Un plebiscito diario

El Aberri Eguna de hoy nos interpela sobre lo que entendemos por patriotismo en la Europa contemporánea

Alberto Surio
ALBERTO SURIO

Durante un tiempo circuló la leyenda de que el Aberri Eguna se celebraba el domingo de Resurrección por influencia del nacionalismo irlandés. El libro de Jon Juaristi -‘Voces ancestrales’- recoge magistralmente esa fascinación por la revuelta de Irlanda. Los historiadores desmontan de raíz aquella relación. Entre otras cosas porque el levantamiento de Pascua de 1916 protagonizado por los patriotas irlandeses frente al Imperio Británico comenzó un lunes, no un domingo. El PNV eligió en 1932, en plena II República, el Domingo de Resurrección como el Día de la Patria al celebrarse los 50 años de una conversación entre los hermanos Arana (Sabino y Luis) que consideró decisiva para la fundación del nacionalismo vasco.

Vivimos en un sociedad secularizada, afortunadamente, y el nacionalismo vasco se ha desprendido de los tics confesionales de aquel momento. El Aberri Eguna se inserta en las vacaciones de Semana Santa, con un éxodo vacacional en toda regla que vacía pueblos y ciudades de Euskadi. Muchos vascos que antaño seguían devotamente la fiesta patriótica -sobre todo bajo la represión de la dictadura- hoy se dedican a recorrer las tierras de la Península Ibérica, llenan sus restaurantes y casas rurales, visitan sus catedrales y monumentos artísticos y contemplan curiosos las procesiones de la Semana Santa española, quizá, eso sí, con cierto laicismo distante. La ikurriña se ha secularizado y el sentimiento agónico de lo vasco no está en la agenda. El contraste con Cataluña resulta llamativo.

La sociedad ha cambiado y sus hábitos también evolucionan. Lo religioso ha perdido peso, ciertamente, y para muchos ha entrado en una esfera privada e íntima. Al mismo tiempo, el debate sobre si es idóneo mantener el Día Nacional de Euskadi en plenas vacaciones de Semana Santa no es solo una anécdota, es previsiblemente la punta del iceberg de una discusión más honda sobre el sentimiento nacional vasco de hoy y su inserción en las coordenadas de la modernidad. Después de años en los que el hecho nacional ha estado secuestrado por la violencia, ahora se liberan otras energías acumuladas durante bastante tiempo.

El tradicional debate identitario, de hecho, se ve hoy eclipsado por una agenda social que copa titulares y colapsa el centro de las ciudades con históricas movilizaciones de jubilados. A medida que en el País Vasco decrece el sentimiento independentista no se reduce un sentimiento de crítica social contra la creciente desigualdad. El patriotismo de antaño, más vinculado a la fe y al mito, se ve desbordado por una toma de conciencia de una ciudadanía más exigente y más comprometida.

No es que el nacionalismo se esté diluyendo, pero sí se está transformando. Incluso su hegemonía cultural, ideológica y política está perforando a sectores que históricamente eran no nacionalistas. Algunos, con gran escandalera en su día, hablaron de postnacionalismo. Resulta prematuro. Para muchos, la patria es la infancia, para otros tantos la lengua, incluso hay quienes no tienen claro hasta dónde llega su comunidad de afectos culturales. Ernest Renan, padre filosófico del nacionalismo liberal, dijo que la nación era un plebiscito diario refiriéndose, en el fondo, a la voluntad de convivir como argamasa de este sentimiento cívico. La emoción nacional no ha desaparecido ni muchos menos, pero se acomoda con más naturalidad dentro de lo cotidiano, sin tantos prejuicios. Las nuevas generaciones educadas en euskera no tienen el sentimiento de excepcionalidad y resistencia de sus padres o sus abuelos. Expresan durante 24 horas su vasquidad con espontaneidad. Puede que, incluso, sin la aversión hacia lo ‘español’ de cierta tradición nacionalista. Una película de Stanley Kubrick -‘Senderos de gloria’- revela los diferentes tipos de patriotismos. Un coronel francés, protagonista de la trama de una película de fuerte signo antimilitarista, recuerda una cita del político británico Samuel Johnson: «El patriotismo es el último refugio de los canallas». Claro que el coronel se refería a ese ‘patriotismo’ que le ordenaba matar alemanes en las trincheras en la Primera Guerra Mundial. El oficial galo dejaba al descubierto que hay diferentes sentimientos nacionales. La cuestión es saber encauzarlos siempre en la democracia, la pluralidad y el civismo. Porque el patriotismo es como el colesterol. Hay del bueno y del malo. La virtud, claro, es saber distinguirlos.

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