Miedo a comprender

ANTONIO RIVERA

Cuando mataron a Ernest Lluch, el entonces rector de la universidad pública vasca acudió a Barcelona en representación de su comunidad universitaria. Al volver nos contó que había sido la manifestación más grande a favor de ETA en la que había estado. El rector maneja la ironía con gran tino. Todos le entendimos. Ya desde aquellos años hay una incapacidad metafísica en las clases dirigentes catalanas -no me atrevo a decir en la sociedad catalana- para entender el terrorismo. Igual es también falta de voluntad. El caso es que hace unos días volvieron a constatarlo dramáticamente.

Inmediato al lógico dolor, lo primero que emerge es la perplejidad: ¿Cómo es posible que aquí? Porque aquí no puede pasar. La ensimismada sociedad catalana se muestra incrédula ante el hecho de ser víctima del terrorismo global. Supone que sus niveles de integración y buen rollo le apartan del mapa mundial de la victimización, obviando lo que todo el mundo sabe: que precisamente por sus factores más positivos como comunidad tenía todos los boletos para que allí pasara (visibilidad internacional, ciudadanía diversa tanto de sus vecinos como de sus muchos visitantes…).

Recuperados del primer impacto surge la respuesta ciudadana. Es básicamente emotiva, en absoluto comprensiva. Se imponen los abrazos, los altares improvisados, el estar juntos, el recuperar el espacio y el aparcar las preguntas para luego. Respuestas todas, dígase pronto, encomiables, pero se deja para nunca la intención de comprender por qué ha pasado esto aquí también. Así, el hecho transita hacia los territorios de lo fatal, de la mala suerte, de lo inevitable. En ese trayecto, todos podíamos haber sido víctimas, nadie tiene responsabilidad en lo ocurrido, ha pasado y ahora hay que mirar al futuro. ‘Charly Hebdo’, el satírico francés mordido por ese mismo terror, abrió con un directo: «El Islam promete el descanso eterno»; nuestro mordaz ‘El Jueves’ apareció con un castellet levantado por la diversidad ciudadana barcelonina.

Tarde o temprano se acaba inquiriendo por la responsabilidad. Es el instante del desdibujamiento del causante directo y de la búsqueda del recurrente malvado interior. Decirle a la gente que nuestros auténticos malos son esos ‘enemigos invisibles’, que nuestro mundo no es capaz de frenar, no genera sino más ansiedad. Vete a explicar que el problema es el terrorismo global, la circulación incontrolada de capitales, el tráfico mundial de drogas (y los poderes que alimenta), los movimientos masivos de personas, la amenaza medioambiental, las ideologías monistas, la urbanización acelerada o el excesivo consumo de sal y azúcar. No, el malo tiene que tener cara y ojos, tenemos que saber dónde vive.

Aparece entonces la invitación a evitar la islamofobia. Otra vez un argumento para las próximas semanas -tendemos a confundir la parte con el todo-, pero no para el día siguiente. Los culpables directos, unos individuos que pretenden más poder blandiendo su interpretación del Islam, desaparecen de escena y ocupa su lugar nuestra previsible inclinación a actuar en el futuro contra los practicantes de ese culto. Por supuesto, nada de preguntarnos sobre cómo se está manejando ese culto por quienes no engendran ninguna voluntad asesina o dónde queda el proceso de separación Iglesia-Estado que otros hemos hecho, y que ellos también remiten para nunca (lo que es jaleado por algunos de nosotros como otra muestra de encomiable diversidad).

Nada de preguntas sobre ellos: el ciudadano posmoderno prefiere al culpable casero. O se toma él por responsable genérico -herencia perversa de la cultura del anticolonialismo: el varón blanco como culpable histórico sin reparación posible-, o se busca en lo que hacemos la causa del mal: esta vez la venta de armas. Magnífico, porque esto último tiene un responsable que, en la Cataluña del ‘procés’, viene al pelo: el Gobierno conservador español y el rey Borbón.

Se vuelve una vez más a la explicación estructural: se nos castiga por un mal que hacemos, como eso de vender armas a las tiranías del Golfo o por no integrar a la chavalería musulmana. Pero los jóvenes asesinos eran de Ripoll, integrados satisfactoriamente, catalanes de habla y de pasión. Se debe invertir más en ello, pero no será remedio infalible. La creencia ilustrada de que la educación nos libra de males no es del todo cierta. Las educaciones compiten y de su resultado depende que un chaval de diecisiete años decida empotrar un furgón contra la multitud.

Si en lugar de solo dolernos optáramos también por entender crudamente, igual concluíamos en que «no toda preocupación expresa un mal legítimo» (Carolin Emeke, ‘Contra el odio’). En Euskadi padecimos un ‘terrorismo de ricos’ a cargo de jóvenes convertidos en héroes de sus comunidades. Entendimos que hay una intención de poder y una decisión de individuos concretos, y que hay que combatir una y otra, su proyecto totalitario y su pensamiento monista, ese que solo entiende de nosotros-otros, blanco-negro, bueno-malo. Pero para eso hay que tener voluntad de entender (y de romper un huevo).

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