La papeleta de colau

Entre líneas

Los independentistas utilizarán la gran movilización de la Diada como factor de máxima presión a la alcaldesa de Barcelona para que se implique en el referéndum

Alberto Surio
ALBERTO SURIO

La decisión del Ayuntamiento de Barcelona de no ceder, en principio, locales municipales para la celebración del referéndum unilateral de autodeterminación, hasta que la Generalitat no aclare qué efectos pudiera tener en los funcionarios, constituye un importante revés para el proceso ilegal pilotado por Carles Puigdemont. El efecto arrastre de Barcelona es indiscutible, porque, una vez que la Generalitat se ha situado en la abierta desobediencia, la presión del independentismo se va a centrar ahora en los ayuntamientos, con las primeras movilizaciones que no son más que el aperitivo de lo que viene. La Generalitat, acosada por todos los frentes legales, quiere descargarse la responsabilidad y diluirla entre los alcaldes catalanes con el objetivo de poner en marcha un masivo movimiento de protesta que llame la atención de la opinión pública internacional. Las manifestaciones de la Diada de mañana serán el botón de muestra de ese giro ‘municipalista’. La apelación a la calle continuará en los próximos días y no se descarta que desemboque en una movilización permanente alrededor del Parlament similar a la de la plaza del Maidan de Kiev, en 2013, en Ucrania. Mientras tanto, el soberanismo va a colocar el foco en el Ayuntamiento de Barcelona para exigir el respaldo de la alcaldesa, Ada Colau, que intenta contemporizar entre el respeto al principio de legalidad y su defensa del derecho a decidir. La papeleta para Colau es muy complicada porque ella, procedente de los movimientos sociales, siempre ha mantenido hacia el mundo soberanista una posición ambivalente. Ya lo dice el refrán: soplar y sorber, no puede ser.

Y es que el papel de los comunes que lidera Colau se antoja clave en esta colisión entre las instituciones catalanas y el Estado. Los comunes forman parte de Catalunya Sí que es Pot (CSqP), que es una coctelera ideológica en la que el ‘procés’ ha introducido serias contradicciones. La abstención de esta formación en la votación de la ley de referéndum en el Parlament reflejaba una solución de compromiso interno que no ocultaba la división que arrastra una fuerza tan heterogénea. No tiene que ver nada el discurso de Joan Coscubiela, el histórico de Comisiones Obreras que emocionó a los diputados del PSC, del PP y de Ciutadans cuando decía que no quería para su hijo Daniel una futura república catalana sin libertades, con el gesto de la diputada de Podem retirando las banderas españolas de los escaños. Son como el agua y el aceite.

Pues bien, este universo político tan poco monolítico resulta decisivo para orientar la balanza del ‘procés’, que necesita su apoyo activo para que pudiera cuajar una mayoría sólida a favor de un nuevo Estado independiente. Esta franja electoral de izquierda, urbana, metropolitana, crítica, con un predominio de la histórica inmigración de otras comunidades españolas, con un registro muy beligerante contra el PP, tiene la llave para impulsar el proceso electoral o para inhibirse en el mismo. En principio no es un votante independentista, pero es partidario claramente de un cambio en el estatu quo y de un nuevo pacto con España.

La actitud del electorado de izquierdas en esta crisis será pues decisiva. En Escocia, los independentistas se hicieron mayoritarios porque capitalizaron el desgaste de los gobiernos conservadores y gracias al declive de los laboristas, que en aquel territorio habían sido una fuerza tradicional. Como en Cataluña lo fueron en su día los socialistas. La llegada de Jeremy Corbyn ha devuelto cierto protagonismo al laborismo en detrimento de los nacionalistas del SNP, que se han visto obligados a aparcar la propuesta de un segundo referéndum. Fue ese electorado de izquierdas en los barrios obreros de las principales ciudades industriales una de las causas de la derrota de la opción de la independencia en Escocia en la primera consulta de 2014. Los estrategas de la secesión catalana saben perfectamente que necesitan conquistar al ‘cinturón rojo’ castellanoparlante para ganar esta batalla.

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