificio político: son la minoría parlamentaria prevalente, la más votada que sin llegar a tener mayoría absoluta en el Parlamento podía arreglarse para gestionar España con el Gobierno monocolor porque a la posición en las Cortes hay que sumarle la prevalencia en el Senado, el control de comunidades autónomas y municipios.

La moción de censura del PSOE rompe, al menos de forma provisional, ese orden 'naturalizado'. La decisión les pilló por sorpresa, no pensaban que pudiese suceder, se habían enfrentado a peligros inminentes y salieron bien librados, por más que -ya se sabe- se pierda credibilidad y confianza. Pero los costes se pagaron y la factura, aunque elevada, no afectó a la estructura del poder. ¿Quién iba a pensar que el líder socialista lograría aglutinar lo que había que sumar para que saliese adelante la moción? Recordemos que el PP gobierna no sólo con la virtud de sus votos sino por la dispersión de la oposición. Los estrategas del partido creían saber que unir nacionalistas catalanes, Podemos y sus marcas, al PNV, a Bildu a parte del voto canario, era una complicada misión. Pero, paradojas de la vida, ocurrió. De pronto 180 votos parlamentarios deciden que Rajoy debe dejar de ser presidente. La audacia y la perspectiva estratégica de Sánchez, lo había logrado. Lo improbable se hace probable y lo imposible parece posible. La paradoja es que está liderada por un partido que tampoco pasa por su mejor momento. Intenta consolidarse tras los conflictos internos, busca un programa alternativo en el tiempo donde el vocablo que resume la actividad de la política es el de crisis. Está montado sobre los vínculos con la tradición socialdemócrata que no pasa por sus mejores momentos en Europa. Está atrapado por la cuestión catalana y por el compromiso con la aplicación del 155, en la que no es capaz de decir nada nuevo ni huir de la inercia protagonizada por el PP y Ciudadanos.

El PP parece, a día de hoy, y si lo intuye no lo dice, que no sabe lo que le ha pasado y por qué. Han usado el poder con prepotencia, las explicaciones de los casos de corrupción -la lista es muy larga- no se han entendido, bordeando en algunos casos actitudes de desprecio hacia la ciudadanía preocupada por los hechos. Sospecha que la corrupción es un mal con el que tiene que pelear pero a estas alturas no podía, tras lo acumulado, cuestionar su hegemonía política. Creía que la cuestión catalana estaba más o menos encauzada, que la cesión al poder judicial de cuestiones que nunca debieron abandonar el territorio de la política no podía impactar significativamente en el modelo de gestión de la crisis. También, lo repetían insistentemente, la cuestión económica iba solucionándose y los datos macro se transformaban en hechos que se sienten como la mejora en la vida cotidiana de los ciudadanos. Las consecuencias de la 'ley mordaza' y de la situación de las libertades civiles -creían- se van superando o, por lo menos, podía mantenerse a distancia de los impactos sobre la gestión política. Las consecuencias de la Lomce en el esquivo espacio de la educación podían tratarse sin costes excesivos, otro tanto con el descenso en las inversiones en ciencia y conocimiento tecnológico -I+D+I-. El peliagudo asunto de las pensiones podía quizá tratarse o demorarse un poco más, la desigualdad no desbordaba el vaso de la paciencia ciudadana. El resumen era claro: hay problemas, pero ni de manera conjunta ni de forma individualizada pueden amenazar el edificio que el PP había erigido. La dispersión del voto y los diferentes intereses de la oposición hacían el resto. Tampoco Ciudadanos, ni el afán de la demoscopia por contradecir al mensaje popular, era -no al menos todavía- una amenaza, siempre había tiempo para solventar los problemas que se adivinaban en el horizonte. El PP no supo entender que la lógica política está cargada de emociones, qué votar a favor de la moción de censura es, sobre todo, decir 'no' empleando la política de las emociones sustentada sobre ciudadanías saturadas de tanto latrocinio, gestualidad absurda y demasiada arrogancia -las declaraciones públicas y las ruedas de prensa, son ejemplos a estudiar- con la carencia añadida de las buenas formas exigibles en democracia.

El PP acierta en una cosa: las dificultades de positivizar el voto No. La entidad de los problemas acumulados, los intereses en juego van a hacer casi imposible sostener este bloque, pero se engaña el que piensa que la moción de censura se hace para soportar una alternativa positiva al legado popular. Se hace para retomar y reconquistar la política allá donde quedó varada. La enseñanza es que la política democrática no puede sostenerse «contra viento y marea» por partidos que, de facto, la manipulan, esconden o pervierten. Lo que desconozco, no está todavía a mi alcance, es qué han aprendido de la moción, pero la política española no será la misma. Por ejemplo, la fragmentación política ha venido para quedarse, lo que no está claro es si la cultura del sistema de partidos ha entendido este hecho. No va poder gobernar partido político alguno en solitario, se van a necesitar alianzas entre dos, tres o incluso cuatro partidos. Debe comprenderse también que el sistema institucional funciona cuando se dirige con honestidad y eficiencia y el relevo generacional en política debe imponer criterios de buena gobernanza. La cuestión territorial sólo puede abordarse reconociendo con honestidad y con inteligencia práctica y política que existe el problema y que sólo el diálogo y la búsqueda de acuerdos son medidas de todas las cosas. Mi conclusión es que la naturaleza de la moción de censura no tiene que ver tanto con la búsqueda de alternativas política y sí con la actitud de querer reconstruir la política democrática, desgastada y tuneada por la estrategia popular. Vamos a ver qué se ha aprendido de la situación y qué capacidad de experimentación tiene este tiempo político. No se hagan muchas ilusiones pero no pierdan la esperanza.

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