Algo se mueveen Piongyang

ENRIQUE VÁZQUEZ

Cuando el Gobierno canadiense confirmó que celebraría en Vancouver el 16 y 17 de enero una «conferencia del recuerdo» de las potencias que combatieron en la guerra de Corea del lado del Sur, ¿sabía que para entonces se habría creado un clima algo mejor entre los beligerantes de hoy, es decir, entre Corea del Norte y los Estados Unidos? Tal vez no, pero en Washington, el del imprevisible presidente Donald Trump, se está poniendo un énfasis en el asunto que permite especular con la posibilidad real de estimular definitivamente el anhelado proceso de reunificación.

Por entonces no quedó claro qué se pretendía con la rara iniciativa a la que, además, se invitó a grandes países que no tomaron parte, como Japón o la India, y que hoy están en el consenso internacionalmente aceptado de que la división de la península coreana en dos partes y la existencia de dos estados es incomprensible. Sobre todo si se tiene en cuenta que el gran socio soviético, que posibilitó el empate sobre el terreno y creó el régimen pro-estalinista, se ha convertido en una Rusia nacionalista que no reniega de su pasado y asume la conducta diplomática de la extinta URSS, pero es polivalente en su política internacional y pragmático en su práctica.

En este curioso marco, el presidente Trump parece gestionar casi personalmente el grave asunto de la relación (o, si se prefiere, la no relación) de los Estados Unidos con Corea del Norte. Tras su larga gira por Asia-Pacífico del mes pasado, los observadores anotan una aparente voluntad de las partes de revisar su largo contencioso, nacido con la guerra de 1950-53 terminada con el armisticio de Panmunjom. Y eso vale en primer lugar para el Norte, que tras el viaje del presidente por la región aceptó un relevante encuentro con el gobierno del Sur para ver de acordar pasos de acercamiento, como el ya dado por seguro: la delegación del Norte en los Juegos Olímpicos de Invierno de Pyeongchang se fundirá con la del Sur de modo que, por vez primera, habrá una representación coreana única en un escenario internacional.

Llegar a este acuerdo exigió nada menos que el aval del presidente de Corea del Sur, Mun Jae-in, a quien Trump prometió que en tanto haya diálogo político entre las partes no habría ninguna iniciativa militar. Es mucho prometer... salvo que se dé por seguro que el Norte se unirá al clima de normalización. Todo esto sucedía mientras la delegación del Norte se trasladaba al Sur y sostenía conversaciones más políticas que técnicas, y se susurraba en los medios diplomáticos que Trump parece haber encontrado una real oportunidad de anotarse el gran éxito que sería propiciar la reunificación de la península.

En este ambiente se inscribe la anécdota del propio Trump: tuvo que matizar al ‘The Wall Street Journal’ que él no había dicho que tiene «una buena relación con Kim Jong-un», el presidente norcoreano, sino que «podría tenerla».

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