La noria del autogobierno

O soberanismo o autonomismo. No hay vía intermedia, tercera vía o apaño para llevarse el santo y la limosna. Ni cabe imaginar que derecho a decidir sea nada diferente a autodeterminación

MANUEL MONTORO

A veces parece que estamos en una noria, siempre dando vueltas a las mismas cuestiones. La existencia de una ponencia de autogobierno en el Parlamento Vasco es ya un clásico. La hubo en 2002, con el nombre de Comisión Especial de Autogobierno. Se esperaron grandes frutos y sirvió para dar cobertura al plan Ibarretxe, pero al de pocas semanas de emitirlas, sus conclusiones se olvidaron. Ni siquiera se usaron para planificar el plan. Sólo para justificarlo. La legislatura pasada hubo otra ponencia de autogobierno, ésta una tercera, si no se considera prolongación de la anterior, extremo que es indiferente, pues en la política vasca no hay continuidad, sino impulsos esporádicos que se consumen en sí mismos. Una y otra vez empezamos de la nada, adanismo obliga, y luego se olvida lo hecho.

El mecanismo de las ponencias de autogobierno tiene interés. El Parlamento llama a gente diversa, distintos especialistas e ideologías. Tal esfuerzo no sirve para nada. Los dictámenes no intentan articular argumentaciones, contrastarlas o clasificarlas. Sólo sientan afirmaciones, cuya génesis no arranca de los informes recibidos, sino del magín de los miembros de la comisión, esto es, de su ideología y estrategia.

Hace dieciséis años las conclusiones dependieron de la relación de fuerzas que presentaba el Parlamento y de los propósitos de la mayoría soberanista. No hubo ningún esfuerzo por buscar denominadores comunes. Comparecieron 57 personas, pero el dictamen proporciona la sensación de que hubiese sido igual si en vez de 57 hubiesen hablado cinco, siete o ninguno.

Ahora viene a suceder lo mismo. La diferencia radica en que las conclusiones de entonces eran una especie de llamamiento a echarse al monte, que durante años se cumplió a rajatabla en lo posible, aunque sin caer en los actuales fragores catalanes, demostrando más seny y sentido del ridículo. La actual puesta en escena de la ponencia de autogobierno es más moderada, siquiera porque busca «un nuevo estatus de no ruptura adaptado a las nuevas formas de organización, acordes con las circunstancias en las que van a desenvolverse el mundo y Europa en el siglo XXI». Suena alambicado. La hermenéutica vasca sugiere que el tranquilizador «estatus de no ruptura» queda contrarrestado por la perífrasis que sigue: viene a significar que sería deseable una ruptura no rupturista. Hacer una tortilla sin romper huevos, la gran ilusión de la política vasca.

En ese sí es no es, su definición del Pueblo Vasco –«pueblo con identidad propia», etc.– es trasunto de las nociones del plan soberanista. ¿Quiere decir algo o va sólo de cara a la galería? Parece lo segundo. El texto se pierde en vericuetos jurídicos, con la novedad intelectual de que el Pueblo Vasco es «una nación que tiene en su identidad y en su tradición jurídica propia el soporte que le sirve de marco y cauce de los derechos individuales y colectivos de sus ciudadanas y ciudadanos», que no se sabe si es axioma o tendrá demostración en algún lado. ¿La identidad es el soporte de derechos individuales? Primera noticia. ¿A qué tradición jurídica se referirán? ¿A los fueros? Cosas veredes. Convendría fiarse más de la Constitución, que está vigente y da garantías, sin necesidad de elucubraciones históricas o metahistóricas.

Pero se trata de contraponerse a la Constitución e imaginar cómo puentearla por la vía de los derechos históricos u otra.

¿Cabe solventar una cuestión tan crucial recurriendo a vías jurídicas raras o a alardes retóricos que retuercen el lenguaje a ver si cuela? También asombra la idea de resolver los problemas pasándole el embolado a una comisión de expertos que redacte el nuevo estatus. Bien está que los profesionales adecenten y maticen las expresiones, pero hay cuestiones que les toca definir a los políticos.

Son los políticos los que tienen que optar. Hay dos caminos y sólo dos: o el mantenimiento de la vía estatutaria o la ruptura con ella, a favor de opciones soberanistas. Son alternativas, contradictorias entre sí. Esa es la cuestión, le demos el nombre que le demos: se diga Comunidad Autónoma Vasca, Estado Libre Asociado, Comunidad Foral Vasca, Comunidad Nacional Vasca, Estado Autónomo o Estado Foral. Lo importante no es el nombre de la cosa sino el contenido.

O soberanismo o autonomismo: esa es la cuestión. No hay vía intermedia, tercera vía o apaño para llevarse el santo y la limosna. Ni cabe imaginar que derecho a decidir sea nada diferente a autodeterminación.

Las conclusiones de la ponencia van por el soberanismo edulcorado. Se hace raro, pues, según las encuestas, el asunto ocupa hoy un lugar muy secundario en las preocupaciones de los vascos, como para meterse en rupturas. El Estatuto, al que se le dio por muerto hace veinte años e intentó enterrar después, está demostrándose socialmente eficaz. Resulta difícil entender que quieran cambiar lo que funciona.

El concepto de «pueblo vasco» resulta central en el planteamiento del nuevo estatus. Su empleo presenta más problemas que lo que se suele suponer, al entenderlo no como la comunidad de ciudadanos iguales sino como una totalidad orgánica con identidad y voluntad al margen de sus componentes. ¿Pueblo vasco somos todos los ciudadanos vascos? ¿Se identifica con una opción política?

Cuarenta años no pasan en vano, por lo que resultan precisos los cambios en el Estatuto y la Constitución. La cuestión no es esa, sino qué cambios. Si hacia la ruptura soberanista o la mejora de la autonomía: las dos cosas no pueden ser. Convendría no olvidar que el autogobierno es autogobierno para los ciudadanos o no es.

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