La memoria en los tiempos del vacío

IÑAKI ADÚRIZ DOCTOR EN FILOSOFÍA Y LETRAS

Dando por supuesto que casi todo el mundo conoce el significado de lo que es un pendrive, nos podría servir el mismo como metáfora de lo que son los tiempos actuales, en especial, para la memoria o la vida.

El caso es que, coexistiendo a diario con unas estanterías del lugar de trabajo, repletas, por otro lado, de carpetas y archivos, además de informes y papeles, en general, reflejo todo ello de las tareas realizadas a lo largo del año, del anterior y de otros pasados, en fin, de nuestro arduo y lento paso por la vida, el pendrive se las arregla para recordarnos que todo eso y más se puede meter en su apenas perceptible cuerpecillo plastificado, con la ventaja que en muchos aspectos supone. Y es que la costumbre del volumen y del peso se encuentra bastante arraigada en la sociedad, hasta el punto de que nos parece normal que el fruto del trabajo desarrollado se recopile en unas baldas provistas para ello. En el fondo, pareciera como que, sin dicho mobiliario, ni el papel de una u otra índole que lo suele contener, no hubiéramos hecho nada, la memoria no existiera y el más absoluto vacío predominara. Y he aquí que, de aquí en adelante, nos hemos de acostumbrar a guardar casi todo lo que se hace en un mínimo dispositivo en donde caben, incluso, muchas más cosas que las que podemos atisbar con la mirada. De hecho, hoy en día, el pendrive nos resulta imprescindible para cualquier actividad que realicemos. Cultural y tecnológicamente hablando, estas y otras aplicaciones no dejan de ser un salto al vacío, al que hay que acostumbrarse, aunque, de hecho, más allá de cualquier figuración, es posible que ya vivamos en él sin darnos cuenta.

Es obvio que las nuevas tecnologías -otro término se dibuja, las tecnociencias- , en muchos sectores de la vida presente, llevan parejo el deseo de lo liviano y ultraligero: junto al pendrive, ahí están los móviles, las tablets, los ebooks y hasta las hoy en día denominadas mobilehomes. Además, los nuevos hábitos de vida persiguen casi lo mismo, desde una gastronomía en miniatura a un fitness de siluetas fibrosas y estilizadas, pasando por la necesaria intertextualidad y multiplicidad lectora en las pantallas, por un turismo promotor de viajes casi instantáneos o por deportes casi sin rozamiento, ganados al viento marino. Por si fuera poco, los clásicos pilares de la sociedad se han convertido en gigantes con pies de barro. Lo sólido -nos dijo Zygmunt Baumann- ha perdido validez y se impone lo líquido, extendiéndose esto lo máximo, al albur de un perpetuo movimiento y de una incesante transformación, tras los cuales nada se puede asir. Lo que pensábamos que era verdad varía ahora según la interpretación de cada cual, sobre todo, si se da sin razonarse, lo que es posible que ocurra, pues ello conlleva tiempo y reflexión. Los mensajes se diluyen en la llamada posverdad, escrita esta en tuits de 140 caracteres, y uno -si no el mayor- de los mandatarios del planeta hace «política» con ellos. Es así como se ve que esta se descafeína entre los personalismos y los populismos. Los contenidos se empobrecen, así como, por desgracia, los valores y, con ello, el surgimiento de una ética laxa en exceso, supeditada al interés hiperindividualista. La década de crisis social y económica padecida por nuestro país es un buen ejemplo de ello. Los partidos políticos, inmersos, casi todos, en episodios relacionados con la corrupción, poco dan la cara para que esta no siga, aun, con leyes de transparencia -término propicio a la semántica de lo liviano- en el bolsillo.

Con este panorama, la memoria se difumina. Entre nosotros, no sé si influirá esta ola vacua y evanescente en la que estamos inmersos, dentro de la sociedad global, o será producto de la indolencia e indiferentismo ante lo más básico, que es el respeto a la vida de las personas, que todavía nos cuesta abandonar. Seguramente todo va unido. Dos nuevos ejemplos de estos días vienen a confirmarlo. En el reciente 'Estudio sobre la sociedad vasca ante la memoria de las víctimas', promovido por el Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo, el punto de más que sale a favor de los que quieren pasar página (44%), frente a los que desean cultivar la memoria de las víctimas (43%), es elocuente, sin cumplirse aún seis años desde el cese definitivo de la violencia etarra. Casualmente, la mayoría de los primeros es nacionalista y la de los segundos, no. Casi como en los viejos tiempos. Con esta memoria de bajo nivel, huera o vacía, aséptica, como sin peso de conciencia, ni carga por que se puedan repetir los hechos, memoria ultraligera de pendrive, no es extraño el desacuerdo parlamentario, unos días más tarde, para llevar adelante una declaración contra el asesinato hace veinte años del edil Miguel Ángel Blanco. En su obra De la ligereza, el filósofo francés, Gilles Lipovetsky, viene a decir que toda esta vacuidad es consecuencia de un imposible encuentro con nosotros mismos, de la fuga y olvido en que nos hallamos, para lo cual habría que recobrar la humanidad que nos caracteriza. Nunca la memoria ha pesado tanto.

Fotos

Vídeos