Merkel 17, entre madre y monstruo

ROSARIO MOREJÓN SABIODoctora en psicología

Las elecciones generales en Alemania se alejan del formalismo esperado. Los alemanes han pasado del trámite de revalidar a Angela Merkel al sobresalto de contar con nazis en su Parlamento. De los 61,5 millones de electores llamados a las urnas para decidir los miembros del Bundestag, un 75,7% ha ejercido su derecho. El nerviosismo de última hora no ha movilizado lo bastante el granero conservador: la Unión Cristiano-Demócrata y sus socios bávaros, la Unión Social Cristiana, retroceden casi 9 puntos respecto a 2013. Angela Merkel gana la primera posición con un 32,5% de los sufragios, pero se ve impelida a comparecer el mismo domingo ante la irrupción del partido ultranacionalista y xenófobo Alternativa para Alemania (FpD) con un 13,5%. «Racismo no es alternativa!», gritaban miles de jóvenes por las principales ciudades mientras las televisiones desgranaban los datos. El voto socialdemócrata del SPD castiga al partido con un exiguo 20,8%, el peor resultado tras la Segunda Guerra. Martin Schulz reconoce el descontento de sus bases por una presencia de ocho largos años en una ‘gran coalición’ que les ha anulado. Coherente ante tamaño descalabro, Schulz anuncia su paso a la oposición excluyéndose de toda alianza gubernamental con la reelegida Merkel.

La amargura socialista contrasta con la satisfacción de esta nueva tercera fuerza, Alternativa para Alemania (AfD) que dispondrá de casi noventa escaños en el nuevo Bundestag. Sus líderes, Alice Weidel y Alexander Gauland, henchidos, proclaman ya: «¡Vamos a cambiar este país!». El restante voto protesta se ha repartido entre los Verdes, 9,1% y la izquierda radical de Die Linken, 8,9% de apoyos. La atonía de la campaña regurgita preocupación: las fórmulas contestatarias suman un 31,5%, todo un tercio del electorado y casi los sufragios de Merkel.

La alegría de la democracia es para los liberales. El Partido Demócrata Libre (FDP) de Christian Lindner festeja su glorioso retorno al Bundestag con un 10,4%. El grupo que más veces –treinta y tres años– ha gobernado en coalición con la Unión Cristiano-demócrata desde la creación de la República Federal en 1949 no oculta su deseo de volver al Ejecutivo. Sin embargo, la aportación liberal de 2017 no permite una mayoría absoluta para abrir el cuarto mandato de Merkel. Las cábalas para formar gobierno se reducen a un gabinete tripartito CDU-CSU con los demócratas liberales y los ecologistas, a un gobierno en minoría de la Unión Cristiano-demócrata con reiterados acuerdos parciales o en el peor de escenario, nuevas elecciones. «La calma que reina en Berlín es engañosa. El país hierve», subrayaba el semanario ‘Der Spiegel’ el 9 de septiembre. La impresión de una Alemania que se aburre se fundamenta en parte. Que el partido de extrema derecha Alternativa para Alemania (AfD) pase al Bundestag dice mucho de la frustración de una parte del electorado. Los desencantados de los años de Merkel reparan en las preferencias continentales de la canciller en cada una de las convulsiones europeas. Para unos, Alemania no puede seguir manteniendo a las ‘cigarras’ de la zona euro (2008); para otros, la bienvenida de Merkel en 2015 a un millón de refugiados sirios y afganos, no cabe en su «¡lo conseguiremos!»).

Atenta a sus detractores por los asuntos internos, la canciller saliente no olvida que Alemania ha tenido que asumir el papel de líder del Viejo Continente, si cabe incluso del ‘mundo libre’, en vista de la evolución geopolítica de Europa. Ascenso de Marine Le Pen, ‘Brexit’, derivas autoritarias de Polonia y Hungría, maniobras de Putin en Bielorrusia, frente de Ucrania abierto y Turquía insistiendo en adherirse a la UE. Merkel se ha presentado como garante de la seguridad de su país, como influyente figura en un entorno dominado por los crecientes nacionalismos de Trump, Erdogan o Rusia. Parece que parte de sus electores la sigue percibiendo como capaz de plantar cara a los ‘hombres-fuertes’ del momento, de cohesionar Europa y de liderar la reforma de la zona euro. Otros muchos, temerosos de las influencias islamistas y el terrorismo, del pretendido aumento del gasto en defensa contestan el multilateralismo de la canciller votando a los extremos: no a la UE, no a la OTAN, acercamiento a Rusia y vuelta al proteccionismo.

Imperturbable, Merkel tiene la singular particularidad de disolver todas las crisis. El deseo de estabilidad es un factor primordial de la cultura política alemana, consecuencia de una cultura del compromiso que privilegia la búsqueda de soluciones mejor que el enfrentamiento. Esta línea de actuación puede volverse un problema, afirma el historiador Nils Minkmar. Este proceder que corresponde también a la sensibilidad pacifista del país, «a fuerza de no mencionar las cosas, de buscar a todo trance el apaciguamiento, de temer hasta la saciedad al conflicto termina en una suerte de negación de la realidad» (Le Monde, 18 de septiembre). Los indicadores socioeconómicos esgrimidos por Schulz y Die Linken, la pobreza de Alemania, también los prejuicios y el egoísmo han pesado en el reparto de las decisiones ciudadanas. Alemania va bien, los alemanes no tanto. La ‘excepción alemana’, la de un país inmunizado por razones históricas contra el populismo, se desvanece. Un mejor reparto de beneficios de la economía social de mercado apaciguará los desencantos y los recelos domésticos ante las inclinaciones europeas y globales de la renovada Merkel. Prudencia.

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