Nostálgicos de la presión

Alberto Surio
ALBERTO SURIO

Las primeras pintadas contra el turismo -'Tourist go home'- aparecieron esporádicamente en el verano de 2015 en San Sebastián, en concreto en la Parte Vieja. Lo que en apariencia parecía sin más un acto puntual de gamberrismo incívico ligado al proyecto de la Capitalidad Cultural Europea no era tanto eso, sino los gérmenes de una campaña que iba a tener más recorrido y que encerraba, y encierra, una inercia intimidatoria del pasado y un rechazo larvado de los cambios sociales experimentados en Euskadi en los últimos años. Se matiza ahora que el objeto de la denuncia no es el turismo como tal sino un modelo turístico determinado, pero lo cierto es que aquellos mensajes tan poco amistosos tenían un destinatario bien claro. Y sabemos bien que en este país las pintadas han sido tristes avanzadillas en bastantes ocasiones.

Parecían anécdotas, pero comenzaba a crearse en el escenario urbano un caldo de cultivo de hostilidad para reinventar nuevas banderas de conflicto y agitación. Echemos la moviola un tiempo hacia atrás. Muy cerca de los lugares donde aparecieron esas pintadas se quemaron en los años 80 numerosos coches de ciudadanos franceses con el pretexto, entonces, del boicot a los intereses galos. Aquellas acciones vandálicas espantaron al turismo francés de nuestra ciudad. Eran los veranos más duros y la imagen de San Sebastián estaba por los suelos, asociada en el mundo a la violencia más cruel y fanática.

Los franceses, afortunadamente, han regresado a Donostia. Un debate sincero y honesto sobre el turismo tiene que tener en cuenta esta parte del relato; para leer el libro hay que empezar siempre por este prólogo, es decir, por el tremendo esfuerzo que ha costado reconstruir esa imagen, la de Euskadi y la de Donostia, para volver a tener una tarjeta presentable y amable. No como una evocación nostálgica del pasado, sino como una realidad dinámica de un país atractivo y de una ciudad abierta, no cerrada ni ensimismada, que querían olvidarse del horror. Los años de la caída turística, motivados por la crisis y por el terrorismo, no están tan lejos, como bien saben muchos de los que aplaudían o callaban ante aquellos hechos y no movían una ceja cuando los visitantes salían despavoridos y no precisamente a causa del mal tiempo.

Por eso el lema «tourist go home» que hemos visto en las últimas semanas es un insulto a muchos que nos acordamos de esas tristes estampas. Cualquier debate serio debe darse a partir del recuerdo de aquello y del rechazo previo de cualquier coacción contra el turismo. El repudiable ataque con pintura a las oficinas de Basque Tour en Bilbao y la ridícula protesta en el tren Txu Txu en Donostia forman parte de una dinámica de presión antisistema e infantil que termina por condicionar y envenenar muchos debates.

Porque una cuestión es ser exigentes con la labor de los gestores públicos -con todos, también con EH Bildu, que ha tenido su experiencia de gestión- y otra ser firmes y tajantes contra cualquier tipo de amenaza, directa o encubierta. Los debates solo son viables si se cumplen esos requisitos previos. Entonces es cuando podremos abordar cómo gestionar el espectacular aumento de la demanda turística en Europa o cómo regular con más eficacia el mercado de las viviendas turísticas de alquiler. O analizar qué efecto real tiene la puesta en marcha de tasas turísticas con el objetivo de lograr un mejor retorno en la sociedad. También podemos discutir sobre la carestía de la vivienda y la precariedad laboral, que son problemas sangrantes, pero que responden a causas más profundas y complejas del modelo socioeconómico. De todo eso se puede y se debe hablar pero dejando claro que el turismo no es el origen de la desigualdad. Pretender buscar en el turismo el chivo expiatorio de las injusticias de la sociedad es un reduccionismo irresponsable y un simplismo insolvente. Por eso hay que tener cuidado cuando se demoniza al turismo como factor de desarrollo económico. Porque puede ser tan injusto y tan reaccionario como deslizar que el problema del empleo se acentúa con el exceso de inmigrantes.

Fotos

Vídeos