‘Money-teísmo’

mi genoma y yo

Un niño de tez oscura que nace en un pesebre porque nadie quiere dar cobijo a sus padres. Tal como sucede hoy a las puertas de Europa

ÁLVARO BERMEJO

Nació cuando su madre, Miriam, aún no había cumplido catorce años. Y probablemente mientras el cometa Halley surcaba los cielos de Belén. También sabemos que ese nacimiento se produjo cinco o seis años antes de la fecha oficial marcada por el papa Gregorio y no precisamente en invierno, sino durante la Estación de las Semillas. Con el desplazamiento de la Natividad al 25 de diciembre la Iglesia buscaba solapar esta efeméride con la festividad pagana del Sol Invictus, identificando al Mesías con la luz del mundo.

La suma de mixtificaciones alcanza su pleonasmo en todo lo que afecta a la representación del rostro de Cristo. Si sabemos que era de raza semita, ¿a qué obedece su plasmación canónica como un tipo nórdico de tez pálida, ojos azules y cabellera rubia?

Los evangelios dicen que era semejante a sus discípulos -en un tiempo en que la talla media no superaba los 1,50 metros-. Y en sus epístolas Pablo recuerda que lo propio de los hombres es llevar los cabellos cortos. Acaso la iconografía del Cristo hipster se inició con la Sábana Santa de Turín, una falsificación datada en el siglo XIII. Ya en el Renacimiento el papa Alejandro VI decreta que el retrato de su hijo, César Borgia, se convierta en la imagen icónica de Cristo. En adelante no encontraremos una sola que lo plasme tal como era. Sin duda se trataba de un judío marginal, como lo describe J.P. Maier, cercano a la «memoria subversiva» de las víctimas y los perdedores de la historia.

En eso se parecería mucho a los miles de refugiados de las guerras de Oriente. Un niño de tez oscura que nace en un pesebre porque nadie quiere dar cobijo a sus padres. Tal como está sucediendo hoy a las puertas de Europa. Representarlo como un dios nórdico no solo roza el anatema. Revela un racismo de base en perfecta consonancia con la etnia dominante. También con el verdadero dios de nuestro tiempo.

Nuestro monoteísmo ceremonial encubre un obsceno ‘Money-teísmo’ del que no se salva ni Santa Klaus. Por más que el origen del santo remita a Anatolia, Coca-Cola decidió transfigurarlo en un ario gordinflón enfundado en una vestimenta idéntica al color del refresco ecuménico. Desde santo Tomás sabemos que la gente necesita ver para creer. Pero quizá la devoción de las masas se resquebrajaría bastante si la imagen de su dios fuera la de un sin papeles rescatado de una patera proveniente del mar de Galilea. Escamotearnos su rostro, sin embargo, no tiene nada de banal. ¿Fue el primer paso para hacer lo mismo con su mensaje?

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