La oxidación

SANTIAGO AIZARNA

Si una mañana cualquiera -como casi todas ya ahora abordando la nona década- siente uno (aunque no sea con daño ni dolor alguno) que los artilugios de su pernada le chirrían algo entre tendones, huesos y sus correspondientes articulaciones, en lo que se piensa es en que, en esas horas de la noche, sin que se sintiera nada activo (a no ser que se trate de un sonámbulo) algo ha ido obrando sobre esa su hilatura humana y, aunque sea poco, ese algo ha ido ajando nuestro cuerpo hasta tal punto que, en muy pocos años, ha conseguido hasta eliminar los pelos de nuestras piernas de modo que ahora nos lucen tan suaves como la de cualquier damisela; en los ojos nos pueden aparecer unos como tics desacostumbrados; a la mañana siguiente el peine ni siquiera puede mostrarnos alguna que otra guedeja blanca puesto que hasta las mismas canas desaparecieron, etc. Es decir, algo como rastrillo que ha ido exfoliándonos noche a noche, día a día, momento a momento.

«Ha sido la oxidación», se piensa, cuando nos miramos al espejo, que, como todo cristal azogado es de una crueldad sin límites: o, lo que es lo mismo, como ese protervo ángel de la guarda que, si en un principio, en nuestra ascensión, nos fue dando, liberal y generoso, dones cuantiosos que hasta a nosotros mismos nos convencieron tanto como para mirarnos a ese cristal de crueldad espejeada, luego, a la vuelta de la esquina, nos los fue detrayendo y haciéndonos recordar a aquel ínclito rico varón idumeo, habitante del país de Us, padre de familia más bien numerosa de siete hijos y tres hijas, tan señalado por el dedo de Satán como idóneo sujeto de experimentación en su reto con Yahvé, cuyo lema tan repetido de 'Yahvé me lo dio, Yahvé me lo quitó, bendito sea Su Santo Nombre', que es el aceptado, quiérase que no, por los habitantes de este cruento lugar llamado tierra, donde manos de ternura llenas, tan inocentes, nos depositaron y suponemos que otras, que ya no nos importará mucho o nada cómo sean, nos depositarán en las entrañas de esa misma tierra, bien en forma de ataúd (mejor de madera humilde que pronto se pudra que ostentoso sarcófago ribeteado de oropelescos adornos) o a la manera de nube vaporosa que en el mismo crematorio se va disolviendo, sin posibilidad alguna de que nadie nos entone por supuesto, a manera de versos admirables del fray a las nubes gloriosas, de cuando: '¡Cuán pobres y cuán ciegos, ay, nos dejas!'

Mientras tanto es cuestión de ir dejando que esa oxidación vaya devastando nuestro cuerpo hasta límites que nunca hubiéramos creído cuando el espíritu de cierta clase de juventud nos alentaba y, con un leve salto, hasta podíamos soltarnos del oneroso abrazo de la madre tierra -Anteos rebeldes a maternas concupiscencias- y habíamos conseguido desembarazarnos de ese ángel de la guarda tan exquisitamente cumplidor de su oficio que tan fielmente acudía a nuestro menor reclamo, que ahora que todo aquello pasó vamos asumiendo la condición del zombi, ese invento juguetonamente terrorífico al que tanto jugo le sacó aquel un tal George A. Romero con cintas y más cintas de rodaje en ese juguete basadas.

Alcanza esa oxidación física externa a oxidar, a su vez, igualmente, a tegumentos internos, y recalamos, de esta manera, en esos problemas de la memoria que, desde hace ya algún tiempo, casi en las mismas lindes en las que no tuvo más remedio que dejarlos el propio Alzheimer, forman ahora un grueso nudo en las sombrías perspectivas de nuestro supuesto futuro para el que ni disponemos siquiera el mínimo terreno, que bien se sabe que la pobreza honda por la que transitamos está desprovista del largo pasado del que ni siquiera tenemos trazas, de ese presente que nunca existe fuera del ámbito nominal ya que se trata de materia tan fungible que antes de tocarlo siquiera se esfumó y, en cuanto al futuro, sucede al revés, es decir, que antes de poderlo tocar se nos evaporó sin remedio, que ha sido así como, al igual que la presa en el garlito, nos hemos sumido en aquellas lamentaciones que, en verso siempre admirable como en él era costumbre, se sumió Espronceda recordando a su amada en su insuperable 'Canto a Teresa': ' ¿Por qué volvéis a la memoria mía / tristes recuerdos del placer perdido, / a aumentar la ansiedad y la agonía/de este desierto corazón herido?'

A la memoria pues, a veces tan ingrata, que quisiéramos olvidarlo todo y bañarnos y beber los dos litros de las dietas hidrófilas de aquellas aguas, las más famosas, junto con las siempre renovadas de las que, sentado junto a su ribera vio pasar Heráclito allá por Éfeso, a las del río Leteo tan generosas que nos despojan de nuestro ser doliente y tan llena de pústulas de preocupaciones a aquellas cantadas por Virgilio a las del Dante, habrá que hacer más caso a lo que en su versión de la clepsidra nos regalaba, el verso siempre tan armonioso de Borges consolándonos de que 'No de agua, de miel, será la última / gota de la clepsidra'.

Y, Amén. O, 'Así sea' para el que, en vez del latín, prefiera el castellano

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