No hay palabras

LUIS MIGUEL URUÑUELA

Unos menores de edad cometen una terrorífica sangría en el seno mismo de nuestra ‘avanzada’ sociedad. Un acto así nos deja a medio camino entre la estupefacción, el horror y la indignación. Buscamos preguntas de respuesta compleja. Si sus colegas les pudieran preguntar, lo más probable es que le dijesen algo así: ¿pero qué habéis hecho? ¿Se os ha ido la olla? Mucha gente también se lo pregunta. El recurso al estado o salud mental de la persona que comete actos así contra sus semejantes suele ser habitual. Quizá porque nos tranquiliza, porque rellena un vacío de explicación que todavía hoy no tenemos, o ambas cosas. Pero la tozuda realidad nos dice que la mayoría de estos actos los cometen personas más bien normales, más bien cuerdas y muy pocas poseen enfermedades psíquicas, graves y/o peligrosas. La mayoría de las personas enfermas psíquicamente, viven y sufren su enfermedad, muchas veces a nuestro lado, y posiblemente sin que nos importe. Después, la mirada se dirige a sus padres y madres. Lo fácil, como en el recurso a la salud mental, es recurrir a su culpabilidad, a ponerles la etiqueta de fracasados o incapaces. Pero la educación de los hijos e hijas es una labor y responsabilidad de la tribu entera, es decir, padres, familia extensa, vecinos, escuela, barrio, ciudad, políticos, periodistas, mercaderes de videojuegos violentos, etc. y así hasta abarcar círculos cada vez más amplios. Lo cual no les exime de responsabilidad en su papel.

Muchísimo más complicado, infinitamente más, resulta saber qué les preguntarían los familiares, amigos y conocidos de sus víctimas (si pudieran) a los chicos. Aparece rápidamente la pregunta del tipo ¿por qué?, pero intuyo que esto no ayudará en nada a mitigar su sufrimiento. Les espera un camino duro, triste y sufriente. Como a muchas víctimas cuando la rabia deje paso al vacío de la pérdida. Por cierto, ¿dónde estaremos entonces?

El resto de la sociedad, receptores de la noticia, busca frenética y efervescentemente -con ansiedad que solo dura un día, hasta que otra noticia la sepulte- explicaciones y remedios. Promesas de un falso control. Sabios esbozando misterios ocultos y atávicos de la naturaleza humana. Pero humildemente hemos de reconocer que muchas cosas se nos escapan aún en la comprensión del ser humano y su complejidad.

En Berriztu, que llevamos años ayudando a victimarios y a víctimas, ya no preguntamos. Hoy nos toca vivir el duelo de la pérdida con esas víctimas, llorar con ellas y desde el silencio desgarrado expresar nuestro íntimo rechazo a estos actos que tanto dolor causan. Hoy para nosotros y nosotras no hay palabras, tan solo un silencio sentido. Desde estas líneas quisiera expresar mi gratitud y admiración a tantos padres y madres comprometidos con su labor, a tantos educadores y educadoras entregados/as a su labor día a día, muchas veces también en silencio, muchas veces contra viento y marea. No podéis ni debéis dimitir de vuestra misión educativa, la sociedad no se lo puede permitir.

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