Algo pasa en Irán

CARLOS LARRINAGAHISTORIADOR

Ha principiado 2018 en el antiguo imperio persa como finalizó 2017: con manifestaciones. Desde que el pasado 28 de diciembre comenzasen las protestas en la ciudad de Mashhad, éstas se han ido extendiendo por buena parte del país. Inicialmente se apelaba a cuestiones meramente económicas, en especial, a la carestía de la vida, la corrupción o los fraudes financieros, pero progresivamente se han ido tiñendo de carácter político, habiéndose producido hasta la fecha 21 muertos y casi mil detenidos. De hecho, la situación se agravó al oírse voces cuestionando al Gobierno y al 'dictador' (en alusión al líder supremo, Alí Jamenei), algo que ha dado un vuelco a la situación. En verdad, en lo referente a las medidas represivas empleadas por las fuerzas de seguridad, hay que remontarse a los desórdenes de 2009 para recordar lo acaecido en las calles de Irán. Aunque el carácter de aquellos acontecimientos fue distinto en comparación con lo vivido actualmente. Máxime, porque entonces fueron los sectores aperturistas los que se posicionaron en contra de una dudosa segunda reelección del ultraconservador Ahmadineyad, mientras que ahora las quejas se dirigen hacia el moderado Hasán Rohani, quien ganó los comicios presidenciales la pasada primavera. De ahí la necesidad de tener en cuenta distintos aspectos para tratar de comprender cuanto está sucediendo en Irán en los últimos días.

En primer lugar hay que decir que los grandes protagonistas de las algaradas son los jóvenes. Lógico si tenemos en cuenta el peso que tienen en la pirámide de población. La iraní es una sociedad en la que los menores de 30 años son mayoría. Y eso hace que muchos de ellos hayan nacido con posterioridad a la llegada al poder de Jomeini en 1979, con lo cual sus «referencias revolucionarias» son más tenues. Es verdad que han sido educados en sus valores, pero no es menos cierto que han crecido con Internet y las redes sociales y que, por consiguiente, a pesar de las restricciones, pueden acceder a otras realidades. Incluso no podemos olvidar que muchos votaron por Rohani en mayo y sus políticas aperturistas y de libertad. Empero, resulta claro que éstas no han sido suficientes.

Segundo, las críticas iniciales tenían que ver con aspectos económicos. Evidentemente, la situación en Irán no es buena, pero los datos macroeconómicos tampoco son tan negativos. Según el FMI, la tasa de inflación se sitúa por encima del 9% y la de desempleo en torno al 12,5%. El paro juvenil llegaría, no obstante, al 29%, una cifra, ésta sí, preocupante. Peor es que, si en 2016, el crecimiento fue del 12,5%, se prevé que éste alcance a finales de 2017 el 3,5%. Una caída espectacular, que viene a poner de manifiesto que la ansiada recuperación económica prevista a partir del acuerdo nuclear de 2015 no acaba de despegar. A pesar del levantamiento de las sanciones y de la apertura del mercado mundial al petróleo y gas iraníes, la inversión exterior directa no se ha incrementado lo suficiente como para paliar la situación económica. Las amenazas de Donald Trump de romper con el mencionado tratado desincentiva a numerosas empresas, y no únicamente norteamericanas.

Además, y como tercer factor a tener en cuenta, hay que recordar asimismo el papel que Irán viene desempeñando últimamente en la política regional. Es decir, el fuerte incremento del coste militar ha ido en detrimento de otras prestaciones sociales tales como la sanidad, la educación, los subsidios, las subvenciones, etc. Lo que contribuye al malestar de quienes no llegan a fin de mes. Su decidido compromiso combatiendo al Estado Islámico y sus auxilios a los regímenes de Siria e Irak, a las milicias armadas de Hezbolá, a los hutíes de Yemen o a Gaza han aumentado su presencia en el tablero internacional, pero, a la vez, suponen un sacrificio económico enorme. Sacrificio que no se atisba que vaya a disminuir en el corto plazo en la medida en que Irán se ha erigido en el paladín de los musulmanes chiítas.

Por último, debo volver a la mención política hecha arriba. Aun faltándome elementos de análisis, tengo la impresión de que en un primer momento las fuerzas conservadoras trataron de manipular los disturbios, nunca masivos y mal organizados. Mas en el momento en que la cosa parecía irse de las manos y los gritos contrarios al régimen iban a más, Jatamí, en su discurso del 2 de enero, acusó a los adversarios de Irán de estar detrás de las mismas (Estados Unidos, Israel y Arabia). En mi opinión, es la típica estrategia de crear un enemigo exterior para fortalecer la unión interior y así acallar los reproches al Ejecutivo. Las grandes manifestaciones a favor del Rohani y el dejar en manos de la Guardia Revolucionaria el fin de los tumultos podrían avalar esta hipótesis. A este respecto, a pesar de los tuits de Trump o de la reunión del 5 de enero del Consejo de Seguridad de la ONU para tratar este asunto a instancias de la Casa Blanca, no creo que haya habido intervención exterior.

Por ello, cabe hablar de un cierto hartazgo de quienes, acuciados económicamente, buscan unas mejoras que no terminan de llegar, pero que en el corto o medio plazo es posible que se materialicen, siempre y cuando el magnate norteamericano no lo estropee todo y aliente unos movimientos desestabilizadores malos no sólo para Irán, sino también para una región sumamente castigada como el Próximo Oriente.

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