Narciso y Montserrat

Espero que el valor de la convivencia entre diferentes se imponga a los nacionalismos excluyentes que aparecen por doquier en nuestra Europa

JESÚS PRIETO MENDAZA ANTROPÓLOGO E HISTORIADOR

Durante varios años pasé mis vacaciones estivales con la familia en Torroella de Mongrí, una hermosa localidad del Baix Emporda. Allí aprendí a querer y respetar la cultura catalana, especialmente abierta y cosmopolita, y a sus gentes. Allí también conocí a un matrimonio de Granollers con el que establecí una gratificante amistad, desgraciadamente perdida por el paso del tiempo. Eran Narciso y Montserrat. Él, nacido en la localidad jienense de Linares y ella procedente de una familia profundamente catalanista. Su noviazgo no fue inicialmente bien visto por ciertos sectores de sus familias, pero, finalmente, el amor se impuso a los prejuicios y contrajeron matrimonio. Tuvieron dos hijos, fantásticos chico y chica, fruto de dos culturas, de dos cosmovisiones, de dos identidades que convivían felizmente en espacios no excluyentes de ciudadanía: la española y la catalana. Aprendieron, gracias al ejemplo de sus padres, a disfrutar de la pipirrana y de los calçots, del flamenco y de la nova cançó, del cortijo y de la masía, del catalán y del castellano. Durante los últimos meses, como consecuencia de la deriva del llamado 'procés' que culminó con la DUI el día 10 de octubre pasado, me he preguntado qué será de aquellos amigos. ¿Cómo estarán viviendo la fractura que se ha generado en el seno de su propia familia? Y es que habitualmente los primeros perdedores de todo conflicto secesionista son, precisamente, los mestizos, los plurales, los diversos, los heterogéneos, aquellos a los que el espacio de la ciudadanía se les ve empequeñecido en la medida en que crece el de un nativismo primigenio. Ocurrió en Chipre, en los Balcanes, en Palestina, en Irlanda del Norte, en Rwanda, en nuestra tierra vasca durante décadas. Y es que tanto al nacionalismo español (que si bien es minoritario, afortunadamente, se ha paseado últimamente de forma ostensible) como al catalán, poco parecen importarles aquellos seres 'desviados' que son capaces de portar ambas identidades de forma inclusiva. Se ha instaurado durante este tiempo un peligroso discurso que, como diría Pedro Sáez Ortega (Bakeaz 2004: 22), «se ha basado en la afirmación metafísica y ahistórica del nosotros como negación de los otros, sacralizando la pertenencia étnica como única manera de ser y estar en el mundo, al viejo estilo de los fascismos del siglo pasado. Así las diferencias culturales son percibidas como un inconveniente, que viene de fuera y altera nuestro orden, que deben tratarse y corregirse mediante la liquidación, la discriminación o la invisibilidad». Olvidan, o bien ocultan, los nacionalistas más recalcitrantes el carácter mestizo y movible de la identidad del siglo XXI, pues como señalara Xesús R. Jares citando a Carlos Fuentes (2002: 319), sólo una identidad muerta es una identidad fija.

Y mientras nos debatimos en este juego de identidades, el día a día obliga a los ciudadanos catalanes, entre ellos a Narciso y Montserrat, a preocuparse de cuestiones tan poco sublimes como son la cesta de la compra y la hipoteca a pagar. Y de este tema nadie habla. Muchas son las incógnitas abiertas de cara al 21 de diciembre, aun así lo más probable es que nos encontremos con un escenario bastante parecido al actual. Es posible que una frágil mayoría deba confrontarse con una minoría fuerte, paisaje éste que previsiblemente tan sólo podrá ser dirimido por el arbitraje de los 'comunes' de Ada Colau y Xavier Domènech.

Repito que muchos son los elementos que están en juego de cara a las elecciones autonómicas del próximo día 21 de diciembre: la recuperación de la sensatez política, el final del esperpento bruselense, el sosiego de la economía, la reforma constitucional... todos importantes, pero nada tan prioritario, en mi opinión, como recuperar la paz social y reducir la fractura abierta en la sociedad catalana, otrora dinámica y plural.

Quienes, fundamentalmente en el último año, han liderado este procés no han tenido una visión de futuro; más bien opino que lo han hecho con la intención de destruir el presente y la voluntad de reinventar el pasado. Esta tarea, aunque inicialmente se envuelva en el atractivo papel de celofán de la tolerancia y el respeto, ya ha sido inventada en infinidad de ocasiones a lo largo de la historia creando peligrosos precedentes. Así el Memorándum de la Academia serbia de las Ciencias y las Artes (1986) pudo ser un «atractivo y pacífico» ejemplo, con el inconveniente posterior que nos lleva a concluir que mientras se sucedían las iniciativas bienintencionadas del Grupo de Contacto en lo que quedaba de la Yugoslavia de 1995, el 29 de agosto se produjo la masacre de Sarajevo y poco después en el tratado de Dayton se crean las entidades 'puras' serbocroata y serbobosnia. Espero que lo que allí ocurrió con miles de matrimonios mixtos no ocurra jamás con mis queridos Narciso y Montserrat

Hace unos días el general nacionalista croata Slovodan Praljak se suicidaba (después de considerar que sus actos eran por amor a Croacia y por tanto afirmando ser inocente) en el mismísimo tribunal Internacional de La Haya. Tan sólo espero que su pócima no alcance a envenenarnos a todos y que el valor de la convivencia entre diferentes en espacios plurales de ciudadanía, que eso es fundamentalmente la democracia por encima de un recuento meramente aritmético de votos, se imponga a los nacionalismos excluyentes que aparecen por doquier en nuestra Europa, esos precisamente que son los únicos que han manifestado su apoyo explícito a la DUI de Puigdemont.

Yo sigo preguntándome... ¿cómo vivirán el 21 de diciembre Narciso y Montserrat?

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