Cada mochuelo prefiere su olivo

IVÁN GIMÉNEZ RESPONSABLE DE COMUNICACIÓN DE ELA

Hace unos días, un miembro de la dirección del PNV afirmaba que «votar no hace daño a nadie; al contrario, libera emociones y siempre es saludable». Se refería a las consultas que Gure Esku Dago viene organizando en decenas de municipios, y en las que este burukide reivindicaba públicamente su participación, entendiendo la urna como depósito para el desahogo personal. Eso sí, sin consecuencias políticas: que no cuestione el statu quo. En definitiva, que no impugne lo que hay. Curioso concepto de la democracia y del derecho a decidir. Dicho dirigente jeltzale -y se entiende que por extensión el PNV- reconoce la labor de Gure Esku Dago, porque se ha ganado un «espacio bienintencionado» y realiza una «labor pedagógica y socializadora» a favor del derecho a decidir. Pero hasta ahí. Al participar en movilizaciones -'nuevo activismo'- lo llama- denunciando la represión en Cataluña, Gure Esku Dago se equivoca y «entra en competencia» con partidos y sindicatos. Es decir, cuando un movimiento social pasa de ser acompañante «bienintencionado y pedagógico» a convertirse en un sujeto activo que interpela políticamente y denuncia la represión antidemocrática contra el derecho a decidir -en este caso de Cataluña, pero mañana puede ser Euskal Herria-... «se equivoca», según el PNV. ¿Qué tipo de democracia dice defender un partido que no acepta la interpelación política y el contrapeso que la sociedad organizada debe ejercer frente al poder? Respuesta: la democracia del 'todos quietos', y de los movimientos sociales y sindicales como meros acompañantes.

Esa concepción de la sociedad es lo que hay detrás de la sonora ausencia del PNV en la manifestación del pasado 4 de noviembre en Bilbao. Se comprueba que cuando la denuncia de la represión y de la aplicación del artículo 155 se concreta en exigencias políticas (un mínimo democrático, nada más), los movimientos sociales y sindicales cruzamos la línea roja que marca el PNV: pasamos de compartir la crítica a terceros en un espacio cómodo (poco exigente políticamente) a interpelar hacia una acción efectiva que intente frenar la represión. Es decir, a hacer algo de verdad, y no una mera aparición mediática como vanguardia de miles de manifestantes. En realidad, ni siquiera hizo falta llegar a ese punto para que el PNV decidiera no ir a la manifestación del 4-N. El 25 de octubre, la víspera de que el Senado iniciara el pleno sobre el 155, el PNV ya se ausentó de la reunión inicial convocada para organizar una respuesta a la actitud antidemocrática del Gobierno de Rajoy. El texto aprobado ese día en el hotel Abando era breve e irrenunciable para cualquiera que se declare demócrata: «Rechazamos la aplicación del artículo 155, los encarcelamientos y los episodios represivos en Cataluña». Y el lema de la manifestación: '155 no. Democracia y derecho a decidir'. ¿Por qué el PNV ni acudió ni se sumó después? ¿Tendrán que ver las gestiones del lehendakari Urkullu con Rajoy y el gran empresariado catalán para que Puigdemont no declarara la independencia al día siguiente? ¿O quizá le pesaron más al PNV su pacto de Gobierno con el PSE, de Presupuestos con el PP, y la habitual coincidencia con ambos partidos en políticas de recortes, fiscalidad, regla de gasto, etcétera...?

Como se sabe, a Urkullu no le salió bien su mediación, y decidió endosar la responsabilidad a Puigdemont, a pesar de que Rajoy adelantó que en ningún caso iba a frenar el 155. El Parlament declaró la independencia y el 155 se aprobó con el voto de PP, PSOE, Ciudadanos y UPN. Como era de prever, la represión se recrudece, y el 2 de noviembre el Estado encarcela a medio Govern. Ese día, Ortuzar recalca de nuevo que el PNV no irá a la manifestación, «salvo que pase algo que aconseje una nueva respuesta». Conociendo esa decisión, y a dos días de la marcha, las organizaciones convocantes acuerdan un texto acorde al grado de represión antidemocrática que soporta Cataluña, propiciada por el paraguas del artículo 155. Si el PNV se hubiera sumado a la marcha, también habría participado en la redacción del manifiesto. Como los demás, lógicamente. Dicho manifiesto guió los pasos de las decenas de miles de personas que el 4 de noviembre llenaron las calles de Bilbao, para quienes «resulta inaceptable mantener, también en Euskal Herria, cualquier normalidad institucional y acuerdos políticos de primer orden con cualquiera de las tres fuerzas políticas (PP, PSOE y C's)» que han puesto en marcha el mayor ataque a la democracia en los últimos 40 años. Incluso Egibar había afirmado que era «una cuestión prepolítica», por su extrema gravedad. Pero vulnerar un principio prepolítico debería tener consecuencias; lo contrario es pura retórica.

El PNV había decidido no acudir (ya desde diez días antes, como ha quedado claro) para dar prioridad sus socios políticos preferentes y estructurales: PP y PSOE. Nadie más faltó. La del PNV es una decisión perfectamente legítima. Y clarificadora: ha pesado más su compromiso con PP y PSOE que su retórica defensa del derecho a decidir y de principios democráticos irrenunciables como aislar a quienes encarcelan al Govern de Catalunya. Cada mochuelo ha preferido su olivo.

Y todo lo demás es propaganda dirigida a emborronar una movilización histórica y comprometida en solidaridad con la ciudadanía de Cataluña. Una movilización que debe ser pacífica. A partir de ahí, bienvenidas las alianzas.

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