Las pipas

DONDE NACE EL VIENTO

Las comíamos mientras esperábamos a la chica que nunca aparecía y a los amigos que nos habían dejado

felipe juaristi
FELIPE JUARISTI

Una de las cosas que más les llama la atención a los extranjeros es nuestra manía de comer pipas. Hace poco, en un lugar de postín, de esos a los que hay que entrar con la cartera larga, el bolsillo corto y la cabeza alta, nos sirvieron un gintonic acompañado de pipas. Uno de los que nos acompañaban, un hombre viajado (acababa de llegar de los Emiratos Árabes nada menos), explicó que ahora estaba de moda servir la bebida con cosas exóticas. A mí también me extrañó, estando en el extranjero, que no hubiera ni una sola cascara de pipas en el suelo.

Tardamos mucho en aprender a comer pipas, al menos las de girasol, las más habituales en el mercado. No es algo sencillo: hay que pelarlas primero, deglutirlas después, y así hasta que no queda nada en el paquete, y el suelo o la mesa se llena de una montaña de cáscaras que luego hay que recoger, pero siempre queda alguna en el suelo, como señal de depredación o depravación, no sé. Hay gente que adquiere una gran habilidad en el arte de pelar; sus dedos atletas van a tal velocidad que no parecen dedos sino colibríes. La verdad es que la gente, a veces, se especializa en deportes un tanto extraños. He visto en un pueblo de la provincia carteles anunciando las fiestas, y una de las actividades era una prueba en la que ganaba el que más lejos lanzara un hueso de aceituna. Incluso hay un diputado en el Congreso, natural de Murcia, que escribe en su curriculum que es el campeón mundial de lanzamiento de hueso de aceituna. Hay gente para todo, claro. Lo de las pipas es más complicado, ni comparación, porque entran en juego las manos y la boca. Después de una jornada, los labios quedan secos, por la sal; y las manos con ese color de la fruta desnuda.

De niños jugábamos a ver quién comía una bolsa de pipas en menos tiempo. Nos quitaba el hambre y, a falta de algo mejor, nos entretenía. De jóvenes, comíamos pipas, mientras esperábamos a la chica que nunca aparecía, a los amigos que nos habían dejado, a la lluvia que tardaba. Nos sentamos en un pretil, cerca del puente de un río, o en un banco de una plaza, junto a una papelera. Éramos tan ingenuos que nos sorprendía ver otras gentes matando el tiempo de la espera comiendo pipas. De mayores, una vez entrados en el camino de la decadencia y bajando la cuesta de la templanza, comemos pipas para evitar la ansiedad, las ganas de fumar, para demostrarnos a nosotros mismos que no tenemos nada mejor que ofrecer.

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