El monstruo y tú

Álvaro Bermejo
ÁLVARO BERMEJO

Como ocurre con el vampiro, el fantasma y otros révenants, la figura del monstruo se presta a una inquietante dualidad. A simple vista encarna la transgresión de los límites morales e incluso biológicos. Pero, así mismo, nos confronta con nuestra zona oscura. Esa que los espejos no pueden reflejar, donde se agazapan nuestros deseos ocultos, nuestros temores inconfesables, nuestra aversión al diferente. Incluso la dimensión prohibida de nuestra sexualidad.

Sucede en todos los clásicos del género. Desde Frankenstein a King-Kong, pasando por ‘La mujer pantera’ o ‘El hombre elefante’, todos los monstruos anhelan ser queridos y acaban encontrando a alguien que asume el desafío de amarlos. En su última película -la gran triunfadora de los Oscars- Guillermo del Toro va más allá. No sólo humaniza a su criatura. También voltea los códigos narrativos para mostrarnos por medio de un cuento de hadas entre gótico y fantástico su visión del mundo contemporáneo.

Adentrarse en La forma del agua es como penetrar en la habitación condenada de Barbazul. Nos espera un monstruo que tiene mucho que ver con el Gregor Samsa de Kafka. Sucede en los años 60, durante la Guerra Fría. No obstante, su parábola interpela las mil variantes atemporales del miedo al otro y las paranoias colectivas.

No es casual que Elisa, la limpiadora que se enamora del monstruo, sea muda. El amor inventa su propio lenguaje, y este siempre es inefable. Como el del sufrimiento del marginado, del no aceptado, del excluido, frente a la presión de las identidades convencionales y los valores de la normalidad. Sin ser ninguna belleza Elisa recrea el mito de ‘La bella y la bestia’. Aquí es el sapo quien besa a la princesa que, también sin serlo, conquista su corona como una forma de redención.

Nada es lo que parece en esta fábula moral. La criatura nos repugna de entrada y acaba enterneciéndonos. Tampoco es agresiva, a diferencia de sus captores, cuya violencia refleja la de nuestra venerable normatividad social. Es así como el verdadero monstruo salta de la pantalla al patio de butacas para cuestionar nuestra percepción de lo ético en un mundo tan políticamente correcto como despiadado.

En la primera versión cinematográfica de Frankenstein, James Whale suprimió la escena en la que la Criatura, tras lanzar unas flores al lago, arroja a la niña para comprobar si también flota. Ese metraje censurado refleja toda la filmografía de Guillermo del Toro. Un mago de lo tenebroso enamorado de los monstruos que nos habitan.

Por un errror de asignación informática, la columna firmada por Álvaro Bermejo publicada ayer en la Sección de Opinión correspondía a la del pasado lunes 5 de marzo.

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