De mitos y nulificaciones

De mitos y nulificaciones
DANIEL REBOREDOHISTORIADOR Y ANALISTA POLÍTICO

La compleja realidad del nacionalismo hace difícil acomodarlo en esquemas rígidos y universales, aunque todas sus variantes sean fruto de una actitud vinculada más a los sentimientos y emociones que a sensatas reflexiones racionales. El gran déficit de racionalidad de las sociedades contemporáneas se manifestó, y lo sigue haciendo, en las numerosas luchas y desastres acaecidos en el siglo pasado y que, en todos los casos, bebieron de las fuentes nacionalistas. Las devociones de esta índole ponen en peligro conquistas democráticas como la aplicación de fórmulas equitativas para resolver conflictos y discrepancias que se producen entre los miembros de las comunidades. Elevar a la nación a la categoría de valor social supremo y relegar al hombre a un papel complementario y subordinado son los ejes de cualquier nacionalismo. El poder que esto ofrecía, y ofrece, a las élites dominantes hizo que estas, conscientes de su enorme poder movilizador, procuraran dominarlo. Y ello choca frontalmente con el pensamiento ilustrado que superó las estructuras medievales, los reinos de taifas y los planteamientos imperiales, para situar el problema político en la igualdad ante la ley, e incluso, en una cierta igualdad económica. Lo demás es retroceso.

Así está ocurriendo en Cataluña, donde el independentismo ha creado una entelequia y ha creído en ella, aunque provenga del imaginario político más rudimentario, porque es vital para su relato del nuevo Estado. De ahí que sus élites vendieran que, una vez separada de España, Cataluña sería un Estado modelo en Europa y en el mundo. Así lo exigía su base electoral y así ha ocurrido que de tanto repetir sus propias fantasías acabaron creyéndoselas, ignorando realidades e imaginando apoyos que sólo existían en su mente, confundiendo esta época con la de la desarticulación yugoslava y soviética, olvidando que no contaban con el apoyo de las instituciones que fomentaron la desintegración de ambas (BM, EE UU, FMI, OTAN, UE), consiguiendo infringir una intensa herida en una Unión que precisa una transición pactada y tranquila para afrontar problemas como el 'Brexit', la inmigración, los enemigos internos y externos, la democratización, el euro, la ultraderecha, el saqueo de los países del Norte a los del Sur utilizando la deuda de los mismos, etc. La maniobra denominada 'Declaración Unilateral de Independencia' no podía someter al Estado, a la UE, a la mitad de los ciudadanos catalanes y a la economía catalana.

Romper la legalidad con estos mimbres era una gesta inviable porque la vinculación de la iniciativa independentista a la autodeterminación la dirige hacia los procesos revolucionarios y a la violencia que los acompaña. La revolución legal y pacífica del independentismo catalán nos retrotrae a la experiencia norteamericana de Carolina del Sur (1828-1865), según la cual se podía anular cualquier ley federal si era considerada inaceptable o anticonstitucional, aunque la procedencia de la nulificación, formulada por John Calhoun, no esté en la citada Carolina del Sur, sino en Massachussets, que la utilizó en varias ocasiones (inicio de la República, ajustes de las deudas de guerra; compra de Luisiana por Jefferson; guerra de 1812 y anexión de Texas). La nulificación es una cuestión jurídica básica que marca la frontera entre la federación y la confederación y obstaculiza cualquier interacción política con una postura absoluta, de todo o nada, que hace imposible el pragmatismo. La confusión que su utilización generó en los federalistas catalanes desde el siglo XIX se manifestó en la contradictoria admiración por Lincoln, el liberador y redentor de esclavos, y la utilización del ideario del adalid de Carolina del Sur, el citado Calhoun.

A partir de aquí se inició un recorrido que transitó por el modelo imperial austrohúngaro (1867) y alemán (1871), que se manifestó en la Unión Catalanista (1891) (Bases de Manresa) y la Lliga Regionalista (1901) y que desintegró la Primera Guerra Mundial; por las repúblicas que nacieron después y que combinaron nulificación con nacionalismo de gobierno representativo; por el Estado Catalán en una República Federal o Confederación Hispánica de Francesc Maciá (14 de abril de 1931); por la II República Española en la Guerra Civil hasta que Negrín impuso de nuevo la regulación central en 1937; y, finalmente, por su plasmación en el Estatuto patrocinado por el tripartito liderado por Maragall que fue rechazado por el Estado. 2003 y, sobre todo, 2012 son fechas en las que el resurgimiento del derecho de nulificación destrozó CIU y contempló la aplicación del artículo 155 de la Constitución.

Las elecciones de hoy, cualquiera que sea su resultado, serán un punto y seguido en un proceso que, como todo nacionalismo, contagia y contamina, frustra la gran empresa liberalizadora de la mente humana, paraliza la redención política del hombre concreto, siembra odios entre ciudadanos bienintencionados, dificulta la verdadera emancipación cultural del hombre y la liberación de los viejos prejuicios racistas. La disputa presente recupera la idea de veto, avalada por el historicismo, de Calhoun, y respaldada por el hecho de que sólo con apelar a la patria y desplegar una bandera muchos ciudadanos saltan como catapultados por un muelle. Si a ello añadimos que ni España ni la UE han sido capaces de ofrecer a estos, desde la crisis de 2008, más que desigualdad, miseria, recortes de su bienestar y pobreza, podremos entender el porqué del apoyo a movimientos secesionistas de ciudadanos que no lo son. En esta coyuntura, ¿a quién puede desconcertar que sueñen con un horizonte benevolente, aunque el sueño se transforme inmediatamente en pesadilla?

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos