La patria del capital

PEDRO JOSÉ CHACÓN DELGADO PROFESOR DE HISTORIA DEL PENSAMIENTO POLÍTICO (UPV-EHU)

Este intento de independizarse por parte del nacionalismo catalán al que últimamente estamos asistiendo ha venido marcado por una estampida de los principales bancos y empresas más conocidas con sede social o domicilio fiscal en Cataluña, que han optado por situarse en otras partes de España ante la sola posibilidad de que esa independencia pudiera efectivamente llevarse a cabo. Se admite incluso que tal fenómeno ha sido decisivo para inclinar la balanza de la credibilidad y la sensatez del lado del Gobierno de España, tras una jornada del 1 de octubre sobre la que una opinión generalizada coincide en calificar como de derrota aciaga para Rajoy.

Si bien la economía ya no cuenta con el aval del defenestrado paradigma economicista en ciencias sociales -que la colocaba, recordémoslo, como condicionante supremo para la actividad política-, no hay análisis solvente que pueda ignorar, o disimular siquiera, el papel determinante que desempeña en la agenda de cualquier gobierno: sobre todo si pretende sobrevivir más allá de una legislatura, que es la medida del tiempo básica en la política de corto alcance que hoy nos domina.

Pero que la economía vino a socorrer y a compensar -y más que eso- la imagen triste y superada por los acontecimientos que dejó para el Gobierno del PP el día del pseudo-referéndum nos lo demostró fehacientemente una intervención política -digna de pasar a una antología de la izquierda actual en España- ocurrida durante la sesión esotérica -esto es, apta solo para iniciados en independentismo- que se vivió en el Parlament el 10 de octubre. Y nos referimos en concreto a lo que dijo Lluís Rabell, el representante de Catalunya Sí que es Pot, durante su discurso melifluo, condescendiente con Puigdemont y anunciador de futuros posibles pactos con Junts pel Sí, para cuando a estos les falle el apoyo de las CUP. Fue hacia la mitad de su intervención cuando soltó la frasecita de marras. Se refería Rabell a la salida de Cataluña de los diversos bancos y corporaciones empresariales. De entrada la consideró menos grave que la otra consecuencia de la posible declaración de independencia, esto es, la división de la sociedad catalana. Hasta ahí podríamos incluso estar de acuerdo, pero acto seguido soltó la bomba, caracterizando la estampida como propia de quienes no tienen -cito textual- ni patria ni bandera. O sea, que el capital -al menos el huido- no tiene patria.

A Lluís Rabell se le considera una persona instruida, culta incluso, con mucho ascendiente sobre los movimientos vecinales de Barcelona -que llegó a dirigir- y muy próximo a Ada Colau. Pero que alguien de izquierdas diga que los bancos y empresas que se van de Cataluña no tienen patria ni bandera resulta doblemente preocupante. Si da a entender que es que el capital no tiene patria, malo. Porque entonces eso es ya dar completamente la vuelta a la tortilla de la teoría socialista clásica, que nos explicaba las divisiones políticas en estados como propias de la burguesía, o sea del capital, que las habría utilizado siempre para debilitar a un proletariado por definición internacionalista. Pero si lo dice porque solo los bancos y empresas que se van son los no tienen patria, entonces mucho peor, porque entonces el señor Rabell se erige en una suerte de juez de patriotismo, atribuyendo a quienes se van una falta palmaria de ese valor tan apreciado por él. Qué ocurre con las empresas que se van: ¿que no son patrióticas y por eso se van, o que se van a donde no hay patriotismo, o sea al resto de España? En fin, que el señor Rabell, desde la izquierda, verdaderamente se lució.

Porque la conclusión es doble y a cual peor: o fuera de Cataluña no hay patria, o quien se va no es patriota ni en Cataluña ni donde quiera que vaya. ¿Qué es entonces la nación, la patria, para alguien de izquierdas como el señor Rabell? Se deduce perfectamente: lo que dice el nacionalismo, según el cual la nación es una suerte de ente metafísico al que pertenecemos y al que podemos llegar por dos vías exclusivas. Una, por nacimiento o vinculación familiar -lo que antes se llamaba raza y ahora es etnia o apellidismo puro y duro-; y la otra, por un impulso o querencia muy difícil de explicar -no he encontrado aún una teoría al respecto mínimamente articulada-, y que hace que una persona de izquierdas en España desarrolle indefectiblemente, si vive en Euskadi o Cataluña, un irresistible filonacionalismo vasco o catalán, acompañado en no pocas ocasiones de antiespañolismo.

Instalada en el paradigma nacionalista, parte de la izquierda española prescinde, por tanto, del capital para explicar que haya bancos y empresas -o sea CaixaBank o Freixenet- que se van de Cataluña: lo hacen porque no tienen patria ni bandera. El señor Rabell, obviamente, no piensa en los miles de ahorradores o pequeños accionistas que, por miedo a que su dinero pierda valor con la independencia, sacaron o movieron masivamente sus fondos en el periodo que va del 1 al 10 de octubre, provocando el terremoto bancario y empresarial que hemos visto. Y es que para esa izquierda, incluso la más culta representada por Lluís Rabell, la patria -o sea, la suya propia- ha pasado a ser ya un sentimiento, una voluntad íntima ajena a la economía y a las leyes del mercado, igual que la ven -o que dicen que la ven- los más acendrados nacionalistas. Las demás patrias, en cambio, si es que son de verdad tales, serían pasto de los intereses económicos más inconfesables.

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