La parte por el todo

En período electoral no se pueden establecer límites a los fines programáticos, porque es el lugar y el momento del debate político, y deben poder concurrir todas las ideas y opciones

La parte por el todo
JOSÉ MARÍA SALBIDEGOITIA ARANA

Pronto van a celebrarse elecciones en Cataluña y varios de sus candidatos han renegado de algunas de sus anteriores prácticas políticas (DUI), han aceptado la legalidad vigente y, se han comprometido a que no van a pretender llevar a cabo acciones para volver a hacer dichas prácticas. Es la llamada vía Forcadell.

Desde una perspectiva democrática, esta situación me sugiere varias preguntas: por un lado, ¿se puede poner límites a los fines programáticos de los partidos?, y por otro, ¿los partidos deben poder llevar a cabo sus programas máximos?

1.- En cuanto a si se puede poner límites a los fines programáticos, reiteradamente el Tribunal Constitucional ha proclamado que «la Constitución española no excluye de la posibilidad de reforma ninguno de sus preceptos ni somete el poder de revisión constitucional a más límites que los estrictamente formales y de procedimiento» (Sentencia del TC 48/2003). Y que «cualquier proyecto es compatible con la Constitución, siempre y cuando no se defienda a través de una actividad que vulnere los principios democráticos o los derechos fundamentales». Es decir, que aunque en España no existe la llamada «democracia militante», no se exige su adhesión positiva, pero se exige su respeto. El hecho de permitir reformar todo su articulado, no exime de su total cumplimiento.

Asimismo, en todas las sociedades se producen continuos cambios sociales, ideológicos, políticos, etc, que obligan a realizar reformas políticas y constitucionales cuyo procedimiento está previamente regulado. Solo si el poder constituido ha dejado de ser democrático, si ha subvertido en la práctica los principios democráticos básicos, como son la división de poderes y el respeto de los Derechos Humanos, puede ser legítimo un contrapoder. Pero de no ser así, debe atenerse a las normas de cambio pactadas, ya que todo poder público está sujeto a la ley, pues no existen espacios de inmunidad ante la Constitución.

En mi opinión, para no llevarnos a engaño, debemos saber distinguir el período electoral del resto. En período electoral no se pueden establecer límites a los fines programáticos, porque es el lugar y el momento del debate político, y deben poder concurrir todas las ideas y opciones. Pero, en período de gobierno establecido es distinto, porque son las actividades y acciones de las instituciones las que están sujetas a la ley.

Otra cosa es que los ciudadanos tengamos que exigirles a los partidos un mínimo de ética política y obligarles a que no hagan promesas políticas irrealizables democráticamente, y que junto a la promesa expliquen su viabilidad económica, jurídica, así como los impactos sociopolíticos. Todo ello para que no nos engañen con falsas promesas. Porque no es cierta la idea de que la política lo puede todo y que en política todo vale sin límites. La ley es siempre producto de la política. La ley es limitación en cuanto que encauza los comportamientos humanos para regular así la convivencia de la pluralidad. La política puede cambiar las leyes, los límites reguladores, y para ello se exige un procedimiento con propuestas, debate y acuerdo.

Como puede verse, los límites se proyectan sobre la actividad de los partidos políticos y no sobre sus fines. De este modo, en mi opinión, la vía Forcadell respeta todas las ideas políticas, pero exige renegar de los actos realizados y compromiso de realizarlos, ya que son los únicos elementos constitutivos del tipo delitivo.

2.- En cuanto a si los partidos políticos deben llevar a cabo su programa máximo, la realidad muestra que la mayoría de los partidos han renunciado a la culminación de hecho de su programa máximo. Socialistas, comunistas, liberales y conservadores, entre otros, hace tiempo que renunciaron a tratar de imponer su visión y modo de vida a la totalidad de la sociedad. Admiten que las sociedades democráticas son equilibrios en permanente tensión, y que la estabilidad en la convivencia es un bien a proteger.

Hoy en día la única ideología que no renuncia a su programa máximo a alcanzar su objetivo último, que cree tener razón para ello, y que cree tener alguna posibilidad de lograr su programa máximo es el nacionalismo. Y por eso no renuncia a ello, a pesar de las dificultades que encuentra en las reglas de juego que la democracia establece para preservar la pluralidad.

Esto no ocurre con el resto de ideologías. En verdad, el nacionalismo, al actuar para la consecución de su programa máximo, el independentismo, es la única fuerza sociopolítica que se cree capaz de desestabilizar el Estado democrático porque estima que puede arrastrar tras de sí a una parte importante de la izquierda y, de ese modo, convertirse en la voluntad mayoritaria de la población de un territorio.

Creo que cada partido y su ideología representa a una parte de la sociedad, y llevar a cabo el programa ideológico máximo, implica que la parte se convierta en el todo, acabando así con la pluralidad. Por ello, el programa máximo no debe cumplirse nunca, debe permanecer en espíritu, en el anhelo. Podrá acercarse a su plasmación, se podrá mantener como aspiración, se podrán conseguir nuevos equilibrios, nuevos acentos, pero siempre limitados por los demás, si realmente aceptamos el pluralismo, elemento básico para que una sociedad pueda llamarse democrática.

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