Una oportunidad para gaza

El acuerdo alcanzado entre Al Fatah y Hamás puede ser un elemento de fortaleza palestina frente al interlocutor israelí que hasta la fecha se ha beneficiado de su división

CARLOS LARRÍNAGAHistoriador

E l pasado 12 de octubre se dio un paso definitivo en El Cairo para la avenencia entre Hamás y Al Fatah, las dos grandes fuerzas políticas de Palestina. Según testimonio desde Ramala de Mahmud Abás, el presidente de la Autoridad Nacional de ese país (ANP), el compromiso supone «una declaración del final de la división y el retorno a la unidad». Y no le falta razón, ya que dicha alianza está pensada para acabar con la fractura existente entre Gaza, por un lado, controlada por Hamás, y Cisjordania, por otro, bajo poder de Al Fatah, a resultas del enfrentamiento que libraron ambos partidos tras los comicios legislativos del 25 de enero de 2006. Unos comicios, por cierto, que los verificadores internacionales calificaron de limpios y en los que Hamás se hizo con el triunfo con el 44% de los votos emitidos, frente al 41% de Al Fatah. Así, el hecho de ser considerado Hamás una organización terrorista por Israel, Estados Unidos y la Unión Europea avivó la confrontación e impidió que, en última instancia, se hiciese con el gobierno, en favor de Al Fatah, en medio de una lucha fratricida entre ambas fuerzas, que desembocó, a la postre, en el reparto de los dos territorios. De ahí la trascendencia de lo acontecido en la capital egipcia hace unos días.

De todos modos, un pacto de estas características tampoco es una novedad. En mayo de 2011, justamente en El Cairo, ambas facciones sellaron un convenio asimismo llamado de reconciliación, como ahora, comprometiéndose a la formación de un ejecutivo unitario que preparase las elecciones generales en los siguientes seis meses. Algo que no tuvo lugar por el peso, entre otras razones, de las desconfianzas mutuas. Al año siguiente lo intentaron en Doha y también se trufó. Dos años más tarde, en abril de 2014, encontrándome en Cisjordania, se firmó el denominado Acuerdo de Shati, campo de refugiados del norte de Gaza. Precisamente, en la casa de Ismael Haniye, dirigente de los islamistas en la Franja. Recuerdo perfectamente el júbilo con que aquél fue recibido, ya que ponía fin a tanta trifulca, al tiempo que se decidía nombrar un gabinete de tecnócratas encabezado por Ramai Hamdala. Por supuesto, las críticas de Netanyahu no se hicieron esperar y decidió terminar con las conversaciones de paz lideradas entonces por el secretario de Estado norteamericano John Kerry. Fue la excusa perfecta para liquidar un proceso que realmente estaba muerto por el desinterés de los israelíes en avanzar en las cuestiones fundamentales del conflicto. Esta supuesta concordia palestina fue tan mal acogida en Tel-Aviv que a las pocas semanas puso en marcha la Operación Margen Protector contra Gaza, sumiendo a sus 1,8 millones de habitantes en un auténtico caos. Esta ofensiva frustró la actividad gubernamental de Hamdala y puso freno a unas posibles nuevas votaciones legislativas a principios de 2015.

Por eso, el compromiso actual supone, en primer lugar, una posibilidad de progreso para Gaza, definida por algunos como la mayor cárcel a cielo abierto del mundo, en tanto en cuanto sus pobladores no pueden abandonar la Franja por los pasos fronterizos existentes: ni por los israelíes ni por el egipcio de Rafah. Y aquí reside uno de los aspectos fundamentales del arreglo, pues desde primeros de noviembre patrullas de la ANP se harán cargo de esta frontera, por lo que se prevé que la situación cambie y la calidad de vida de sus ciudadanos pueda mejorar, dadas las condiciones desastrosas en que se encuentran en estos momentos. Ese hecho es clave y hay que señalar el papel determinante jugado por la Administración al-Sisi, hasta hace bien muy poco ajena a cuanto acontecía en Gaza, debido al extremismo de Hamás. Y es que, pese al tratado de paz que Egipto tiene con Israel desde 1979, las autoridades cairotas también reconocen como estado independiente a Palestina, por lo que es lógico que permitan que la ANP la administre, en tanto en cuanto supone la aceptación de su soberanía.

Evidentemente, es necesario contar con la posición que vayan a adoptar, de un parte, Washington, bastante ausente en este affaire tras el acceso a la presidencia de Donald Trump y la designación de su yerno Jared Kushner para solucionar el problema, y, de otra, Tel-Aviv, que, contrariamente a lo visto en 2014, ha reaccionado con menos virulencia de lo que imaginábamos. De hecho, y coincidiendo en el tiempo, su salida de la UNESCO, haciendo seguidismo de Estados Unidos, ha respondido más a los procederes de esa institución dependiente de la ONU que a lo acaecido en El Cairo.

Josemari Alemán Amondarain

Con independencia de que la respuesta inicial de Netanyahu haya sido que no pensaba consentir «una falsa reconciliación» a costa de la existencia de Israel. Y es que una voz unida en Gaza y Cisjordania supone un elemento de fortaleza frente al interlocutor israelí, que hasta la fecha se ha beneficiado de la segmentación palestina. Si la unión hace la fuerza, aquí tenemos un claro ejemplo, aunque habrá que aguardar a ver cómo se materializa lo rubricado, en especial por los precedentes existentes ya mencionados. No obstante, y al margen de cuanto ocurra en el futuro, la verdad es que para el gazatí corriente la noticia de que Rafah pase a estar bajo las fuerzas de la ANP constituye todo un signo de esperanza que ojalá, esta vez sí, pueda concretarse materialmente.

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