Sol, paella e independencia

Alberto Surio
ALBERTO SURIO

Nadie podía imaginar que el conflicto catalán entraría ayer en una fase tan surrealista y ridícula. La camiseta que portaba Anna Gabriel, la portavoz de la CUP, en el pleno del Parlament, con el lema ‘Sol, paella y socialismo’, era una metáfora del paisaje del día. Sustituyan el término socialismo por independencia y encontrarán alguna pista. Lo ocurrido ayer fue una montaña rusa de sensaciones. Con una negociación que pendía de frágiles alfileres, Puigdemont pasó de haber decidido el adelanto electoral para frenar la aplicación del artículo 155 a descartar este anuncio y dejar en manos del Parlament la posibilidad de una inminente Declaración Unilateral de Independencia. Todo ello con los estudiantes ‘indepes’ en las calles, en huelga y acampados delante del Palau de la Generalitat.

La mediación del lehendakari Urkullu y del socialista Miquel Iceta para lograr una salida al bloqueo -elecciones anticipadas a cambio de parar el 155- se desvanecía a mediodía. Horas antes, la CUP, ANC y Òmnium comenzaban a dirigir furibundas críticas a Puigdemont. Desde ERC no se ocultaba un profundo malestar por el giro. El president exigía garantías al Gobierno de Rajoy y, tras negociar con Oriol Junqueras, protagonizaba una comparecencia entendida en Moncloa como un portazo. Pero hasta el último segundo nada es definitivo. Ni siquiera el fracaso.

El preacuerdo era muy difícil y tenía como francotiradores a los propios estrategas del procés. En un principio, Puigdemont parecía apaciguar el miedo del PDeCAT a lanzarse al vacío y se enfrentaba al criterio de otros dirigentes del Estado Mayor secesionista, partidarios de la ‘tierra quemada’. Su apuesta consumaba la división en el independentismo, al que se le ha empujado hasta el cielo para darle con la puerta en las narices. ¿Cuál ha sido la clave del cambio del president? La excusa que se alega es la «falta de garantías» del Gobierno. Pero el papel de Oriol Junqueras se antoja decisivo para entender este movimiento. El enredo ya no solo es un suicidio político. Es también un ejercicio de frivolidad sin precedentes. No nos lo merecemos.

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